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Gratis · elegí una vozLa abuela Elena preparaba el altar. Las flores de cempasúchil inundaban la casa con su aroma dulce y anaranjado. Pequeñas calaveras de azúcar sonreían desde la mesa, y el pan de muerto, con su suave sabor a naranja, tentaba a Mateo y Sofía. Era Día de Muertos, un día para recordar y celebrar a los que ya no estaban.
Este año, era especialmente importante. Era el primer Día de Muertos sin el Abuelo Miguel. Abuelo Miguel era músico. Tocaba la guitarra con tanta pasión que las melodías parecían bailar en el aire. Sus canciones contaban historias de amor, de risas y de la vida en su pequeño pueblo. Mateo y Sofía lo extrañaban muchísimo.
“¿Creen que el abuelo escuchará nuestra música?” preguntó Sofía, con los ojos llenos de lágrimas.
La abuela Elena la abrazó. “Claro que sí, mi amor. La música viaja más allá de las estrellas. El abuelo estará escuchando, y bailando, estoy segura.”
Mateo, siempre el más práctico, señaló un pequeño espacio vacío en el altar. “Pero… ¿no deberíamos poner su guitarra, abuela? Él siempre tocaba para el Día de Muertos.”
La abuela suspiró. “La guitarra está guardada, Mateo. Aún no me siento lista para verla. Me recuerda demasiado…”
Esa noche, mientras la familia cenaba tamales y bebía chocolate caliente, Mateo tuvo una idea. “¡Ya sé! ¡Podemos tocar nosotros música para el abuelo!”
Sofía se animó. “¡Sí! Yo puedo tocar el ukulele. El abuelo me enseñó algunas canciones.”
La abuela sonrió, conmovida. “Eso sería maravilloso, niños. Pero… ¿qué tocarán?”
Mateo pensó un momento. “Podemos tocar las canciones favoritas del abuelo. Yo recuerdo algunas letras, y Sofía conoce las melodías.”
Así que, durante los siguientes días, Mateo y Sofía ensayaron sin parar. Mateo cantaba con su voz aún infantil pero llena de emoción, y Sofía rasgueaba el ukulele con dedicación. Practicaban en el jardín, bajo el sol, y en la sala, al calor de la chimenea. Aprendieron las canciones que el abuelo Miguel les había enseñado, canciones que hablaban de amor, de la tierra y de la importancia de la familia.
Cuando llegó el Día de Muertos, el altar estaba radiante. La abuela Elena había colocado una fotografía del Abuelo Miguel, sonriendo con su guitarra en la mano. Mateo y Sofía se pararon frente al altar, nerviosos pero emocionados.
Mateo tomó aire y comenzó a cantar la primera canción. Su voz tembló al principio, pero pronto se llenó de seguridad. Sofía lo acompañó con el ukulele, sus pequeños dedos moviéndose con agilidad sobre las cuerdas.
Cantaron “La Llorona,” una melodía triste pero hermosa, y “Cielito Lindo,” una canción alegre que hacía sonreír a todos. Cantaron canciones de amor y de esperanza. Mientras cantaban, Mateo y Sofía sintieron la presencia del Abuelo Miguel a su alrededor. Era como si su espíritu estuviera allí, bailando al ritmo de la música.
La abuela Elena lloraba en silencio, con lágrimas de alegría corriendo por sus mejillas. No eran lágrimas de tristeza, sino lágrimas de amor y de gratitud. La música de sus nietos había llenado el vacío que había dejado la partida del Abuelo Miguel.
De repente, Mateo notó algo extraño. Una suave brisa soplaba a través de la ventana, haciendo tintinear las campanillas del altar. Y lo más sorprendente: ¡la guitarra del Abuelo Miguel, que la abuela había guardado, estaba vibrando suavemente!
Mateo y Sofía se miraron con asombro. ¿Era posible? ¿El abuelo Miguel estaba tocando con ellos?
Siguieron cantando, con más pasión que nunca. La música llenó la casa, llegando hasta el cielo, hasta donde estaba el Abuelo Miguel. Y en ese momento, todos sintieron que el amor, la música y la familia eran más fuertes que la muerte.
Después de cantar, la abuela Elena abrazó a Mateo y Sofía con fuerza. “Gracias, mis amores,” dijo con la voz temblorosa. “Me han dado el regalo más hermoso del mundo. El abuelo Miguel estaría tan orgulloso de ustedes.”
Esa noche, mientras Mateo y Sofía dormían, soñaron con el Abuelo Miguel. Lo vieron tocando su guitarra, rodeado de flores de cempasúchil y sonriendo. Y supieron, en lo más profundo de sus corazones, que el amor nunca muere, y que la música siempre unirá a la familia, incluso en el Día de Muertos.
Al año siguiente, la guitarra del Abuelo Miguel presidió el altar, y Mateo y Sofía tocaron para él con aún más amor y alegría. La música del abuelo, a través de ellos, seguía viva, celebrando la vida y la memoria de un músico que amaba a su familia con todo su corazón.
El Día de Muertos se convirtió en una celebración aún más especial, un día para recordar, amar y cantar, porque el canto del corazón del Abuelo Miguel siempre resonaría en sus vidas.
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