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En la bulliciosa Escuela Secundaria Libertad, ubicada en el corazón de Villa Esperanza, el ambiente estaba cargado de una energía inusual. Los alumnos de primer grado no hablaban de videojuegos ni de música, sino de un desafío que cambiaría su percepción del mundo: el proyecto Yo también hago leyes. Entre ellos se encontraba Mateo, un joven curioso pero algo escéptico, quien solía pensar que las leyes eran simplemente reglas aburridas impuestas por adultos lejanos que no comprendían la realidad de los jóvenes. Su profesora de Formación Cívica y Ética, la señorita Elena, entró al salón con una caja de madera antigua y una sonrisa enigmática. Hoy no vamos a leer un libro, anunció, hoy vamos a construir el cimiento de nuestra convivencia.
El proyecto consistía en que los estudiantes identificaran un problema real en su comunidad escolar y redactaran una propuesta de ley o reglamento que pudiera solucionarlo, siguiendo los procesos democráticos reales. Mateo se unió a Valeria, una chica apasionada por el medio ambiente, y a Julián, un experto en tecnología y deportes. Juntos, observaron su entorno. Notaron que el parque contiguo a la escuela, el único espacio donde podían convivir después de clases, estaba deteriorado por el vandalismo y la basura. Las reglas existentes eran ignoradas porque nadie sentía que les pertenecieran. Si queremos que se cumplan las leyes, la gente debe sentir que esas leyes protegen algo que valoran, propuso Valeria.
Así comenzó la travesía de los Centinelas de la Convivencia. El equipo investigó la Constitución, aprendió sobre la jerarquía de las normas y descubrió que las leyes no son castigos, sino acuerdos sociales para garantizar la justicia y la libertad. Durante semanas, entrevistaron a vecinos, maestros y otros alumnos. Redactaron un borrador que llamaron Ley de Espacios Libres y Seguros. En ella, no solo se establecían prohibiciones, sino incentivos para quienes cuidaran el parque y mecanismos de participación ciudadana para su mantenimiento. Mateo se encargó de la parte más difícil: convencer a sus compañeros de que cumplir la ley no era ser aburrido, sino ser dueños de su propio destino.
El día de la gran asamblea llegó. El auditorio estaba lleno. Representantes de cada grupo presentaron sus propuestas ante un jurado compuesto por autoridades locales y padres de familia. Cuando fue el turno de Mateo y su equipo, los nervios eran evidentes. Mateo subió al estrado y miró a sus compañeros. ¿Alguna vez han sentido que su voz no cuenta? ¿Que las reglas son solo muros?, preguntó. Nosotros aprendimos que una ley sin participación es solo papel. Pero una ley creada por nosotros mismos es una promesa de respeto mutuo. Presentaron su proyecto con gráficos, testimonios y una pasión que conmovió a los presentes. Explicaron que cumplir la ley es el acto más alto de libertad, porque al respetar el derecho ajeno, garantizamos el propio.
La propuesta de Mateo, Valeria y Julián fue seleccionada para ser presentada ante el Cabildo Juvenil del municipio. Sin embargo, el desafío apenas comenzaba. Una ley aprobada no sirve de nada si no se vive. Al salir del auditorio, vieron a un grupo de chicos de tercer grado rayando una de las bancas del parque. En otro tiempo, Mateo habría ignorado la situación o incluso se habría reído. Pero ahora, sentía la responsabilidad en sus hombros. Se acercó con calma y les habló sobre el proyecto. Esta banca no es del gobierno, es nuestra. Si la destruimos, nos quitamos a nosotros mismos un lugar para estar. Para su sorpresa, los chicos se detuvieron. La autoridad no venía de un grito, sino del sentido de pertenencia.
El proyecto Yo también hago leyes transformó a la Secundaria Libertad. El parque comenzó a florecer, no solo con plantas, sino con actividades culturales organizadas por los mismos estudiantes. Los alumnos entendieron que la Formación Cívica y Ética no era una materia de memorizar conceptos, sino una guía para la acción. Mateo descubrió que la democracia no ocurre solo en las urnas cada cierto tiempo, sino en el respeto diario a las normas de tránsito, en el cuidado del agua y en la defensa de la justicia en el salón de clases. Las leyes dejaron de ser cadenas para convertirse en los rieles que permitían que el tren de su comunidad avanzara sin descarrilarse.
Al final del ciclo escolar, la señorita Elena volvió a traer la caja de madera. Esta vez, pidió a cada alumno que escribiera un compromiso personal con la legalidad. Mateo escribió: Prometo ser el guardián de las reglas que nos hacen libres. Al salir de la escuela, miró el parque limpio y lleno de vida. Comprendió que el verdadero éxito no fue ganar el concurso, sino haber sembrado en el corazón de todos la idea de que la ley es el lenguaje de la paz. Villa Esperanza ya no era solo el nombre de su pueblo, era una realidad palpable construida por jóvenes que aprendieron que participar es el primer paso para transformar el mundo.
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