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Gratis · elegí una vozSofía vivía en un pueblo rodeado de montañas altas, tan altas que parecían tocar el cielo. Mateo, en cambio, vivía a la orilla del mar, donde las olas cantaban canciones todo el día. Eran mejores amigos, inseparables hasta que el trabajo del papá de Mateo los obligó a mudarse. Al principio, hablaban por teléfono todos los días. Se contaban sobre sus nuevas escuelas, sus nuevos amigos, y las cosas extrañas que encontraban en sus nuevos hogares: una ardilla con una cola increíblemente esponjosa para Sofía, y una concha marina que parecía un caracol dormido para Mateo.
Pero poco a poco, las llamadas se hicieron menos frecuentes. Sofía estaba ocupada aprendiendo a patinar en el parque nuevo. Mateo estaba fascinado con las clases de surf. La diferencia de horario hacía que fuera difícil encontrar un momento que les sirviera a los dos. A veces, cuando Sofía llamaba, Mateo estaba en medio de una lección de surf y no podía contestar. Otras veces, Mateo llamaba cuando Sofía ya estaba durmiendo, cansada de un día jugando con sus nuevos amigos.
Sofía empezó a sentirse sola. Extrañaba las risas compartidas, los secretos susurrados al oído, las carreras en bicicleta por el parque. Sabía que Mateo también debía estar sintiendo su falta, pero no sabía cómo volver a conectar. Una noche, mirando las estrellas, tuvo una idea brillante. Recordó que su abuela le había contado que las estrellas son como mensajeros que viajan por todo el universo.
Al día siguiente, Sofía fue a la biblioteca del pueblo. Buscó libros sobre constelaciones, sobre cómo las estrellas se conectan entre sí, formando figuras en el cielo. Aprendió que algunas estrellas son más brillantes que otras, y que cada una tiene su propia historia. Luego, fue a la tienda de manualidades y compró papel de colores, pegamento, purpurina y un montón de estrellas pequeñas de plástico.
Esa noche, Sofía escribió una carta a Mateo. No era una carta común y corriente. En cada hoja, pegó estrellas de plástico formando constelaciones. En cada constelación, escribió un recuerdo especial que compartían. En la constelación de la Osa Mayor, recordó el día que se perdieron en el bosque y encontraron un oso de peluche gigante. En la constelación de Orión, recordó la noche que vieron una lluvia de estrellas fugaces y pidieron el mismo deseo: ser amigos para siempre.
Cuando terminó la carta, Sofía la roció con un poco de purpurina, para que pareciera polvo de estrellas. La metió en un sobre azul celeste y la envió por correo. Esperó ansiosamente la respuesta de Mateo. Los días se hicieron largos y lentos. Se preguntaba si Mateo recibiría su carta, si entendería su mensaje, si todavía quería ser su amigo.
Mientras tanto, Mateo también se sentía triste y solo. Echaba de menos a Sofía terriblemente. Las olas del mar ya no le cantaban canciones alegres, sino melodías tristes. Sus clases de surf ya no eran tan divertidas. Una tarde, después de una lección especialmente difícil, regresó a casa y encontró un paquete azul celeste en la puerta.
Lo abrió con cuidado y encontró la carta de Sofía. Al principio, no entendió nada. ¿Por qué tantas estrellas pegadas al papel? Pero luego, al leer las pequeñas historias escritas debajo de cada constelación, su corazón se llenó de alegría. Reconoció cada recuerdo, cada risa, cada secreto. Se dio cuenta de que Sofía lo extrañaba tanto como él la extrañaba a ella.
Mateo se sentó en su escritorio y sacó papel y lápices de colores. No era tan bueno con las manualidades como Sofía, pero quería responder a su carta de una manera especial. Dibujó el mar, las olas, los peces, y las conchas marinas que había recolectado. En cada dibujo, escribió un mensaje para Sofía. