Cuento corto para niños

¡El Baile Secreto de la Cafetería!

En la cafetería, un video compromete a Müller y a la cadete Weber después de una fiesta. La cadete Weber sorprende a todos con su actitud desinhibida, mientras Müller confronta al capitán Foster por intentar humillarla. Finalmente, Müller sospecha que la cadete Weber esconde algo.

A partir de: En la cafetería, había un aire extraño y pesado que opacaba el bullicio habitual de las mañanas. Müller, con el café humeante en la mano, no podía evitar sentir que todas las miradas extrañas, susurros y las risas de algunos oficiales que resonaban eran dirigidas hacia él. Incluso Gonzales, a su lado, fruncía el ceño, incapaz de comprender la magnitud de lo que había sucedido la noche anterior. —¿Qué fue lo que hicimos anoche? —preguntó Müller a Gonzales, intentando recordar un hilo de conversación que pudiera deshacer esta maraña de preguntas. La noche anterior, se celebró el cumpleaños del capitán Rivas, o "el lenteja". había sido algo discreta, aunque terminó en un clímax de diversión que giraba en torno a unas copas de más. Sin embargo, los detalles eran un eco borroso, ahogados por la niebla del alcohol. — Creo que hiciste más de lo que piensas —musitó Gonzales con una risa a medias, casi cómplice, mientras giraba su mirada hacia los oficiales que los observaban con ojos curiosos. — ¿Qué puede ser tan malo? —replicó Müller, elevando un poco su voz, sintiendo cómo el rubor ascendía desde su cuello. En ese instante, el capitán Foster cruzó la puerta con una sonrisa radiante y un aplauso que retumbó en el ambiente cargado. — ¡Bienvenido, campeón! Estuvo intensa anoche. La incertidumbre se apoderó de Müller, quien apuntó a Gonzales con recelo y fingiendo demencia. —¿No quieres llevarte el crédito? —dijo el capitán con burla, levantando una ceja. —No sé de qué habla, señor —respondió Müller, vertiéndose un poco más de café, en un acto de mostrar calma. El capitán Foster, incapaz de contenerse, llamó a Müller y le hizo señas de que se acercara. Müller se acercó con cautela, temiendo lo peor. El video lo ponía de protagonista junto a una mujer joven y hermosa, bailando cariñosamente. —Es broma, tanto alboroto por esto; ¡ustedes también lo hacen, no se hagan los tontos! —lanzó Müller, con una mezcla de desprecio y rudeza. —Seguro, ¿no reconoces a la sexy bailarina? —insistió Foster, mientras las risas se multiplicaban. Müller, en un estado de incredulidad, negó conocerla. Aunque, pensándolo bien, la mujer era extremadamente atractiva. Antes de que pudiera articular una respuesta más sensata, Gonzales exclamó, asombrado: —¡Es Weber! El nombre resonó en el aire como un eco burlón. Müller apenas podía creerlo; se acercó a la pantalla y, efectivamente, allí estaba: la cadete Weber, moviendo sus caderas con una energía vibrante. Casi escupe su café al darse cuenta del horror del momento; el pánico inundó su rostro, mientras las risas se convertían en un torbellino de burlas amistosas y otros le dieron palmaditas en la espalda. —Mira esos movimientos de cadera, Müller, ¡guau, hasta abajo e intenso! —se burló Gonzales, arremetiendo contra su amigo con una camaradería cruel. Müller, en cambio, lo mira con desdén y antes de que pudiera decir algo, la cadete Weber pide permiso para entrar. En su mano sostiene una taza de café; se pone nerviosa, es la primera vez que entra al lugar que solo está permitido para los oficiales. Todos se quedan en silencio, ella se acerca al capitán, quien le había ordenado que le traiga café a la maesa. Ella frunce el ceño y hace un gesto hacia la cafetera. Él, el capitán, lo nota y le dice con ironía: —El café que prepara usted es mucho mejor. Le da unas palmaditas en su mano, mientras los demás se ríen. Sin embargo, para Müller y Gonzales causó indignación la forma en que querían exponer a Weber; era evidente que el capitán Foster orquestaba todo para humillarla. Ella vio el video con una tranquilidad abrumadora. —¿Quién diría que con esa carita se comportó así? Podría hacernos una demostración —dijo Foster con burla. Ella miró de reojo a Müller y luego al capitán Foster. —Ah, sí, sí, ya lo vi —exclamó ella, quitándole importancia—. Deberían verme un viernes en la noche —rompió en risas—. Bien, si no necesita nada más, me retiro, capitán Foster. La forma en que abordó a Weber sorprendió a todos, incluso cuando ella se acercó a la puerta, se giró antes haciendo un gesto a Müller: "que se repita". Luego, se retiró. Müller soltó una sonrisa sutil; la verdad es que la actitud de ella lo sorprendió. Cualquier otro se habría sentido cohibido frente a todos juzgándola. —Wow —dijo Gonzales—, la verdad que Weber es única, no le pasan balas. El capitán cerró el computador y exclamó: —Weber no tiene nada de especial, solo es una descarada, de seguro es de esas que bebe un poco y anda moviéndole el culo a cualquiera, y vaya que a ti, Müller, sí que te lo movió —sonrió él. —Asumo que la molestia es porque ella no se dejó humillar o porque usted quería estar en mi lugar —dijo Müller con firmeza. Gonzales lo miró como diciéndole que no debió hablarle así a su superior oficial. Un teniente que estaba allí le reclamó a Müller: —¿Quién te crees para hablarle así a tu capitán? Sin embargo, el capitán Foster, en vez de enojarse, sonrió, girando la taza con sus largos dedos. —Creo que fue suficiente para ser apenas las 8, tenemos que trabajar —se levantó, poniendo su mano en el hombro de Müller—. No seas tan ingenuo, Weber no es tan inocente… y tú tampoco.

