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El eco del último silbato todavía resonaba en las paredes del gimnasio, un sonido agudo que marcaba el fin de una era para Kuroo. El capitán, conocido por su astucia felina y sus bloqueos impenetrables, permanecía inmóvil en el centro de la cancha. La red, que normalmente parecía un desafío emocionante, ahora se alzaba como una barrera insuperable. Habían perdido el partido decisivo. La derrota no era solo un marcador en la pantalla; era un peso tangible que le hundía los hombros y le nublaba la vista.
Desde las gradas, dos figuras observaban en silencio. Oikawa, con su porte siempre impecable y una chispa de competitividad eterna en los ojos, cruzó los brazos. Estaba a punto de lanzar un comentario mordaz sobre cómo la 'recepción de los gatos' se había desmoronado, pero una mano firme y cálida se posó en su hombro. Era sugawara, de 18 años, cuya presencia siempre traía una calma casi sobrenatural al caos del torneo. Sugawara, con su cabello plateado brillando bajo los focos y ese pequeño lunar bajo el ojo izquierdo que acentuaba su expresión amable, negó con la cabeza.
—No es el momento para tus bromas, Oikawa —dijo sugawara con voz suave pero decidida—. Hoy, el capitán necesita algo más que críticas. Necesita recordar por qué empezó a jugar.

Oikawa suspiró, suavizando su expresión. —¿Y qué sugieres, 'Don Bondad'? ¿Un abrazo grupal?
Sugawara sonrió de esa manera cómplice que solo él tenía. —Algo mucho mejor. Sabes que a Kuroo le gusta ganar, pero le gusta todavía más comer. Vamos a organizar el 'Banquete de los Corazones Valientes'.
Los dos se escabulleron del gimnasio antes de que Kuroo se diera cuenta de su presencia. Se dirigieron a una pequeña cocina comunitaria cerca de la villa olímpica. Sugawara tomó el mando con la eficiencia de un colocador experto. Mientras Oikawa se encargaba de la estética, colocando manteles de colores vibrantes y organizando la iluminación con linternas de papel, sugawara se sumergió en un mar de ingredientes. Para sugawara, la cocina era como un partido de voleibol: requería precisión, ritmo y, sobre todo, mucho corazón.

Prepararon montañas de bollos de cerdo al vapor, humeantes y esponjosos, y una olla gigante de ramen con caldo espeso que prometía curar cualquier herida del alma. Sugawara se movía con agilidad, probando el punto de sal y picando verduras con una destreza que asombró incluso al perfeccionista de Oikawa. 'La comida es el combustible de la esperanza', solía decir sugawara, y esa noche, estaba cocinando un banquete de pura esperanza.
Cuando terminaron, buscaron a Kuroo. Lo encontraron sentado en un banco del parque, mirando las estrellas con una melancolía que no encajaba con su usual personalidad bromista. Sin decir una palabra, sugawara y Oikawa se sentaron a su lado. No hubo discursos sobre tácticas fallidas ni análisis de errores. Simplemente, sugawara abrió una caja térmica y el aroma del cerdo agridulce y los bollos calientes inundó el aire nocturno.
—Comer primero, pensar después —sentenció sugawara, extendiéndole a Kuroo un par de palillos.
Kuroo los miró sorprendido. El primer bocado fue una revelación. El calor de la comida empezó a disolver el nudo de su garganta. Oikawa, entre bocado y bocado, empezó a contar historias exageradas sobre sus propias derrotas, logrando que una pequeña sonrisa asomara en el rostro de Kuroo. Sugawara observaba en silencio, satisfecho, sabiendo que el vínculo que compartían era más fuerte que cualquier trofeo de plástico.
Bajo el manto de la noche, rodeados de platos vacíos y risas que volvían a brotar, Kuroo comprendió que perder un partido no significaba perder la pasión. Gracias a la iniciativa de sugawara y la inesperada compañía de Oikawa, la derrota se transformó en un recordatorio de que, en el gran juego de la vida, los amigos son el mejor equipo que uno puede tener. Al final de la noche, mientras regresaban a los dormitorios, Kuroo ya estaba planeando el entrenamiento del día siguiente, con el corazón lleno y el espíritu renovado.
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