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Gratis · elige una vozMateo era un niño… digamos… especial. No era malo, pero vivía en un mundo donde las cosas buenas simplemente *aparecían*. Desayuno caliente, ropa limpia, juguetes nuevos… Todo gracias a sus padres, especialmente a su mamá, Elena. Pero Mateo nunca decía "gracias". En realidad, solía refunfuñar si el desayuno no era *exactamente* como él quería, o si su camiseta favorita no estaba lista.
"¡Mamá! ¡Esta tostada está quemada!" gritaba a menudo, ignorando el esfuerzo que Elena ponía en prepararle cada mañana un buen desayuno. "¡Quiero mi camiseta de superhéroe, no esta!" se quejaba, dejando la ropa limpia arrugada en el suelo. Elena, con paciencia infinita, suspiraba y volvía a empezar. Amaba a Mateo con todo su corazón, y creía que algún día entendería.
Un día, Elena empezó a sentirse mal. Al principio, solo era un poco de cansancio, pero luego la tos se hizo más fuerte y la fiebre no bajaba. Mateo, absorto en sus videojuegos, apenas lo notó. "¡Mamá, necesito un jugo!" gritaba desde su habitación, sin importarle que Elena estuviera en la cama, tosiendo sin parar.
Finalmente, el papá de Mateo, Javier, tuvo que llevar a Elena al hospital. Mateo, al principio, pensó que era una broma. "¡Ja, ja, qué gracioso, papá! ¡Ya llévame a casa! ¡Quiero jugar!" decía, pateando el asiento del coche. Javier, con la cara seria, le explicó que mamá estaba muy enferma y necesitaba ayuda.
En el hospital, todo era blanco y ruidoso. Mateo odiaba el olor a medicina. Vio a Elena conectada a máquinas, con un tubo en la nariz. Todavía pensaba que era una pesadilla, que en cualquier momento Elena se levantaría y le diría: "¡Te engañé!" Pero no fue así.
Los días se convirtieron en semanas. Javier iba y venía del hospital, cada vez con el rostro más cansado. Mateo pasaba la mayor parte del tiempo jugando videojuegos, casi sin preguntar por su mamá. Un día, Javier lo sentó en el sofá. "Mateo," dijo con voz temblorosa, "mamá… mamá se fue."
Mateo no entendió al principio. "¿Se fue a casa? ¿Cuándo vuelve?" preguntó, esperando ver a Elena aparecer por la puerta con una sonrisa. Pero Javier lo abrazó con fuerza, y Mateo sintió sus lágrimas en su pelo. Entonces lo entendió. Mamá se había ido… para siempre.
El funeral fue borroso. Mateo vio a mucha gente vestida de negro, llorando. No entendía por qué lloraban. ¿No se daban cuenta de que todo era una broma pesada? Pero cuando vio el ataúd, pequeño y blanco, lleno de flores, la realidad lo golpeó como un rayo. Su mamá… su mamá ya no estaba.
Los primeros días sin Elena fueron terribles. La casa se sentía vacía y silenciosa. Javier intentaba cocinar, pero la comida nunca sabía igual que la de Elena. Mateo buscaba a su mamá en todas partes, llamándola en voz baja, esperando escuchar su voz. Pero solo encontraba silencio.
Una noche, Mateo encontró una caja vieja en el armario de Elena. La abrió con cuidado y encontró fotos, cartas y pequeños recuerdos. Había una foto de Mateo de bebé, con Elena abrazándolo y sonriendo. Había una carta que Mateo le había escrito para el Día de la Madre cuando tenía cinco años, llena de faltas de ortografía y corazones torcidos. Y había una pequeña piedra que Mateo le había regalado a Elena un día en el parque.
Al ver esas cosas, Mateo empezó a llorar. Lloró por Elena, por su sonrisa, por su paciencia, por su amor incondicional. Lloró por todas las veces que no le había dicho "gracias", por todas las veces que se había quejado, por todas las veces que no había apreciado lo que tenía.
Esa noche, Mateo tuvo un sueño. Soñó con Elena, sonriendo y abrazándolo. "Te quiero, Mateo," le dijo en el sueño. "Y siempre estaré contigo, en tu corazón."
Cuando Mateo se despertó, se sintió diferente. La tristeza seguía ahí, pero ya no era tan pesada. Había entendido algo importante: nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Había perdido a su mamá, y con ella, había perdido la oportunidad de decirle cuánto la amaba y cuánto la apreciaba.
Mateo decidió cambiar. Empezó a ayudar a Javier con las tareas de la casa, a cocinar, a poner la mesa. Empezó a ser más amable y considerado con los demás. Empezó a apreciar las pequeñas cosas de la vida: el sol de la mañana, el canto de los pájaros, el abrazo de su papá.
Sabía que nunca podría recuperar a su mamá, pero podía honrar su memoria siendo una mejor persona. Podía ser agradecido, amable y amoroso, como Elena siempre había sido. Y aunque el dolor de su pérdida siempre estaría ahí, en su corazón, también estaría el recuerdo de su amor, un amor que lo acompañaría para siempre. Mateo había aprendido, de la manera más dura, el valor del agradecimiento. Y nunca, nunca más, lo olvidaría.
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