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Emilia era una niña de cinco años con una sonrisa que podía iluminar toda una habitación. Le encantaba jugar con sus amigos en el jardín de la escuela, pintar cuadros llenos de colores brillantes y escuchar cuentos antes de dormir. Pero a veces, Emilia sentía otras cosas además de alegría.
Un día, mientras jugaba a las escondidas detrás del gran árbol de mango, Emilia sintió un cosquilleo en la barriga. ¡Uuuuy! (dijo Emilia, arrugando la nariz y encogiéndose de hombros). Era miedo. ¡Miedo a que nadie la encontrara! Cerró los ojos con fuerza. ¡Puf! (sopló Emilia, intentando espantar el miedo). Imaginó que el árbol de mango era un monstruo gigante con ramas como brazos largos y afilados. ¡Grrr! (imitó Emilia, intentando dar miedo, pero le salió más un maullido de gatito). De repente, escuchó una voz: "¡Aquí estás, Emilia!" Era Sofía, su mejor amiga, con una sonrisa enorme. ¡El miedo se desvaneció tan rápido como apareció! ¡Jajaja! (rió Emilia, aliviada y contenta).
Al día siguiente, la maestra, la Señorita Clara, anunció una sorpresa. ¡Shhh! (dijo la Señorita Clara, poniendo un dedo en sus labios). Iban a tener un invitado especial en la clase. Emilia se mordió el labio inferior. ¡Hmmmm! (pensó Emilia, curiosa). ¿Quién sería? ¿Un payaso? ¿Un mago? ¿Un astronauta? Cuando la puerta se abrió y entró un señor con un acordeón gigante, Emilia abrió los ojos como platos. ¡Oooooh! (exclamó Emilia, con la boca abierta). ¡Era Don Ricardo, el músico del pueblo! Nunca había visto un acordeón tan grande. ¡Qué sorpresa!
Don Ricardo comenzó a tocar una melodía alegre. ¡Tan tan! (imitó Emilia, moviendo los dedos como si tocara el piano). Emilia y sus compañeros empezaron a bailar y a cantar. La clase se llenó de risas y alegría. ¡Yuju! (gritó Emilia, dando saltos de alegría).
Sin embargo, al final de la canción, Don Ricardo anunció que iba a tocar una canción muy, muy tranquila. ¡Suspiro! (simuló Don Ricardo, exagerando un bostezo). Emilia no estaba segura de si le gustaría. Cerró los ojos. ¡Ummm! (murmuró Emilia, esperando a ver qué pasaba). La melodía era suave y lenta, como el viento susurrando entre las hojas. Emilia sintió una sensación extraña. No era miedo, ni sorpresa, ni alegría. Era… tristeza. Pensó en su abuelita que vivía lejos. Una lágrima rodó por su mejilla. ¡Snif! (hizo Emilia, intentando no llorar).
La Señorita Clara se acercó a Emilia y la abrazó suavemente. Le susurró al oído: "Está bien sentir tristeza, Emilia. Todas las emociones son importantes." Le dio un pañuelo. ¡Achís! (sonó el pañuelo cuando Emilia se sonó la nariz). Emilia se secó las lágrimas y respiró hondo. Se dio cuenta de que la tristeza no era algo malo, solo era una parte de ella.
Al día siguiente, la Señorita Clara les propuso un juego: crear un arcoíris de emociones. Cada color representaría un sentimiento: el amarillo para la alegría, el azul para la tristeza, el rojo para el enojo, el verde para la calma, el naranja para la sorpresa y el morado para el miedo.
Emilia pintó un sol radiante de color amarillo. ¡Brilla! (dijo Emilia, imitando el sonido del sol). Luego, pintó una nube gris de color azul. ¡Plin plin! (simuló el sonido de la lluvia). Después, pintó un volcán rojo. ¡Boom! (imitó la explosión del volcán). Siguió pintando hasta completar todo el arcoíris.
Al final del día, Emilia miró su arcoíris de emociones y sonrió. ¡Ahhhh! (suspiró Emilia, satisfecha). Había aprendido que todas las emociones eran como los colores del arcoíris: diferentes, pero todas importantes y hermosas. Y que expresarlas, ¡era lo más importante de todo! Si sentía miedo, podía hablar con su mamá. Si sentía enojo, podía respirar hondo. Si sentía tristeza, podía abrazar a su osito de peluche. Y si sentía alegría, ¡podía reír a carcajadas! ¡Jajajajaja! (rió Emilia, con una gran sonrisa).
La Señorita Clara les dijo: “Recuerden, expresar sus emociones es como pintar un cuadro: ¡cada uno tiene su propio estilo y es único!” Y Emilia, desde ese día, pintó su vida con todos los colores de su arcoíris emocional.
¡Fin!
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