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Había una vez, en un rincón tranquilo de la ciudad, una casita que no era como las demás. Sus paredes no eran grises ni aburridas; estaban pintadas de un amarillo tan brillante que parecía que el sol se había quedado a dormir allí. Se llamaba «El Jardín de los Abrazos», y era un lugar donde la magia ocurría cada mañana. En sus muros, las mariposas pintadas parecían mover las alas cuando soplaba el viento, y los soles dibujados siempre tenían una sonrisa para quien pasara por delante.
Dentro de la casita, el ambiente era puro silencio, pero un silencio lleno de expectación. Los juguetes, ordenados con mimo en los estantes de madera clara, esperaban con impaciencia. Ese día no era un día cualquiera. Por toda la sala principal, las sillitas de madera habían sido adornadas con serpentinas de papel de seda que colgaban como lianas de colores. El Jardín cumplía un año más de vida, y los objetos que vivían en él lo sabían muy bien.
—¡Despierten, todos! —susurró el oso de peluche, sacudiendo sus orejas de terciopelo—. ¡Hoy es el gran día!
El tambor rojo, que descansaba en el rincón de la música, dio tres toques suaves: ¡pom, pom, pom! Era su forma de decir «estoy listo». Los lápices de colores, dentro de su vaso de vidrio, empezaron a saltar y a bailar, trazando líneas invisibles en el aire. Incluso los bloques de construcción parecían brillar con una intensidad especial. Todos estaban felices porque sabían que pronto la casa se llenaría de la mejor música del mundo: las risas de los niños.
Muy temprano, justo cuando el primer rayo de sol acarició el picaporte, la puerta se abrió de par en par. Un grupo de niños y niñas de tres años entró con paso saltarín. Llevaban sus mochilas pequeñas a la espalda, decoradas con dinosaurios y flores, y sus ojos estaban muy abiertos, llenos de esa emoción que solo tienen los que están descubriendo el mundo.
—¡Hola, jardín! —gritó Lío, un niño de rizos oscuros, dando un salto tan alto que casi pierde sus zapatos.

Sofía, que siempre llevaba una trenza perfecta, se acercó a la pared y extendió un papel arrugado.
—¡Te traje un dibujo, jardín! Es para tu cumpleaños —dijo con una sonrisa tan grande que iluminó la habitación.
En ese momento, algo maravilloso sucedió. Aunque los adultos no podían verlo, las paredes de la casita vibraron suavemente. El Jardín de los Abrazos se sintió llenito de calor, como cuando alguien te tapa con una manta suave en una noche de invierno. Cada risa que escapaba de los labios de los niños era como una chispa de luz dorada que se pegaba a los ladrillos. Cada abrazo que los pequeños se daban entre ellos, o que le daban a su maestra, era un regalo que el edificio guardaba en su corazón secreto.
La maestra, con una voz dulce que sonaba a canción, llamó a todos a sentarse en círculo. En el centro, sobre una mesa bajita, había colocado un pastel muy especial. No era de chocolate ni de nata, sino un pastel de mentira hecho con los bloques de madera más brillantes del jardín. En lo alto, una vela de verdad brillaba con una llama pequeña y juguetona.
—A la de tres, vamos a pedir un deseo para nuestro jardín y soplaremos con todas nuestras fuerzas —dijo la maestra.
Los niños cerraron los ojos muy fuerte, apretando los puños de la emoción. Lío deseó tener siempre cuentos que leer, y Sofía deseó que los colores nunca se acabaran.

—¡Uno, dos y tres! —contaron al unísono.
—¡Fuuuu! —soplaron todos a la vez.
La vela se apagó, pero en su lugar surgió una lluvia de confeti invisible que solo los juguetes y el propio jardín podían sentir. El aire se llenó de un aroma a tiza fresca y a flores de primavera. Las ventanas se abrieron de par en par, dejando entrar una brisa traviesa que hizo bailar las serpentinas. El jardín respondió con un sonido suave, como una música de aplausos lejanos producida por el crujir de su madera y el tintineo de sus cristales.
Durante todo el día, jugaron a las escondidas, cantaron canciones sobre barcos piratas y pintaron murales gigantes donde las manos de los niños eran las flores. El jardín observaba todo, guardando cada momento, cada palabra nueva aprendida y cada gesto de cariño.
Al final de la tarde, cuando el sol empezó a bajar y los padres llegaron para recoger a los pequeños, la casita se quedó de nuevo en silencio. Pero ya no era el mismo silencio de la mañana. Ahora era un silencio satisfecho, un silencio que rumiaba felicidad.
Desde ese día, y todos los que siguieron, el jardín guarda cada risa en su corazón de ladrillo y color. Sabe que su misión es la más importante de todas: ser el refugio donde los sueños empiezan a volar. Porque crecer allí no es solo hacerse más alto, es una aventura hermosa donde cada rincón cuenta una historia de amor.
Y colorín colorado, este cuento del jardín festejado, en el alma de los niños se ha quedado.
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