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Lila era una niña pequeña, con dos coletas marrones que saltaban cuando corría. A Lila le encantaba jugar con sus amigos en el parque, dibujar con crayones de colores y escuchar cuentos antes de dormir. Pero a veces, Lila sentía cosas raras dentro de ella, ¡como si tuviera un arcoíris de emociones escondido!
Un día soleado, Lila estaba jugando con su oso de peluche, Pipo, en el jardín. De repente, su mamá le dijo que no podrían ir al parque porque tenía que ir al médico. ¡Lila sintió una gran ola roja! Era la rabia. Su cara se puso roja como un tomate y apretó los puños. “¡No es justo!”, gritó Lila, “¡Yo quería ir al parque!”. Pipo, el oso, la miró con sus ojos de botón, como preguntándole qué pasaba.
La mamá de Lila se agachó y la abrazó suavemente. “Entiendo que estés enfadada, Lila. Es normal sentir rabia cuando no podemos hacer lo que queremos. Pero gritar no te hace sentir mejor. ¿Por qué no respiramos juntas profundamente?”. La mamá de Lila tomó aire por la nariz y lo soltó lentamente por la boca. Lila la imitó. Poco a poco, la ola roja de la rabia empezó a disminuir.
Después, Lila fue a su habitación y vio a su hermano mayor jugando con su tren nuevo, el que ella tanto quería usar. Sintió un pinchazo en el corazón, una sensación oscura y verde. Era la envidia. Lila cruzó los brazos y frunció el ceño. “¡Ese tren es mío!”, pensó. Pero en lugar de pelear, Lila recordó lo que le había dicho su mamá sobre respirar. Cerró los ojos y respiró hondo. Luego, se acercó a su hermano y le dijo: “¿Puedo jugar contigo un ratito con el tren?”. Su hermano sonrió y le dijo que sí. La sensación verde de la envidia se fue desvaneciendo.
Al día siguiente, Lila tenía que ir a su primera clase de ballet. Estaba muy nerviosa. Sentía mariposas amarillas revoloteando en su estómago. Era el miedo. Lila se agarró fuerte de la mano de su papá mientras entraban al salón de ballet. Había muchas niñas más, todas vestidas con tutús rosados. Lila se sintió pequeña y asustada. Su papá la abrazó y le susurró al oído: “Puedes hacerlo, Lila. Si te da miedo, solo piensa en lo mucho que te gusta bailar”. Lila respiró hondo y se unió a las otras niñas. Al principio le costó, pero luego empezó a disfrutar de la música y los pasos. ¡El miedo se había ido volando!
Una tarde, Lila estaba sentada en el sofá leyendo un libro cuando su abuela la llamó por teléfono. Le contó que no podría ir a visitarla el fin de semana porque estaba un poco enferma. Lila sintió una tristeza azul que le llenó los ojos de lágrimas. Era la tristeza. Las lágrimas rodaron por sus mejillas y le cayó una gotita en el libro. Lila abrazó a Pipo con fuerza y lloró un poquito. Su mamá se sentó a su lado y le dijo: “Está bien estar triste, Lila. Es normal echar de menos a la abuela. Podemos hacerle un dibujo y enviárselo por correo”. Lila dibujó un sol brillante y una flor grande para su abuela. Al saber que podía hacer algo para alegrar a su abuela, la tristeza se hizo un poquito más pequeña.
Pero no todas las emociones eran difíciles. A Lila le encantaba cuando su papá la alzaba en el aire y le hacía cosquillas. En ese momento, sentía una gran alegría naranja que le llenaba el corazón de risa. Era la alegría. También se sentía feliz cuando ayudaba a su mamá a preparar galletas o cuando jugaba con sus amigos en el parque. La alegría era una emoción cálida y brillante que le hacía sonreír.
Lila aprendió que todas las emociones eran importantes, como los colores del arcoíris. A veces sentía rabia, otras veces envidia, miedo o tristeza, pero también sentía mucha alegría. Y lo más importante, aprendió que podía hablar de sus emociones con su familia y amigos. Así, el arcoíris de emociones de Lila se hizo más brillante y fácil de entender. Ya no le daban miedo sus emociones, ¡las abrazaba como abrazaba a su oso Pipo!
Un día, Lila vio a un niño nuevo en el parque que estaba solo y parecía triste. Lila se acercó a él y le preguntó: “¿Estás bien? ¿Te sientes triste?”. El niño asintió con la cabeza. Lila le sonrió y le dijo: “Yo también me siento triste a veces. ¿Quieres jugar conmigo?”. El niño sonrió tímidamente y aceptó. Lila aprendió que compartir sus emociones y ayudar a los demás era la mejor forma de hacer brillar el arcoíris de su corazón. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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