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Había una niña llamada Luz, que vivía en un pequeño pueblo lleno de flores de todos los colores imaginables. A Luz le encantaba hablar con Dios cada mañana, antes de que el sol terminara de desperezarse, y agradecerle por el nuevo día. Se sentaba en el alféizar de su ventana, con las mejillas rosadas por el aire fresco, y le contaba a Dios sobre sus sueños y esperanzas.
Un día, mientras jugaba a las escondidas con sus amigos en el parque, Luz sintió una alegría tan grande que parecía que su corazón iba a explotar de felicidad. Saltaba, reía y daba volteretas en el césped, con el pelo suelto ondeando al viento. "¡Gracias, Dios, por este día tan bonito!", gritaba, con la voz llena de entusiasmo. Los pájaros parecían responderle con sus cantos alegres.
Pero de repente, su amigo Tomás, que corría a toda velocidad para encontrar el mejor escondite, tropezó con una raíz de árbol y se cayó, raspándose la rodilla. El grito de dolor de Tomás interrumpió la alegría de Luz, y de inmediato sintió una profunda tristeza. La sonrisa desapareció de su rostro, y sus ojos se llenaron de preocupación.
Se arrodilló al lado de Tomás y suavemente le tomó la mano. "Dios, ayúdanos a sanar su rodilla, por favor", oró Luz, con la voz temblorosa. Cerró los ojos y visualizó una luz cálida que envolvía la rodilla de su amigo, aliviando el dolor y curando la herida. Sus amigos se unieron a ella en oración, creando un círculo de esperanza y cariño alrededor de Tomás.
Más tarde, mientras Luz regresaba a casa, una fuerte tormenta oscureció el cielo. Las nubes grises se arremolinaban amenazantes, y el viento soplaba con fuerza, sacudiendo los árboles y levantando hojas secas. Luz sintió miedo, un miedo que le helaba los huesos y le hacía temblar. Corrió a refugiarse en su casa y se escondió bajo su manta favorita, esperando que la tormenta pasara pronto.
En medio del estruendo de los truenos y el resplandor de los relámpagos, Luz recordó un versículo que su mamá le había enseñado muchas veces: "Cuando tengo miedo, confío en Ti." (Salmo 56:3). Respiró hondo, cerró los ojos y repitió el versículo una y otra vez, hasta que la calma comenzó a regresar a su corazón. Sabía que Dios estaba con ella, protegiéndola del peligro.
Cuando la tormenta finalmente paró, el sol salió otra vez, pintando el cielo de colores brillantes y devolviendo la alegría al mundo. Pero cuando Luz salió a jugar, vio que otro niño, jugando sin querer con una pelota, había roto su dibujo favorito. Un dibujo que había hecho con mucho cariño, donde representaba a su familia y a su perro jugando en el parque. Luz sintió enojo, un enojo caliente que le subía por el cuello y le enrojecía las mejillas.
Apretó los puños, cerró los ojos, respiró hondo y dijo: "Jesús, ayúdame a perdonar, como Tú lo haces." Recordó que Jesús siempre perdonaba a los que le hacían daño, y que ella también debía aprender a perdonar. Se acercó al niño que había roto su dibujo y, con una sonrisa, le dijo que no se preocupara, que ella podía hacer otro.
Después de perdonar, vio un hermoso arcoíris en el cielo, un arcoíris brillante y colorido que se extendía de un extremo al otro del horizonte. Luz sintió sorpresa, una sorpresa maravillosa que le llenaba el corazón de asombro. "¡Qué hermoso regalo de Dios!", gritó riendo, señalando el arcoíris con el dedo. Todos los niños del parque se detuvieron a admirar la belleza del arcoíris, sintiéndose agradecidos por el regalo de la naturaleza.
Esa tarde, cuando Luz fue a visitar a su abuela, ella la recibió con un abrazo muy fuerte, un abrazo cálido y reconfortante que le hacía sentir segura y amada. Luz sintió amor, el más bonito de todos los sentimientos, un amor puro e incondicional que le llenaba el alma de alegría.
"El amor viene de Dios", dijo su abuela, con una sonrisa dulce. "Él es la fuente de todo amor verdadero." Luz asintió con la cabeza, sintiendo el amor de Dios en cada célula de su cuerpo.
Antes de dormir, Luz se acostó en su cama y pensó en todas las emociones que había sentido durante el día: alegría, tristeza, miedo, enojo, sorpresa y amor. Cada emoción era como un color diferente en el arcoíris de su corazón.
"Gracias, Dios", susurró Luz, mirando las estrellas que brillaban en el cielo nocturno, "por darme un corazón que siente y aprende cada día." Sabía que Dios siempre estaría con ella, guiándola y protegiéndola en cada paso del camino.
Y mientras dormía, una suave luz brilló en su cuarto, una luz cálida y reconfortante como un abrazo. Era como si Dios le dijera: "Yo estoy contigo siempre, Luz, en todas tus emociones. No tengas miedo de sentir, porque yo te amo incondicionalmente."
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