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Había una vez un niño llamado Lucas, que tenía seis años y una imaginación tan grande que podía convertir una simple caja de cartón en un cohete espacial. Lucas vivía en una casa llena de luz, pero lo que más le gustaba era aprender cosas nuevas sobre el mundo y sobre sí mismo. Un día, en la escuela, su maestra, la señorita Clara, les habló de algo muy especial: el 'Castillo Mágico' que todos llevamos con nosotros.
—Niños —dijo la señorita Clara con una voz dulce—, cada uno de ustedes es el rey o la reina de su propio castillo. Ese castillo es su cuerpo. Es un lugar único, valioso y, sobre todo, es solo de ustedes.
Lucas se miró las manos y los pies. Nunca había pensado en su cuerpo como un castillo. La señorita Clara explicó que, al igual que los castillos tienen murallas para proteger los tesoros que hay dentro, nuestro cuerpo tiene límites que los demás deben respetar.
—Hay partes de nuestro cuerpo que todos pueden ver —continuó la maestra—, como nuestras manos para saludar o nuestra cara para sonreír. Pero hay otras partes que son privadas. Son las partes que cubrimos con nuestra ropa interior o con nuestro bañador cuando vamos a la piscina. Esas son nuestras partes íntimas.
Lucas escuchaba con mucha atención. La señorita Clara les explicó la 'Regla del Bañador': nadie debe tocar las partes que cubre el bañador, y nosotros tampoco debemos tocar las de los demás. Son privadas porque son especiales y solo nos pertenecen a nosotros. Solo en momentos muy específicos, como cuando mamá o papá nos ayudan a limpiarnos bien o cuando el médico nos revisa para que estemos sanos, alguien puede tocarlas, pero siempre explicándonos por qué y con mucho respeto.
—Pero, ¿qué pasa si alguien no respeta mi castillo? —preguntó Lucas, con un poco de curiosidad.

La señorita Clara se agachó para estar a su altura.
—Esa es una pregunta muy importante, Lucas. Si alguna vez alguien intenta tocar tus partes privadas, o te pide que tú toques las suyas, o te pide que te quites la ropa cuando no quieres, tienes el poder de decir '¡NO!'. No importa si es un niño, un joven o un adulto. Tu voz es tu escudo.
Esa tarde, mientras volvía a casa, Lucas pensó en su 'alarma interna'. La señorita Clara les había dicho que todos tenemos una alarma en la barriga o en el corazón que nos avisa cuando algo no está bien. A veces se siente como un nudo, o como si tuviéramos mariposas asustadas en el estómago.
Al llegar, Lucas merendó con su mamá y le contó lo que había aprendido. Su mamá lo abrazó con ternura.
—Así es, cariño —dijo ella—. Y hay otra cosa muy importante: en este castillo no existen los 'secretos malos'. Si alguien te pide que guardes un secreto sobre algo que te hizo sentir incómodo, asustado o confundido, especialmente si tiene que ver con tu cuerpo, ese secreto debe ser contado de inmediato. Los secretos que duelen en la barriga no se guardan.
Lucas se sintió aliviado. Aprendió que existen adultos de confianza, como mamá, papá, los abuelos o la señorita Clara, que siempre están dispuestos a escuchar y ayudar. Son como los guardianes del reino que siempre creerán en lo que él diga.

Unos días después, en el parque, un niño más grande intentó obligar a Lucas a jugar a un juego que le hacía sentir incómodo, pidiéndole que se escondieran detrás de unos arbustos para mostrarse la ropa interior. En ese momento, Lucas sintió que su alarma interna empezaba a sonar. Su barriga se puso dura.
Recordó las palabras de la señorita Clara: 'Tu voz es tu escudo'.
—¡NO! —dijo Lucas con firmeza—. No quiero jugar a eso. Mi cuerpo es mío y eso es privado.
El niño mayor se quedó sorprendido y se alejó. Lucas no se quedó callado. Corrió rápidamente hacia donde estaba su mamá leyendo un libro en un banco.
—¡Mamá! —exclamó Lucas—. Mi alarma sonó. Un niño me pidió que hiciera algo que no me gustó.
Su mamá dejó el libro de inmediato y escuchó cada palabra de Lucas. Lo felicitó por ser tan valiente y por usar su voz. Juntos hablaron con los padres del otro niño para que todos supieran lo que había pasado. Lucas se sintió muy orgulloso. Su castillo estaba a salvo porque él sabía cómo protegerlo y sabía que no estaba solo.
Desde aquel día, Lucas camina con la cabeza alta. Sabe que su cuerpo es un tesoro maravilloso, que sus sentimientos son importantes y que pedir ayuda es lo más valiente que un rey puede hacer. Ahora, cada vez que se pone su bañador para ir a nadar, recuerda que él es el único dueño de su castillo mágico.
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