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Yo soy Manuel. Bueno, era Manuel. Ahora, a veces, me siento como una sombra de lo que fui. Nací en Cusco, entre las montañas que hablan en *runasimi*, en quechua, pero mi corazón siempre latió al ritmo del mar. Vine a Lima buscando una vida mejor, una vida donde el sudor de mi frente se convirtiera en el pan de mis hijos. Era pescador, un oficio noble, un baile con las olas y los peces. Mis manos, curtidas por el sol y la sal, conocían cada rincón de la costa, cada corriente, cada secreto que el océano guardaba.
Pobre de mí – yo – ¿qué me pasará? Me pregunto ahora, viendo las fotos viejas. En ellas, mi sonrisa es ancha, mis ojos brillan con la esperanza del amanecer. Recuerdo el olor a salitre, el grito de las gaviotas, el balanceo de mi bote, “La Esperanza”. Todo eso… antes del oro negro.
Un día, el mar lloró. No con las olas furiosas de una tormenta, sino con un llanto silencioso, pegajoso, oscuro. El petróleo, escapado de las entrañas de un monstruo llamado Repsol, cubrió la costa. El mar, mi mar, se tiñó de muerte. Los peces, mis hermanos, flotaban inertes, cubiertos de una sustancia que olía a enfermedad. Las aves, compañeras de faena, intentaban limpiarse las plumas, en vano. Sus graznidos se convirtieron en lamentos.
Vi mi reflejo en el agua contaminada y vi el rostro de la desesperación. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo alimentaría a mi familia? El mar, que siempre me había dado sustento, ahora solo me ofrecía veneno. *¡Ay, Pachamama!*, exclame, sintiendo la tierra madre temblar bajo mis pies, como si también sufriera el dolor del mar.
Recuerdo las reuniones con los otros pescadores. Éramos un ejército de almas heridas, buscando justicia, buscando una solución. El CEO de Repsol, un hombre trajeado y con una sonrisa falsa, nos prometía compensaciones, nos hablaba de “incidentes desafortunados”. Sus palabras eran como el petróleo: resbaladizas, engañosas, llenas de promesas vacías. Intentaba comprar nuestro silencio, dividirnos, hacernos creer que el daño era irreparable.
“Les daremos un poco de dinero”, decía. “Les construiremos casas nuevas”. Pero, ¿de qué servían las casas si no teníamos el mar? ¿De qué servía el dinero si no podíamos pescar? Nosotros no queríamos limosnas, queríamos nuestro mar de vuelta, queríamos que Repsol asumiera su responsabilidad, que limpiara el desastre que había provocado. *¡Ama sua, ama llulla, ama quella!* No robar, no mentir, no ser ocioso. Esos eran los principios que nos habían enseñado nuestros abuelos, principios que Repsol parecía haber olvidado.
El tiempo pasaba y el petróleo seguía ahí, como una cicatriz en el corazón del mar. Muchos pescadores se rindieron, buscaron otros trabajos, se fueron a la ciudad. Yo me negué a abandonar “La Esperanza”, me negué a dejar que el oro negro me robara mi vida. Junto con otros compañeros, organizamos protestas, hablamos con la prensa, denunciamos la inacción de Repsol. Luchamos con uñas y dientes, como los cangrejos que intentaban sobrevivir en la arena contaminada.
Un día, una luz de esperanza brilló en la oscuridad. Un grupo de científicos, con la ayuda de voluntarios y de nosotros, los pescadores, comenzó a limpiar la costa. Usaron técnicas innovadoras, absorbentes naturales, microorganismos que se alimentaban del petróleo. Fue un trabajo duro, lento, pero poco a poco, el mar comenzó a respirar de nuevo.
Recuerdo el día en que vi el primer pez nadando en aguas limpias. Fue como un milagro. Las aves volvieron a cantar, las olas volvieron a susurrar historias de vida. El mar, mi mar, estaba sanando. Aún quedaba mucho por hacer, pero habíamos ganado una batalla importante.
Repsol, presionada por la justicia y por la opinión pública, tuvo que asumir su responsabilidad. Invirtieron en la limpieza, indemnizaron a los pescadores, implementaron medidas para evitar futuros desastres. No fue suficiente para borrar el daño causado, pero fue un paso en la dirección correcta.
Y ahora, Manuel, el viejo pescador, mira al mar con una mezcla de tristeza y esperanza. La cicatriz del petróleo aún es visible, pero también lo es la fuerza de la naturaleza, la capacidad de recuperación del océano, la tenacidad de un pueblo que se negó a rendirse. Sé que el mar nunca volverá a ser el mismo, pero también sé que podemos aprender de nuestros errores, que podemos proteger nuestro planeta, que podemos construir un futuro donde el oro negro no destruya la belleza de la vida.
Pobre de ti, Manuel del pasado, te digo ahora. Pero también te digo: No te rindas. La lucha vale la pena. El mar siempre estará contigo, *yanantin*, tu complemento, tu otra mitad. Y juntos, lo protegerán.
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