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Hugo tenía ocho años y, últimamente, sentía que todo en su vida se había puesto patas arriba. Sus papás, que antes siempre reían y se abrazaban, ahora vivían en casas separadas. Era como si un mago travieso hubiera agitado su varita y cambiado las reglas del juego. Además, tenía que ayudar más con su hermanita Sofía, que solo tenía cuatro años y todavía necesitaba muchos abrazos y cuentos antes de dormir.
Un día, Hugo estaba sentado en el balcón de su nueva casa, la casa de su mamá. Llovía a cántaros. Las gotas golpeaban el cristal con fuerza, como si quisieran entrar y mojarlo todo. Se sentía igual que el cielo: gris, pesado y a punto de explotar. Sofía se acercó a él, arrastrando su osito de peluche favorito, un oso marrón con un parche en el ojo.
"Hugo, ¿por qué llueve?" preguntó Sofía, con los ojos llenos de preocupación.
Hugo suspiró. "Porque el cielo está triste, Sofi," respondió, sintiéndose él mismo un poco triste.
Sofía se subió a su regazo y lo abrazó con fuerza. "Pero a mí no me gusta que el cielo esté triste," dijo, enterrando su carita en el cuello de Hugo. "Podemos hacerle cosquillas para que se ría?"
Hugo sonrió un poco. Sofía siempre tenía ideas geniales. "Bueno, no creo que podamos hacerle cosquillas al cielo," dijo, "pero podemos hacer algo para que se sienta mejor. ¿Qué te parece si dibujamos un arcoíris?"
Los ojos de Sofía se iluminaron. "¡Sí! ¡Un arcoíris gigante!"
Corrieron a buscar sus cajas de colores y un gran papel. Empezaron a dibujar con entusiasmo. Sofía pintó un sol amarillo brillante, mientras Hugo se encargaba del azul del cielo y el verde de la hierba. Poco a poco, el arcoíris fue tomando forma, con sus colores vibrantes y alegres.
Cuando terminaron, lo colgaron en la ventana, justo para que el cielo lo viera. Miraron juntos el arcoíris, sintiéndose un poco mejor. La lluvia seguía cayendo, pero ahora parecía menos amenazante, como si estuviera lavando las penas y preparando el camino para algo nuevo.
Al día siguiente, el sol brilló con fuerza. Hugo y Sofía fueron al parque con su mamá. Estaban jugando en los columpios cuando, de repente, Sofía gritó: "¡Mira, Hugo! ¡Un arcoíris!"
Hugo levantó la vista y, efectivamente, allí estaba: un arcoíris perfecto, con todos sus colores brillantes, estirándose de un extremo al otro del cielo. Era como si el cielo les estuviera agradeciendo por el dibujo que habían hecho.
"¡Es nuestro arcoíris, Hugo!" exclamó Sofía, saltando de alegría.
Hugo sonrió. Sabía que no era exactamente *su* arcoíris, pero sentía que de alguna manera sí lo era. Habían creado algo hermoso juntos, algo que traía alegría y esperanza, incluso después de la tormenta.
En los días siguientes, Hugo empezó a entender que los cambios no siempre eran malos. Aunque extrañaba la antigua casa y a sus papás viviendo juntos, también estaba descubriendo cosas nuevas. Estaba aprendiendo a ser más responsable, a cuidar de Sofía y a encontrar la alegría en las pequeñas cosas. Empezó a pasar tiempo con su papá también, explorando nuevos parques y jugando videojuegos. Descubrió que tener dos casas no era tan terrible como pensaba; significaba tener dos lugares para sentirse amado y seguro.
Un día, su papá lo llevó a la heladería favorita de Sofía. Mientras esperaban en la fila, Hugo notó que su papá parecía un poco triste. Se acercó a él y le dio un abrazo fuerte.
"Papá, ¿estás bien?" preguntó Hugo.
Su papá le sonrió. "Sí, campeón. Solo estoy pensando en cómo han cambiado las cosas," dijo. "Pero también estoy pensando en lo fuerte que eres tú y Sofía. Me siento muy orgulloso de ustedes dos."
Hugo sintió un calor en el pecho. Sabía que todo iba a estar bien. Aunque la tormenta había sido fuerte, el arcoíris siempre aparecía después, trayendo consigo la promesa de un nuevo comienzo.
Esa noche, antes de dormir, Sofía le preguntó a Hugo: "¿Crees que nuestros papás volverán a estar juntos algún día?"
Hugo la abrazó con fuerza. "No lo sé, Sofi," dijo. "Pero lo que sí sé es que siempre nos van a querer, pase lo que pase. Y nosotros siempre nos vamos a tener el uno al otro."
Sofía asintió y se acurrucó en sus brazos. Hugo miró por la ventana. La luna brillaba en el cielo, rodeada de estrellas. Pensó en el arcoíris que habían dibujado y en el que habían visto en el parque. Sabía que la vida no siempre era fácil, pero también sabía que siempre había esperanza, incluso después de la tormenta. Y él, junto con Sofía, su mamá y su papá, encontrarían la manera de seguir adelante, juntos, bajo el mismo cielo, buscando siempre el arcoíris.
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