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Gratis · elige una vozEl cielo estaba cubierto de nubes densas cuando Clara y Andrés decidieron adentrarse en el viejo bosque de San Esteban, un lugar del que los ancianos del pueblo hablaban con temor. Decían que allí no cantaban los pájaros y que, al caer la noche, los árboles susurraban nombres.
Clara, con sus trenzas castañas y su espíritu aventurero, convenció a Andrés, un chico más prudente y de ojos asustadizos, de acompañarla. "¡No seas gallina, Andrés!", le había dicho. "Es solo un bosque".
Al principio, el sendero parecía tranquilo. Las ramas crujían bajo sus pasos y el aire estaba cargado de humedad, un olor a tierra mojada y hojas secas. El sol luchaba por penetrar entre las copas de los árboles, creando sombras danzantes que jugaban con su imaginación. Pero pronto notaron que algo estaba mal: el bosque parecía idéntico en todas direcciones, como si giraran en círculos.
—¿No pasamos ya por aquí? —preguntó Clara, mirando un tronco marcado con una cruz toscamente tallada.
—Imposible, yo marqué ese árbol hace cinco minutos —respondió Andrés, con la voz temblorosa. Señaló la cruz con un dedo tembloroso. La marca, sin duda, era la que él había hecho.
Un escalofrío recorrió la espalda de Clara. Intentó mantener la calma. "Debe ser una coincidencia", dijo, aunque su voz sonaba menos segura de lo que pretendía.
De repente, un viento helado atravesó el lugar, agitando las hojas y haciendo crujir las ramas con violencia. Y entre el murmullo de las hojas escucharon claramente un susurro: "Andrés..."
Ambos se miraron con los ojos muy abiertos. El nombre había sido pronunciado con una voz que no era humana, profunda y quebrada, como el susurro de la tierra misma. Andrés intentó bromear para calmar la tensión, pero sus labios estaban secos, incapaces de pronunciar palabra. El miedo lo había atenazado.
Siguieron caminando más rápido, casi corriendo, aunque cada paso los hundía en una oscuridad más espesa. El bosque parecía cerrarse tras ellos, borrando el camino de regreso. Las sombras se alargaban y tomaban formas extrañas, como monstruos acechantes.
Fue entonces cuando vieron algo: una figura blanca, difusa, parada a lo lejos, entre los árboles. No se movía, pero sus ojos brillaban como brasas apagadas, dos puntos rojos en la penumbra. Parecía observarles.
Clara retrocedió, tropezando con una raíz. El suelo se abrió bajo sus pies, revelando raíces retorcidas que parecían manos huesudas tratando de agarrarla. Andrés la sujetó a tiempo, tirando de ella con fuerza para evitar que cayera. En el forcejeo escucharon una risa baja, resonando por todas partes, como si el bosque entero se burlara de ellos, un eco macabro que les heló la sangre.
El eco de pasos se acercaba. No eran los suyos. Eran más pesados, más lentos, pero implacables.
Sin pensarlo, corrieron sin rumbo, con el corazón latiendo con fuerza en sus pechos. Tropezaron con raíces, saltaron sobre troncos caídos, ignorando el dolor y el cansancio. Solo querían escapar de la oscuridad, de la risa, de la figura blanca que les perseguía.
De repente, un destello de luz los cegó. Frente a ellos apareció la salida del bosque, el mismo arco natural de ramas por donde habían entrado. Parecía brillar con una luz propia, ofreciéndoles una promesa de seguridad.
Salieron jadeando, tambaleándose, sintiendo el sol cálido sobre sus rostros. Al voltear la vista, el bosque ya no estaba oscuro: se veía tranquilo, incluso hermoso, con la luz del sol filtrándose entre los árboles. Como si nada hubiera pasado.
Clara respiraba agitada, con lágrimas en los ojos. Se sentó en la hierba, sintiendo las piernas temblorosas. Andrés, en cambio, estaba pálido, inmóvil, con la mirada fija en el bosque.
—¿Viste quién nos llamaba? —susurró él, con la voz apenas audible.
Clara lo miró confundida. —¿Qué quieres decir? Yo solo escuché que dijeron tu nombre.
Andrés bajó la mirada, avergonzado. Sus manos temblaban. Y en un hilo de voz respondió: —No, Clara... yo también escuché el tuyo.
Se quedaron en silencio, abrazados, sintiendo el miedo aún presente en sus corazones. Nunca más volvieron a adentrarse en el Bosque Susurrante de San Esteban. Y cada vez que escuchaban el viento susurrar entre los árboles, recordaban la voz quebrada que había pronunciado sus nombres, recordaban que a veces, los bosques guardan secretos que es mejor no descubrir.
Desde ese día, Andrés y Clara decidieron explorar lugares menos misteriosos, como la colina del pueblo o el río que lo atravesaba. Aprendieron que la aventura no siempre vale la pena, y que a veces, lo más importante es estar a salvo y juntos.
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