Escucha este cuento
Gratis · elige una vozSofía era una niña muy especial. Le encantaba jugar en el parque, pintar con acuarelas y escuchar los cuentos que le contaba su abuela. Pero a veces, Sofía sentía cosas muy raras dentro de ella. A veces, estaba muy, muy contenta, como un sol radiante. Otras veces, estaba muy, muy triste, como un día de lluvia. Y otras veces, ¡estaba muy, muy enfadada, como un volcán a punto de explotar!
Un día, la abuela de Sofía le regaló una caja mágica. "Esta caja, Sofía," le dijo la abuela con una sonrisa, "te ayudará a entender todas esas cosas que sientes dentro de ti." Dentro de la caja, no había juguetes ni dulces. Había siete colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. Cada color tenía un pequeño frasco con una etiqueta.
"Cada color representa una emoción," explicó la abuela. "El rojo es para la rabia, el naranja para el nerviosismo, el amarillo para la alegría, el verde para la calma, el azul para la tristeza, el añil para el miedo y el violeta para el amor." Sofía miró los colores con curiosidad. Nunca se había parado a pensar que las emociones podían tener colores.
El primer día, Sofía estaba jugando con sus bloques cuando, de repente, su hermano pequeño, Tomás, derrumbó su torre. ¡Sofía sintió una explosión dentro de ella! Su cara se puso roja y sus puños se apretaron. ¡Estaba furiosa! "¡Tomás, no hagas eso!" gritó Sofía.
La abuela, que estaba cerca, se acercó a Sofía y le dijo suavemente: "Sofía, veo que estás sintiendo mucha rabia. ¿Recuerdas el color de la rabia?"
Sofía respiró hondo y miró la caja mágica. "Rojo," dijo Sofía, señalando el frasco rojo. La abuela le dio el frasco rojo y le dijo: "Cuando sientas rabia, abre este frasco y respira hondo. Imagina que el color rojo sale de ti y se va lejos, lejos, lejos."
Sofía abrió el frasco rojo y respiró hondo. Cerró los ojos y se imaginó que el color rojo, como un humo denso, salía de su cuerpo y se alejaba volando. Poco a poco, la rabia fue disminuyendo. No desapareció por completo, pero ya no era tan intensa. Sofía pudo hablar con Tomás con más calma y le explicó por qué no debía derrumbar su torre.
Al día siguiente, Sofía tenía que ir al médico a ponerse una vacuna. Estaba muy nerviosa. No le gustaban nada las agujas. Sentía un cosquilleo en el estómago y las manos le sudaban. "¡Tengo mucho nerviosismo!" exclamó Sofía.
Recordó el color del nerviosismo: el naranja. Abrió el frasco naranja y respiró hondo. Se imaginó que el color naranja, como pequeñas mariposas, revoloteaba a su alrededor, calmándola poco a poco. Pensó en lo valiente que era y en que la vacuna era para protegerla. El nerviosismo disminuyó un poco y pudo entrar en la consulta del médico con menos miedo.
Un día, Sofía no pudo ir al parque a jugar porque estaba lloviendo mucho. Se sentía muy triste. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas y no tenía ganas de hacer nada. "¡Qué día tan triste!" suspiró Sofía.
La abuela la abrazó y le recordó el color de la tristeza: el azul. Sofía abrió el frasco azul y respiró hondo. Se imaginó que el color azul, como una suave brisa, la envolvía y la consolaba. Pensó en las cosas bonitas que podría hacer en casa, como leer un cuento o dibujar. La tristeza no desapareció por completo, pero se sintió un poco mejor.
Con el tiempo, Sofía aprendió a reconocer y regular todas sus emociones. Cuando sentía alegría, abría el frasco amarillo y compartía su felicidad con los demás. Cuando sentía miedo, abría el frasco añil y se abrazaba a su abuela. Cuando sentía amor, abría el frasco violeta y daba muchos besos a su familia. Y cuando sentía calma, abría el frasco verde y disfrutaba del silencio y la tranquilidad.
Sofía descubrió que todas las emociones son importantes y que está bien sentirlas. Lo importante es aprender a manejarlas para que no nos controlen a nosotros. Y así, Sofía se convirtió en la reina de su propio arcoíris de emociones.
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