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Había una vez una niña llamada Lucía que vivía en una casa pequeña con un jardín lleno de margaritas. Pero a pesar de las flores, el corazón de Lucía guardaba un rincón oscuro y lleno de espinas. Cada vez que escuchaba la palabra bruja, sus ojos se encendían como brasas y apretaba los puños con fuerza. ¡Odio a las brujas!, gritaba a los cuatro vientos. ¡Cuando sea grande, las buscaré a todas y acabaré con ellas!. Sus palabras no eran simples travesuras; eran flechas cargadas de una rabia que no pertenecía a una niña de su edad.
Su madre, Elena, la escuchaba desde la cocina con el corazón encogido. Elena sabía perfectamente de dónde venía ese veneno. Meses atrás, tras la partida del padre de Lucía con otra mujer, Elena había dejado escapar frases amargas frente a la niña. Esa mujer es una bruja, Esa bruja me robó mi vida, repetía Elena sin pensar que Lucía bebía cada una de sus palabras como si fueran verdades absolutas. La niña, en su inocencia herida, había construido un monstruo universal: para ella, cualquier bruja era la culpable de que su papá ya no estuviera en casa para leerle cuentos por la noche.
Una tarde, tras ver a Lucía pisotear un dibujo de un sombrero puntiagudo, Elena comprendió que el odio de su hija era un incendio que ella misma había provocado. Debo apagar este fuego antes de que le queme el alma, pensó. Pero sabía que las explicaciones lógicas no bastarían. Necesitaba magia, color y una pizca de misterio.
Al día siguiente, mientras Lucía jugaba en el patio, una figura extraña apareció tras los arbustos de jazmín. No era la bruja de los cuentos de terror. Llevaba un sombrero alto hecho de retazos de seda fucsia y una capa que parecía tejida con pétalos de flores de todos los colores imaginables. En lugar de una escoba vieja, sostenía un bastón de madera clara decorado con campanillas que sonaban a risa.
—¿Quién sos vos? —preguntó Lucía, retrocediendo con desconfianza.
—Soy la Bruja Alegría —respondió la figura con una voz suave y melodiosa—. He venido porque sentí que en este jardín faltaba un poco de brillo.
—¡Las brujas son malas! —gritó Lucía, aunque su curiosidad empezaba a ganarle al miedo—. ¡Ustedes rompen familias y roban sonrisas!
La Bruja Alegría suspiró y se sentó en el pasto, haciendo que su capa se extendiera como un arcoíris circular. —Es cierto que hay personas que usan sus poderes para lastimar, Lucía. Pero no todas las que usamos sombrero alto somos iguales. Yo, por ejemplo, me dedico a curar las alas de las mariposas y a enseñarle a las nubes cómo llover caramelo.
Durante esa tarde, la bruja le mostró a Lucía cómo hacer burbujas que no estallaban al tocarlas y cómo escuchar el secreto que los árboles susurran cuando sopla el viento. Al final del día, la bruja desapareció tras un destello de purpurina dorada. Poco después, Elena salió de la casa, fingiendo haber estado cosiendo todo el tiempo. ¿Viste algo raro, hija?, preguntó. Lucía, con los ojos brillantes, le contó todo, omitiendo por primera vez sus amenazas de cacería.
Los días siguientes fueron una procesión de maravillas. Cada tarde aparecía una bruja distinta, aunque Lucía no sospechaba que siempre era su madre bajo diferentes disfraces. Un martes llegó la Bruja de los Cuentos Olvidados, con un vestido lleno de bolsillos de donde sacaba historias de valientes caballeros que preferían la paz a la guerra. El jueves apareció la Bruja de las Semillas Mágicas, que le enseñó a Lucía que si plantás rencor, solo crecen espinas, pero si plantás perdón, las flores nunca mueren.
Lucía empezó a cambiar. Su ceño fruncido se relajó y sus juegos ya no consistían en perseguir monstruos imaginarios, sino en recolectar piedritas de colores para regalárselas a sus nuevas amigas. Un día, mientras merendaban juntas en el jardín, Lucía le preguntó a la Bruja de los Colores: —¿Por qué algunas personas dicen que las brujas son malas?
La madre, bajo la máscara de tela brillante, sintió un nudo en la garganta. —A veces, Lucía, la gente usa palabras hirientes porque les duele mucho el corazón. Cuando alguien está triste, a veces confunde el dolor con el odio. Pero recordá siempre esto: nadie tiene el poder de quitarte tu alegría a menos que vos se lo entregues.
Lucía se quedó callada un largo rato. Luego, se acercó a la bruja y le dio un abrazo tan fuerte que casi le quita el sombrero. —Ya no quiero matar a ninguna bruja —susurró la niña—. Ahora quiero ser una de ustedes. Quiero tener una capa de colores y curar corazones rotos.
Elena sintió que una lágrima de alivio rodaba por su mejilla, oculta tras el antifaz de plumas. Esa noche, después de acostar a Lucía, Elena guardó todos los disfraces en un viejo baúl bajo la cama. Ya no hacían falta. El veneno se había transformado en medicina.
A la mañana siguiente, Elena se sentó con Lucía en el desayuno y decidió hablar con la verdad, pero con la suavidad que solo el amor maternal permite. —Hija, recordás lo que mamá decía antes sobre esa mujer... sobre la bruja que se llevó a papá? —Lucía asintió lentamente—. Me equivoqué al usar esa palabra. Estaba muy triste y enojada, y no me di cuenta de que mis palabras te estaban lastimando a vos más que a nadie. El odio es un peso muy pesado para una nena tan chiquita.
Lucía tomó la mano de su mamá. —Lo sé, ma. Las brujas de verdad son como las que vinieron al jardín. Las otras... las que hacen cosas malas... simplemente son personas que no conocen la magia del arcoíris.
Desde ese día, en la casa de las margaritas, la palabra bruja dejó de ser un insulto para convertirse en un símbolo de sabiduría y transformación. Elena aprendió que las palabras son como semillas: hay que elegir con cuidado cuáles plantar en el jardín de la mente de un hijo. Y Lucía creció siendo una mujer que, ante cualquier injusticia, en lugar de buscar venganza, buscaba su capa de colores imaginaria para intentar entender y sanar el mundo, tal como su madre le había enseñado en aquellas tardes mágicas de disfraces y perdón.
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