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Lila era una niña muy curiosa. Le encantaba jugar con sus juguetes, dibujar con crayones de mil colores y escuchar las historias que le contaba su abuela. Un día, mientras jugaba en el jardín, Lila encontró una pequeña caja de madera. La caja estaba adornada con flores y mariposas de colores brillantes. Con cuidado, Lila abrió la caja.
¡Oh, sorpresa! Dentro de la caja, no había juguetes ni dulces. En cambio, había cinco bolitas de colores. Cada bolita brillaba con una luz diferente. La primera bolita era amarilla, la segunda roja, la tercera azul, la cuarta verde y la quinta negra.
De repente, las bolitas comenzaron a hablar. La bolita amarilla dijo con una voz alegre: “¡Hola, Lila! Yo soy Alegría. Me siento cuando te ríes, cuando juegas con tus amigos y cuando comes tu helado favorito”. Lila sonrió. Le encantaba la alegría. La bolita roja tosió un poco antes de hablar: “Ejem, hola. Yo soy Enojo. Me siento cuando alguien te quita un juguete, cuando no te dejan hacer lo que quieres y cuando te caes y te raspas la rodilla”. Lila frunció el ceño un poco. No le gustaba mucho el enojo, pero sabía que a veces era necesario.
La bolita azul se presentó con una voz suave: “Hola, Lila. Yo soy Tristeza. Me siento cuando te sientes sola, cuando pierdes tu juguete favorito y cuando te lastimas y necesitas un abrazo”. Lila sintió un nudo en la garganta. La tristeza era una sensación difícil, pero sabía que a veces era importante llorar para sentirse mejor. La bolita verde habló con una voz temblorosa: “Hola… Lila… Yo soy Miedo. Me siento cuando hay tormenta, cuando ves un monstruo en la televisión y cuando tienes que hablar frente a mucha gente”. Lila se abrazó a sí misma. El miedo era una sensación que prefería evitar, pero sabía que a veces era importante ser valiente. Finalmente, la bolita negra habló con una voz muy, muy bajita: "Hola, Lila. Yo soy Calma. Me siento cuando respiras profundo, cuando lees un libro tranquilo y cuando te acurrucas con tu abuela". Lila cerró los ojos y respiró profundo. Sintió un calorcito agradable en su pecho.
“¡Wow!”, exclamó Lila. “Nunca había conocido a las emociones. ¡Es increíble!”. Alegría saltó: “¡Somos parte de ti, Lila! Siempre estamos contigo, aunque a veces no nos notes”. Enojo gruñó: “¡Sí, y a veces soy muy fuerte!”. Tristeza suspiró: “Y a veces necesito que me abraces”. Miedo se escondió detrás de Tristeza: “¡Y a veces necesito que me protejas!”. Calma sonrió suavemente: “Y siempre estoy aquí para ayudarte a relajarte”.
Lila entendió. Las emociones no eran buenas ni malas, simplemente eran parte de ella. Y cada una tenía su propia importancia. Alegría le enseñaba a disfrutar de la vida, Enojo le enseñaba a defenderse, Tristeza le enseñaba a ser compasiva, Miedo le enseñaba a ser precavida y Calma le enseñaba a relajarse.
Desde ese día, Lila aprendió a reconocer y a aceptar sus emociones. Cuando sentía alegría, reía a carcajadas. Cuando sentía enojo, respiraba profundo y trataba de hablar sobre lo que le molestaba. Cuando sentía tristeza, buscaba un abrazo de su abuela. Cuando sentía miedo, se recordaba a sí misma que era valiente. Y cuando sentía calma, cerraba los ojos y disfrutaba del momento.
Un día, Lila estaba jugando con su amigo Tomás cuando, de repente, Tomás tropezó y se cayó. Se raspó la rodilla y comenzó a llorar. Lila se acercó a Tomás y le dijo con voz suave: “No te preocupes, Tomás. Sé que te sientes triste. Yo también me he caído muchas veces. Pero está bien llorar. Y luego, nos lavaremos la rodilla y te pondré una curita”.
Tomás dejó de llorar un poco y miró a Lila con curiosidad. Lila le sonrió y le dijo: “Ven, vamos a buscar a mi abuela. Ella siempre tiene curitas y sabe cómo hacer que todo se sienta mejor”. Lila tomó la mano de Tomás y lo llevó hasta la casa. Su abuela los recibió con una sonrisa y rápidamente limpió la rodilla de Tomás y le puso una curita de colores. Tomás se sintió mucho mejor.
Lila se dio cuenta de que conocer sus propias emociones también le ayudaba a entender y a ayudar a los demás. Y eso la hacía sentir muy, muy feliz. La caja de madera con las bolitas de colores se convirtió en su tesoro más preciado. Cada vez que sentía una emoción fuerte, Lila abría la caja y hablaba con las bolitas. Ellas siempre estaban allí para escucharla y para ayudarla a entender lo que sentía. Y así, Lila aprendió a vivir con todas sus emociones, creando su propio arcoíris de sentimientos. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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