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Don Melancólico vivía en una casita gris, rodeada de árboles sin hojas y un cielo siempre nublado. No es que el sol no brillara a veces, pero Don Melancólico siempre lo veía a través de un cristal empañado de *tristeza*. Se sentía *abatido* desde que, según él, el arcoíris se había ido a vivir a otra parte. Tenía *poca energía*, tanta que hasta le costaba levantarse de la cama. La *falta de ánimo* era su sombra, siguiéndolo a todas partes. Estaba *fatigado* incluso antes de empezar el día, *descorazonado* ante la idea de cualquier actividad. Todo le parecía *disgustado*, hasta el canto de los pájaros le sonaba desafinado. El mundo era *sombrío* y él, irremediablemente *pesimista*. Se sentía *miserable*, *desesperado* por encontrar una chispa de alegría. Era *hosco* con los pocos vecinos que se acercaban y se sentía *solitario*, aunque a veces, secretamente, deseaba compañía. Hasta el más mínimo esfuerzo lo dejaba *agitado* y al final del día, estaba *exhausto*, no físicamente, sino de tanto sentir.
Un día, una pequeña niña llamada Lila, con coletas de color sol y una sonrisa brillante como una estrella, se mudó a la casa de al lado. Lila era todo lo que Don Melancólico no era: alegre, curiosa y llena de energía. Al principio, Don Melancólico la evitaba. No quería que su tristeza contagiara a la niña. Pero Lila era persistente. Todos los días, tocaba a su puerta y le dejaba pequeños regalos: una flor silvestre, una piedra brillante, un dibujo hecho con crayones. Don Melancólico, aunque *disgustado* al principio por la interrupción, no podía evitar sentirse un poco conmovido por la amabilidad de la niña.
Un día, Lila lo encontró sentado en su porche, con la mirada perdida en el horizonte gris. "¿Por qué siempre estás tan triste, Don Melancólico?" preguntó Lila con su voz dulce. Don Melancólico suspiró. "Porque el arcoíris se fue," respondió, "y sin el arcoíris, no hay color, no hay alegría, no hay esperanza." Lila inclinó la cabeza. "Pero Don Melancólico," dijo, "el arcoíris no se ha ido. Solo se necesita lluvia y sol para que aparezca." Don Melancólico sonrió tristemente. "Ya no veo el sol, Lila. Solo veo nubes." Lila tomó la mano de Don Melancólico. "Entonces, vamos a buscar el sol juntos," dijo.
Lila llevó a Don Melancólico a su jardín. Le mostró sus flores de colores brillantes, le hizo cosquillas con una pluma y le contó chistes tontos. Al principio, Don Melancólico se resistió. No quería reír, no quería sentir alegría. Pero la risa de Lila era contagiosa, y poco a poco, una pequeña sonrisa comenzó a formarse en los labios de Don Melancólico.
Lila le propuso un reto: cada día, debían encontrar algo hermoso en el mundo, algo que les hiciera sonreír. El primer día, encontraron una mariquita roja brillante. El segundo día, escucharon el canto de un pájaro que sonaba particularmente alegre. El tercer día, vieron un rayo de sol filtrándose entre las nubes. Con cada pequeño descubrimiento, la tristeza de Don Melancólico disminuía un poco. Su *falta de ánimo* se transformaba en curiosidad, su *fatiga* en energía para explorar. Ya no se sentía tan *abatido* ni *descorazonado*.
Un día, después de una lluvia torrencial, Lila gritó: "¡Don Melancólico, mira!" Y allí, en el cielo, brillaba un hermoso arcoíris. Don Melancólico lo miró con asombro. No era el mismo arcoíris que recordaba, pero era incluso más hermoso. Se dio cuenta de que el arcoíris no se había ido, simplemente él había dejado de buscarlo. Había estado tan concentrado en su *tristeza* que no había visto la belleza que lo rodeaba.
Don Melancólico sonrió, una sonrisa genuina, llena de alegría. Ya no se sentía *miserable* ni *desesperado*. Ya no era *hosco* ni *solitario*. Todavía se sentía un poco *agitado* a veces, y al final del día, todavía se sentía *exhausto*, pero ahora era un cansancio bueno, un cansancio de haber vivido, de haber reído, de haber amado. Don Melancólico entendió que la *depresión* era como una nube gris que oscurece el mundo, pero que siempre, siempre, hay un arcoíris esperando a ser descubierto. Y a veces, todo lo que se necesita es una pequeña niña con coletas de color sol para ayudarte a encontrarlo.
Desde ese día, Don Melancólico ya no se llamaba Don Melancólico. Se llamaba Don Alegría. Y su casa gris, se pintó de todos los colores del arcoíris.
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