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Gratis · elegí una vozEn el corazón de la ciudad, donde los edificios parecían tocar el cielo, se alzaba un viejo edificio llamado "La Esperanza". Era un lugar lleno de historias, pero la más fascinante de todas era la del ascensor. No era un ascensor común y corriente, ¡era el ascensor del tiempo de Don Eusebio!
Don Eusebio, el conserje, era un hombre anciano con una barba blanca como la nieve y unos ojos que brillaban con una chispa traviesa. Él era el único que conocía el secreto del ascensor. Cada vez que alguien entraba, Don Eusebio le guiñaba un ojo y susurraba: "El tiempo es un río, ¿sabes? Solo hay que saber dónde sumergirse".
Una tarde, dos hermanos, Sofía y Tomás, se mudaron al edificio. Sofía, la mayor, era curiosa y aventurera. Tomás, en cambio, era un poco más tímido y prefería los libros a las exploraciones. Al enterarse de la historia del ascensor, Sofía no pudo resistirse. Arrastró a Tomás hasta el vestíbulo y le rogó a Don Eusebio que les mostrara el ascensor del tiempo.
Don Eusebio sonrió y los llevó hasta el ascensor. Era viejo y chirriante, con botones desgastados y una luz tenue. En lugar de los números de los pisos, los botones tenían nombres de estaciones: Primavera, Verano, Otoño, Invierno. Sofía, emocionada, apretó el botón de Primavera.
La puerta del ascensor se cerró con un golpe y comenzó a temblar. Los niños sintieron un cosquilleo en el estómago y, de repente, la luz se volvió brillante. Cuando la puerta se abrió, se encontraron en un prado lleno de flores silvestres. ¡Era primavera! Abejas zumbaban alrededor de las flores, mariposas revoloteaban en el aire y el sol brillaba cálidamente.
Sofía y Tomás corrieron por el prado, recogiendo flores y persiguiendo mariposas. Tomás, que normalmente era tímido, se reía a carcajadas mientras Sofía le hacía una corona de flores. De repente, escucharon el sonido de un arroyo cercano. Siguiendo el sonido, llegaron a un pequeño río donde patos nadaban alegremente.
Después de un rato, Sofía sintió curiosidad por otra estación. Regresaron al ascensor y esta vez apretaron el botón de Verano. La puerta se cerró, el ascensor tembló y, al abrirse, ¡estaban en una playa soleada! El mar era azul y brillante, y la arena estaba caliente bajo sus pies. Niños jugaban en la orilla, construyendo castillos de arena y chapoteando en el agua.
Sofía y Tomás se unieron a la diversión. Construyeron un castillo de arena enorme con torres y murallas, y luego corrieron hacia el agua, dejando que las olas les mojaran los pies. Comieron helado y jugaron con una pelota hasta que el sol comenzó a ponerse, pintando el cielo con colores naranja y rosa.
Cuando se cansaron del sol y la arena, volvieron al ascensor y esta vez eligieron Otoño. Al abrirse la puerta, se encontraron en un bosque lleno de árboles de colores. Las hojas eran rojas, amarillas y marrones, y crujían bajo sus pies. El aire era fresco y olía a tierra mojada.
Recogieron hojas de diferentes colores y formas, y las guardaron en sus bolsillos. Vieron ardillas correteando por los árboles, escondiendo nueces para el invierno. Tomás encontró una castaña brillante y la guardó como un tesoro. Mientras caminaban, escucharon el sonido de un viento suave que susurraba entre las hojas.
Finalmente, con el corazón lleno de colores y aromas otoñales, regresaron al ascensor y apretaron el botón de Invierno. La puerta se abrió y ¡estaban en un paisaje nevado! Los árboles estaban cubiertos de nieve, el suelo era blanco y brillante, y el aire era frío y crujiente.
Sofía y Tomás empezaron a jugar en la nieve, haciendo ángeles y lanzándose bolas de nieve. Construyeron un muñeco de nieve enorme con una zanahoria como nariz y dos piedras como ojos. Tiritaban de frío, pero no les importaba, estaban demasiado ocupados divirtiéndose.
Después de un rato, sintieron que era hora de volver. Entraron en el ascensor, apretaron el botón del vestíbulo y regresaron al presente. Don Eusebio los estaba esperando con una sonrisa.
"¿Qué les pareció el viaje?", preguntó. Sofía y Tomás le contaron todo sobre sus aventuras en cada estación. Don Eusebio asintió con la cabeza, sabiendo que el ascensor del tiempo había cumplido su propósito: llenar sus corazones de alegría y asombro. A partir de ese día, Sofía y Tomás visitaron el ascensor del tiempo a menudo, explorando las estaciones y aprendiendo a apreciar la belleza de cada una. Y siempre recordaban las palabras de Don Eusebio: "El tiempo es un río, ¿sabes? Solo hay que saber dónde sumergirse". El edificio "La Esperanza" ya no era solo un edificio, era un lugar mágico lleno de posibilidades, gracias al asombroso ascensor del tiempo de Don Eusebio.
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