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Gratis · elige una vozDoña Esperanza vivía en un mundo gris. No literalmente gris, claro. Los árboles eran verdes, el cielo era azul, y las flores… bueno, antes las flores tenían todos los colores del arcoíris. Pero ahora, todas eran de un pálido color beige. Doña Esperanza era la encargada de mantener los colores del mundo brillantes y vibrantes. Tenía una paleta mágica y un pincel hecho con plumas de colibrí. Cada mañana, salía a pintar el sol de un amarillo radiante, el mar de un azul profundo, y las fresas de un rojo apetitoso.
Pero un día, ¡oh, no! ¡La paleta de Doña Esperanza estaba vacía! Ni una gota de rojo, ni pizca de azul, ni siquiera un poquito de amarillo. Solo un color beige apagado la miraba fijamente. Doña Esperanza sintió que sus hombros se hundían. "¡Ay, Dios mío! ¿Qué voy a hacer? Si no pinto los colores, el mundo entero se volverá beige", exclamó con desesperación.
Recordó una leyenda antigua que su abuela le contaba de niña. Decía que al final del arcoíris, donde se unen el cielo y la tierra, se encontraba el Jardín de los Colores, donde nacían todos los colores del mundo. Era un lugar mágico, protegido por un dragón amistoso llamado Ferdinand. Doña Esperanza suspiró. No tenía otra opción. Empacó un sándwich de pepino (su favorito) y emprendió el viaje en busca del Jardín de los Colores.
El camino fue largo y lleno de desafíos. Primero, tuvo que cruzar el Río de la Confusión, donde las corrientes cambiaban de dirección sin previo aviso. Usando su ingenio, construyó una pequeña balsa con hojas gigantes y remó con sus manos hasta la otra orilla. Luego, tuvo que escalar la Montaña de los Murmullos, donde el viento susurraba secretos que distraían a los viajeros. Tapándose los oídos con algodón, siguió adelante, enfocada en su misión.
Finalmente, después de días de caminar, llegó al final del arcoíris. Allí, en medio de una pradera brillante, se alzaba el Jardín de los Colores. Flores de todos los tonos imaginables florecían en armonía. El aire olía a miel y a frutos rojos. En el centro del jardín, dormía plácidamente Ferdinand, el dragón.
Doña Esperanza se acercó con cautela. Ferdinand era enorme, con escamas verdes brillantes y ojos dorados. Respiraba suavemente, y de sus fosas nasales salían pequeñas nubes de humo de color rosa. Doña Esperanza temblaba, pero sabía que tenía que hablar con él.
"Disculpe, señor Dragón", dijo con voz temblorosa. Ferdinand abrió un ojo, la miró con curiosidad y bostezó. "¿Quién osa interrumpir mi siesta arcoíris?", gruñó amablemente.
Doña Esperanza le explicó su problema, cómo su paleta se había vaciado y cómo el mundo se estaba volviendo beige. Ferdinand escuchó atentamente, asintiendo con la cabeza. "Ya veo…", dijo pensativo. "El problema es que la gente ha olvidado apreciar los colores. Ya no se detienen a oler las rosas rojas, ni a contemplar el cielo azul. Se han vuelto insensibles a la belleza que los rodea. Por eso, los colores se han escondido."
Ferdinand le dijo a Doña Esperanza que la única forma de recuperar los colores era recordar a la gente la importancia de apreciarlos. Le dio una pequeña semilla mágica y le dijo: "Planta esta semilla en el corazón de cada persona. Cuando florezca, les recordará la belleza del mundo y los colores volverán."
Doña Esperanza regresó a su hogar con la semilla mágica. Fue de casa en casa, de pueblo en pueblo, plantando la semilla en el corazón de cada persona que encontraba. Al principio, nada parecía cambiar. Pero poco a poco, la gente comenzó a notar las pequeñas cosas. Una niña se maravilló con el rojo brillante de una mariquita. Un anciano sonrió al ver el amarillo dorado del sol. Un joven suspiró al contemplar el azul profundo del océano.
Y entonces, sucedió la magia. Los colores comenzaron a regresar. Primero, pequeños toques de rojo en las amapolas. Luego, destellos de azul en las alas de las mariposas. Finalmente, el mundo entero volvió a llenarse de la vibrante paleta de colores que Doña Esperanza tanto amaba.
Doña Esperanza, con su paleta llena de nuevo, volvió a pintar el mundo cada mañana. Pero esta vez, la gente también la ayudaba, apreciando cada color, cada matiz, cada pequeña maravilla que la naturaleza ofrecía. Y así, Doña Esperanza, el dragón Ferdinand, y todos los habitantes del mundo, vivieron felices, rodeados de un arcoíris de colores para siempre.
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