Escucha este cuento
Gratis · elige una vozHabía una vez, en un pueblo muy, muy lejano, un cementerio diferente a todos los demás. Este no era un lugar triste y silencioso, sino un lugar… ¡alegre! O al menos, eso intentaba. Lo que pasaba es que este cementerio tenía un guardián muy especial: el payaso Tito. Tito no era un payaso cualquiera. Tenía un corazón enorme, aunque a veces un poco… despistado. Llevaba un traje lleno de parches de colores, una nariz roja brillante y zapatos que hacían "¡plof!" cada vez que caminaba.
Una noche, una espesa neblina cubrió el cementerio. Era una neblina tan densa que parecía un algodón de azúcar gigante, pero… ¡tenía un olor un poco raro! Tito, que estaba sentado en un banco intentando hacer malabares con tres pelotas de goma (sin mucho éxito, la verdad), se levantó de un salto. "¡Vaya, vaya!" exclamó. "¡Parece que tenemos visita!"
Normalmente, a Tito no le importaba la neblina. Le gustaba jugar a las escondidas con ella, haciendo formas raras con sus manos y riendo a carcajadas. Pero esta neblina era diferente. Era fría y daba un poco de… ¡miedo! Tito sintió un escalofrío recorrer su espalda. Se ajustó su sombrero de payaso y se armó de valor. "¡No te tengo miedo, neblina!" gritó, aunque su voz sonó un poco temblorosa.
De repente, entre la neblina, Tito vio algo brillar. Era un objeto largo y afilado. ¡Un machete! Tito tragó saliva. ¿Qué hacía un machete en el cementerio? Normalmente, la gente venía a dejar flores y a recordar a sus seres queridos, no a… ¡a cortar cosas!
Con mucho cuidado, Tito se acercó al machete. Lo recogió y lo examinó. Era un machete viejo y oxidado, pero aún afilado. Tito nunca había visto un machete de cerca. Su trabajo era cuidar el cementerio, no cortar hierba alta (para eso ya tenía un cortacésped muy ruidoso).
Mientras Tito examinaba el machete, escuchó un ruido. Un ruido suave, como un susurro. "¿Hola?" preguntó Tito. El susurro se repitió, esta vez más fuerte. "¡Ayuda!" Tito se asustó. ¿Quién pedía ayuda en medio de la neblina y con un machete cerca?
Tito siguió el sonido del susurro hasta que llegó a una pequeña tumba. Era la tumba de un niño llamado Miguel. Tito se arrodilló y miró la lápida. Estaba llena de telarañas y polvo. "¿Eres tú, Miguel?" preguntó Tito.
De repente, la lápida se movió. ¡Se estaba abriendo! Tito dio un paso atrás, sorprendido. De la tumba salió… ¡un pequeño fantasma! Era un fantasma muy pequeño, casi transparente, y tenía una expresión muy triste. "¿Estás bien, Miguel?" preguntó Tito.
El fantasma de Miguel asintió con la cabeza. "Estoy bien, Tito," dijo. "Pero… estoy atrapado. La neblina me impide salir del cementerio." Tito entendió. La neblina era mágica. Era una neblina que atrapaba a los fantasmas.
"No te preocupes, Miguel," dijo Tito. "¡Te ayudaré!" Tito pensó por un momento. ¿Cómo podía ayudar a un fantasma atrapado por la neblina? Miró el machete en su mano. ¡Ya lo tenía!
Tito no iba a usar el machete para lastimar a nadie. Iba a usarlo para… ¡cortar la neblina! Sabía que sonaba un poco loco, pero tenía que intentarlo. Con cuidado, Tito levantó el machete y lo blandió hacia la neblina.
"¡Chas!" El machete cortó la neblina como si fuera mantequilla. Tito siguió cortando, abriendo un camino a través de la neblina. La neblina era espesa y pegajosa, pero Tito no se rindió. Cortó y cortó hasta que abrió un camino lo suficientemente grande para que Miguel pudiera pasar.
"¡Gracias, Tito!" dijo Miguel. "¡Eres el mejor payaso del mundo!" Miguel salió corriendo del cementerio, libre de la neblina. Tito lo vio alejarse, sintiendo una gran alegría en su corazón.
De repente, Tito sintió un dolor en su mano. Miró su mano y vio que tenía un pequeño corte. ¡Se había cortado con el machete! No era nada grave, solo un pequeño rasguño. Pero… ¡había sangre! Una gotita de sangre roja brillante.
Tito se puso un poco nervioso. Nunca le había gustado la sangre. Pero entonces, recordó algo que su abuela le había dicho: "La sangre es la vida, Tito. Es lo que te hace fuerte." Tito respiró hondo y se limpió la sangre. Se sintió un poco más fuerte, un poco más valiente.
La neblina empezó a disiparse. El sol comenzó a salir, pintando el cielo de colores brillantes. Tito sonrió. Había salvado a Miguel de la neblina y había aprendido una lección importante sobre la valentía.
Desde esa noche, Tito siguió cuidando el cementerio. Ya no le tenía miedo a la neblina, ni a los machetes, ni siquiera a la sangre. Sabía que, aunque a veces las cosas daban miedo, siempre podía encontrar una manera de ayudar a los demás. Y, sobre todo, sabía que siempre podía contar con su gran corazón de payaso. Y colorín colorado, este cuento del Cementerio Sonriente ha terminado.
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