Empezar a leer ↓Publicado el 14/04/2026

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En la cafetería, había un aire extraño y pesado que opacaba el bullicio habitual de las mañanas. Müller, con el café humeante en la mano, no podía evitar sentir que todas las miradas extrañas, susurros y las risas de algunos oficiales que resonaban eran dirigidas hacia él. Incluso Gonzales, a su lado, fruncía el ceño, incapaz de comprender la magnitud de lo que había sucedido la noche anterior.

—¿Qué fue lo que hicimos anoche? —preguntó Müller a Gonzales, intentando recordar un hilo de conversación que pudiera deshacer esta maraña de preguntas. La noche anterior, se celebró el cumpleaños del capitán Rivas, o "el lenteja". Había sido algo discreta, aunque terminó en un clímax de diversión que giraba en torno a unas copas de más. Sin embargo, los detalles eran un eco borroso, ahogados por la niebla del alcohol.

— Creo que hiciste más de lo que piensas —musitó Gonzales con una risa a medias, casi cómplice, mientras giraba su mirada hacia los oficiales que los observaban con ojos curiosos.

— ¿Qué puede ser tan malo? —replicó Müller, elevando un poco su voz, sintiendo cómo el rubor ascendía desde su cuello. En ese instante, el capitán Foster cruzó la puerta con una sonrisa radiante y un aplauso que retumbó en el ambiente cargado.

— ¡Bienvenido, campeón! Estuvo intensa anoche.

La incertidumbre se apoderó de Müller, quien apuntó a Gonzales con recelo y fingiendo demencia.

—¿No quieres llevarte el crédito? —dijo el capitán con burla, levantando una ceja.

—No sé de qué habla, señor —respondió Müller, vertiéndose un poco más de café, en un acto de mostrar calma.

El capitán Foster, incapaz de contenerse, llamó a Müller y le hizo señas de que se acercara. Müller se acercó con cautela, temiendo lo peor. El video lo ponía de protagonista junto a una mujer joven y hermosa, bailando cariñosamente.

—Es broma, tanto alboroto por esto; ¡ustedes también lo hacen, no se hagan los tontos! —lanzó Müller, con una mezcla de desprecio y rudeza.

—Seguro, ¿no reconoces a la sexy bailarina? —insistió Foster, mientras las risas se multiplicaban.

Müller, en un estado de incredulidad, negó conocerla. Aunque, pensándolo bien, la mujer era extremadamente atractiva. Antes de que pudiera articular una respuesta más sensata, Gonzales exclamó, asombrado:

—¡Es Weber!

El nombre resonó en el aire como un eco burlón. Müller apenas podía creerlo; se acercó a la pantalla y, efectivamente, allí estaba: la cadete Weber, moviendo sus caderas con una energía vibrante. Casi escupe su café al darse cuenta del horror del momento; el pánico inundó su rostro, mientras las risas se convertían en un torbellino de burlas amistosas y otros le dieron palmaditas en la espalda.

—Mira esos movimientos de cadera, Müller, ¡guau, hasta abajo e intenso! —se burló Gonzales, arremetiendo contra su amigo con una camaradería cruel. Müller, en cambio, lo mira con desdén y antes de que pudiera decir algo, la cadete Weber pide permiso para entrar. En su mano sostiene una taza de café; se pone nerviosa, es la primera vez que entra al lugar que solo está permitido para los oficiales. Todos se quedan en silencio, ella se acerca al capitán, quien le había ordenado que le traiga café a la maesa. Ella frunce el ceño y hace un gesto hacia la cafetera. Él, el capitán, lo nota y le dice con ironía:

—El café que prepara usted es mucho mejor.

Le da unas palmaditas en su mano, mientras los demás se ríen. Sin embargo, para Müller y Gonzales causó indignación la forma en que querían exponer a Weber; era evidente que el capitán Foster orquestaba todo para humillarla. Ella vio el video con una tranquilidad abrumadora.

—¿Quién diría que con esa carita se comportó así? Podría hacernos una demostración —dijo Foster con burla.

Ella miró de reojo a Müller y luego al capitán Foster.

—Ah, sí, sí, ya lo vi —exclamó ella, quitándole importancia—. Deberían verme un viernes en la noche —rompió en risas—. Bien, si no necesita nada más, me retiro, capitán Foster.

La forma en que abordó a Weber sorprendió a todos, incluso cuando ella se acercó a la puerta, se giró antes haciendo un gesto a Müller: "que se repita". Luego, se retiró.

Müller soltó una sonrisa sutil; la verdad es que la actitud de ella lo sorprendió. Cualquier otro se habría sentido cohibido frente a todos juzgándola.

—Wow —dijo Gonzales—, la verdad que Weber es única, no le pasan balas.

El capitán cerró el computador y exclamó:

—Weber no tiene nada de especial, solo es una descarada, de seguro es de esas que bebe un poco y anda moviéndole el culo a cualquiera, y vaya que a ti, Müller, sí que te lo movió —sonrió él.

—Asumo que la molestia es porque ella no se dejó humillar o porque usted quería estar en mi lugar —dijo Müller con firmeza. Gonzales lo miró como diciéndole que no debió hablarle así a su superior oficial. Un teniente que estaba allí le reclamó a Müller:

—¿Quién te crees para hablarle así a tu capitán?

Sin embargo, el capitán Foster, en vez de enojarse, sonrió, girando la taza con sus largos dedos.

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Publicado el 14/04/2026

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