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Gratis · elige una vozMateo era un niño que soñaba con estrellas. No soñaba con tenerlas en la mano, ¡soñaba con volar hacia ellas! Desde que vio un documental sobre astronautas en la televisión, supo que su destino era el espacio. Todos los días, después de la escuela, en lugar de jugar videojuegos como sus amigos, Mateo se dedicaba a estudiar todo lo que podía sobre cohetes, planetas y constelaciones.
Su habitación era un pequeño universo. Mapas estelares cubrían las paredes, modelos de cohetes colgaban del techo y libros sobre astronomía se apilaban en su escritorio. Incluso tenía un telescopio casero, hecho con tubos de cartón y lentes viejas, con el que exploraba el cielo nocturno desde la ventana de su habitación.
Pero ser astronauta no era solo saber sobre el espacio. También requería ser fuerte y ágil. Mateo no era el niño más atlético de la escuela. Le costaba correr rápido y no siempre era el mejor en los deportes. Sin embargo, estaba decidido a cambiar eso. Todos los días, antes de empezar a estudiar, salía al parque a correr. Al principio, solo podía dar una vuelta, pero poco a poco, fue aumentando la distancia. También aprendió a hacer flexiones y abdominales, inspirándose en los entrenamientos que veía en los documentales de astronautas.
Un día, en la escuela, anunciaron un concurso de ciencias. El premio era una visita al centro espacial local y la oportunidad de conocer a un astronauta de verdad. Mateo no lo dudó ni un segundo: ¡tenía que participar! La tarea consistía en diseñar y construir un modelo de cohete que pudiera volar al menos diez metros.
Mateo se puso manos a la obra. Pasó semanas investigando diferentes diseños de cohetes, probando materiales y calculando la cantidad de combustible necesaria. Cometió muchos errores. Algunos cohetes explotaban en la plataforma de lanzamiento, otros se desviaban y caían al suelo antes de llegar a los diez metros. Pero Mateo no se rendía. Cada error era una lección, una oportunidad para mejorar.
Sus amigos, al principio, se burlaban un poco de él. Le decían que estaba loco, que era imposible para un niño construir un cohete que volara de verdad. Pero Mateo no les hacía caso. Estaba demasiado concentrado en su proyecto y en su sueño de ser astronauta.
Finalmente, después de muchas semanas de trabajo duro, Mateo terminó su cohete. Era un modelo elegante y aerodinámico, hecho de cartón resistente, botellas de plástico recicladas y propulsado por una mezcla de vinagre y bicarbonato de sodio. Lo llamó "Estrella Fugaz".
El día del concurso llegó. Todos los estudiantes estaban nerviosos, mostrando sus proyectos. Había cohetes de todos los tamaños y formas, algunos muy elaborados y otros más sencillos. Cuando llegó el turno de Mateo, sintió un nudo en el estómago. Respiró hondo, colocó "Estrella Fugaz" en la plataforma de lanzamiento y encendió el sistema de propulsión.
Para sorpresa de todos, el cohete de Mateo despegó con fuerza, elevándose hacia el cielo. Voló recto y estable, superando fácilmente los diez metros. ¡Incluso llegó a los quince! La multitud estalló en aplausos y vítores. Mateo no podía creer lo que veía. Su cohete, su sueño, ¡estaba volando!
Mateo ganó el concurso. Recibió su premio con orgullo y emoción. La visita al centro espacial fue aún más increíble de lo que había imaginado. Pudo ver de cerca cohetes reales, hablar con ingenieros espaciales y, lo más importante, conocer a un astronauta. El astronauta le contó historias fascinantes sobre sus viajes al espacio y le dio algunos consejos sobre cómo convertirse en astronauta.
"Lo más importante", le dijo el astronauta, "es nunca rendirte. El camino hacia el espacio es largo y difícil, pero si tienes un sueño y te esfuerzas por alcanzarlo, puedes lograr cualquier cosa".
Mateo nunca olvidó esas palabras. Siguió estudiando, entrenando y soñando con las estrellas. Sabía que el camino sería largo y que habría muchos obstáculos que superar, pero estaba dispuesto a esforzarse al máximo para alcanzar su sueño. Porque Mateo era un niño que soñaba con estrellas, y estaba decidido a volar hacia ellas.
Muchos años después, Mateo, vestido con un traje espacial, miraba a la Tierra desde la ventana de una nave espacial. Había logrado su sueño. Era un astronauta. Y mientras flotaba en la ingravidez del espacio, recordó aquel pequeño cohete de cartón que había construido cuando era niño. "Estrella Fugaz", pensó, "me trajiste hasta aquí". Y sonrió, sabiendo que el esfuerzo y la perseverancia siempre valen la pena.
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