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Samuel, con sus quince años y una Biblia en la mano, sentía un cosquilleo en el estómago. Hoy era el día de evangelismo casa a casa con su grupo de jóvenes de la iglesia. Él, siendo el más joven del grupo, se sentía un poco nervioso, pero también muy emocionado por compartir las historias de Jesús.
El sol brillaba con fuerza mientras caminaba por las calles del barrio. Cada casa era una nueva oportunidad, un nuevo corazón al que llegar. Algunos abrían la puerta con una sonrisa, otros con cara de pocos amigos, y otros simplemente no abrían.
Finalmente, llegó a una casa que parecía un poco diferente a las demás. Era una casa antigua, con un jardín descuidado y las ventanas cubiertas con cortinas gruesas. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero Samuel respiró hondo y tocó el timbre.
Para su sorpresa, la puerta se abrió casi de inmediato. Una señora mayor, con el cabello blanco recogido en un moño y una mirada amable, lo invitó a entrar. "¡Oh, joven! Qué alegría que hayas venido. Estaba esperando a alguien como tú", dijo la señora con una voz suave y un poco temblorosa.
Samuel sintió un poco de alivio. Quizás esta no sería tan difícil como pensaba. Entró a la casa y se encontró en una sala llena de libros y objetos extraños. Había velas encendidas por todas partes y un olor a hierbas que le hizo cosquillas en la nariz.
La señora, que se presentó como Doña Elena, lo invitó a sentarse. Le ofreció un vaso de limonada y le preguntó sobre su propósito. Samuel, con un poco de timidez, comenzó a hablarle de Jesús y del amor de Dios.
Doña Elena escuchaba atentamente, asintiendo con la cabeza de vez en cuando. Parecía genuinamente interesada, pero Samuel no podía evitar sentirse un poco incómodo. La casa era extraña y Doña Elena tenía una mirada un poco enigmática.
Mientras hablaba, Samuel recordó lo que sus padres y su pastor le habían enseñado sobre la importancia de ser prudente al hablar con extraños. Le habían advertido sobre personas que podrían tener malas intenciones, incluso disfrazadas de amabilidad. Le habían dicho que siempre debía confiar en su intuición y que nunca debía sentirse obligado a hacer algo que no le pareciera correcto.
Samuel se dio cuenta de que no había avisado a nadie dónde iba a estar. Su grupo de jóvenes sabía que iba a predicar por el barrio, pero no sabían a qué casa en específico. Si algo salía mal, nadie sabría dónde buscarlo.
Con una sonrisa amable, Samuel le dijo a Doña Elena: "Doña Elena, muchas gracias por escucharme. Me ha encantado compartir estas historias con usted. Pero ahora debo irme, ya que tengo que reunirme con mis amigos".
Doña Elena pareció un poco decepcionada, pero asintió con la cabeza. "Entiendo, joven. Pero antes de que te vayas, ¿podrías ayudarme con algo? Necesito subir unas cajas pesadas al ático y no tengo fuerzas para hacerlo sola".
Samuel dudó por un momento. Ayudar a Doña Elena era lo correcto, pero algo en su interior le decía que no lo hiciera. Recordó las palabras de su pastor: "La prudencia es una virtud".
"Lo siento mucho, Doña Elena", dijo Samuel con firmeza. "Pero no puedo quedarme más tiempo. Debo irme ahora mismo". Se levantó de la silla y se dirigió a la puerta.
Doña Elena no insistió. Le dio la mano y le dijo: "Que Dios te bendiga, joven. Vuelve pronto".
Samuel salió de la casa sintiendo un gran alivio. Caminó rápidamente hasta encontrar a su grupo de jóvenes y les contó lo que había sucedido. Su líder, un joven llamado David, le felicitó por haber sido prudente y le recordó la importancia de la seguridad.
"Samuel", le dijo David, "es importante compartir el evangelio, pero también es importante ser inteligente y protegerte a ti mismo. Nunca te pongas en una situación de peligro y siempre avisa a alguien dónde vas a estar".
Samuel aprendió una valiosa lección ese día. Aprendió que compartir el evangelio es importante, pero que la prudencia y la seguridad son aún más importantes. Y aunque nunca supo qué había en el ático de Doña Elena, se sintió agradecido de haber escuchado a su intuición y de haber tomado la decisión correcta. A partir de ese día, Samuel continuó predicando el evangelio con valentía, pero siempre con un corazón valiente y una mente precavida.
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