Escucha este cuento
Gratis · elige una vozMateo amaba los colores. Amaba el azul profundo del cielo después de la lluvia, el verde brillante de las hojas nuevas en primavera, y el amarillo cálido del sol que le daba cosquillas en la nariz. Pero últimamente, todo le parecía gris. Un gris apagado y triste que lo envolvía como una manta pesada. Ya no sentía ganas de jugar con sus amigos, ni de dibujar sus monstruos fantásticos, ni siquiera de comer su helado de fresa favorito. Se quedaba en su cama, mirando al techo, con un nudo en el estómago que no se iba. Su mamá lo abrazaba fuerte y le preguntaba qué le pasaba, pero Mateo solo podía encogerse de hombros. No sabía explicarlo. Era como si la alegría se hubiera ido de vacaciones y no supiera cuándo volvería.
Un día, su abuela Elena vino a visitarlos. La abuela Elena era una mujer sabia, con el pelo blanco como la nieve y una sonrisa que iluminaba toda la habitación. Vio a Mateo, con su carita triste y sus ojos apagados, y supo que algo no andaba bien. En lugar de preguntarle qué le pasaba, lo invitó a salir al jardín. El jardín de la abuela Elena era un lugar mágico, lleno de flores de todos los colores y formas, con un viejo manzano en el centro que daba la mejor sombra del mundo.
"Mateo," dijo la abuela Elena, sentándose en un banco bajo el manzano, "¿has notado que hoy el jardín está un poco… pálido?" Mateo miró a su alrededor. Efectivamente, las flores parecían menos brillantes, como si alguien hubiera bajado el volumen de sus colores. "Sí, abuela," respondió, con voz baja. "Todo parece gris."
La abuela Elena sonrió. "A veces, Mateo, nuestros propios colores se desvanecen un poco. Como si un velo gris se posara sobre nosotros. Pero eso no significa que los colores hayan desaparecido para siempre. Solo necesitan un poco de ayuda para volver a brillar." La abuela Elena se levantó y tomó un regadera. "Ven, vamos a darles un poco de agua a las flores. Quizás eso les ayude a recuperar su alegría."
Mateo, aunque sin muchas ganas, siguió a su abuela. Empezaron a regar las flores, una por una. La abuela Elena le explicaba los nombres de cada flor, le contaba historias sobre ellas, y le mostraba cómo el agua hacía que los pétalos se estiraran y se llenaran de vida. Poco a poco, Mateo empezó a sentir un pequeño cosquilleo en su interior. Una chispa de curiosidad, una sombra de esperanza.
Después de regar las flores, la abuela Elena lo invitó a pintar. Sacó una caja de pinturas, pinceles y un gran lienzo blanco. "Hoy vamos a pintar un arcoíris, Mateo," dijo. "Pero no un arcoíris cualquiera. Vamos a pintar el arcoíris que llevas dentro."
Mateo dudó. No se sentía con ánimos de pintar. Pero la abuela Elena lo animó, le dijo que no tenía que ser perfecto, que solo tenía que dejar que sus manos se movieran y que los colores fluyeran. Al principio, Mateo pintó con colores oscuros: grises, negros y marrones. Pero poco a poco, a medida que la abuela Elena lo animaba y le contaba historias divertidas, empezó a añadir colores más brillantes: amarillos, naranjas y rojos.
Juntos, pintaron un arcoíris enorme, lleno de colores vibrantes y alegres. Pintaron soles sonrientes, nubes esponjosas y pajaritos cantando. A medida que pintaban, Mateo sentía que el nudo en su estómago se aflojaba y que la manta gris que lo envolvía se desvanecía poco a poco.
Cuando terminaron de pintar, Mateo se sintió mucho mejor. El arcoíris que habían creado era hermoso, pero lo más importante era que había despertado algo en su interior. Se dio cuenta de que los colores no habían desaparecido, solo estaban escondidos, esperando a ser encontrados.
Desde ese día, Mateo empezó a hacer pequeñas cosas que le devolvían la alegría. Empezó a jugar de nuevo con sus amigos, a dibujar sus monstruos fantásticos y a comer su helado de fresa favorito. También aprendió a hablar con su mamá y su abuela Elena sobre cómo se sentía, y a pedir ayuda cuando la necesitaba. Descubrió que no estaba solo y que había muchas personas que lo querían y que estaban dispuestas a apoyarlo.
El arcoíris que pintó con su abuela Elena colgaba ahora en su habitación, recordándole cada día que incluso en los momentos más grises, siempre hay un arcoíris esperando a ser descubierto. Y que la alegría, como los colores, siempre vuelve a brillar.
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