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Había una vez una niña llamada Juliana. Vivía con su papá Félix y su mamá Viglia en un lugar muy bonito llamado Puno, donde el cielo es azul y el viento canta entre los cerros.
Un día, Juliana preguntó:
—Mamá, ¿cómo conociste a mi papá?
La mamá sonrió y le dijo:
—Te voy a contar, hijita. Fue en una fiesta en Chucuito, hace tiempo.
En esa fiesta todos bailaban y reían. Tu papá, Félix, llevaba su charango, un instrumento pequeñito hecho con el caparazón de un quirquincho. Su charango sonaba suave y bonito, como si el viento tocara una canción de amor.
Él me cantó un Q’ajelo, una canción muy dulce que decía así:
🎵
“Eres linda flor del campo,
florecita de la pampa,
si florecieras en las cumbres,
flamearías en la pampa…”
🎵
Mientras él cantaba, yo bailé. Y mientras yo bailaba, él sonreía. Así nos conocimos: bailando y cantando con el corazón.
Juliana escuchó muy atenta y le dijo a su mamá:
—Mamá, cántame el Q’ajelo que cantaba mi papá.
Entonces, la mamá empezó a cantar despacito, y Juliana bailó contenta, girando y sonriendo. Bailó, bailó, bailó… como si el viento también bailara con ella.
Al día siguiente, Juliana despertó con una idea brillante. Quería aprender a tocar el charango. Corrió a buscar a su papá.
—¡Papá, papá! ¡Quiero aprender a tocar el charango como tú!
Félix, sorprendido y feliz, abrazó a su hija.
—¡Claro que sí, mi Juliana! Te enseñaré con mucho gusto.
Y así, comenzaron las lecciones. Félix le mostró a Juliana cómo sostener el charango, cómo colocar los dedos en las cuerdas y cómo hacer sonar las primeras notas. Al principio, era difícil, las notas no siempre salían bien, pero Juliana no se rendía. Practicaba todos los días, con la paciencia y el cariño de su papá.
Viglia, mientras tanto, las observaba desde la ventana, sonriendo. Le encantaba ver a su hija y a su esposo compartir ese momento especial. Le recordaba a la fiesta en Chucuito, a la música, al baile y al amor que había nacido entre ellos.
Un día, después de muchas semanas de práctica, Juliana logró tocar una pequeña melodía. Era el Q’ajelo, la canción de amor que su papá le había cantado a su mamá. Félix y Viglia se emocionaron al escucharla.
—¡Bravo, Juliana! ¡Lo has hecho muy bien!—exclamó Félix, orgulloso.
—¡Qué bonito suena, hijita!—dijo Viglia, con lágrimas en los ojos.
Juliana, feliz, siguió tocando. El charango sonaba cada vez mejor, llenando la casa de alegría. Decidieron que debían celebrar. Organizaron una pequeña fiesta en el jardín. Invitaron a sus vecinos y amigos. Félix tocó su charango, Viglia cantó y Juliana, con su pequeño charango, los acompañó.
Todos bailaron y rieron, como en la fiesta de Chucuito. El viento cantaba entre los cerros, la música llenaba el aire y los corazones de todos se llenaban de amor. Juliana se dio cuenta de que la música era un lenguaje universal, un lenguaje que unía a las personas y que transmitía emociones.
A partir de ese día, Juliana y Félix tocaron el charango juntos todos los días. Crearon nuevas canciones, melodías alegres y tristes, canciones de amor y de esperanza. Su música se escuchaba en todo Puno, llevando alegría a todos los que la escuchaban.
Un día, una anciana se acercó a Juliana después de escucharla tocar. Le dijo:
—Tu música es hermosa, niña. Me recuerda a mi juventud, a los tiempos en que bailaba y cantaba con mi esposo.
Juliana sonrió. Se dio cuenta de que su música tenía el poder de transportar a las personas a otros tiempos y lugares, de despertar recuerdos y emociones.
Continuó tocando el charango durante muchos años. Se convirtió en una gran música, famosa en todo el Perú. Pero nunca olvidó sus raíces, ni la canción de amor que su papá le había cantado a su mamá. Siempre recordaba la fiesta en Chucuito, el viento que cantaba entre los cerros y el charango mágico de su papá Félix.
Y así, la historia de Juliana, Félix y Viglia, la historia del charango mágico y la canción de amor, se transmitió de generación en generación, recordándoles a todos que la música es el lenguaje del corazón.
Un día, Juliana, ya anciana, le enseñó a su nieta a tocar el charango. Le cantó el Q’ajelo y le contó la historia de sus padres. La nieta escuchó atentamente, con los ojos brillantes de emoción. Sabía que la historia del charango mágico y la canción de amor viviría para siempre en su corazón, transmitiéndose de generación en generación, como el viento que canta entre los cerros de Puno.
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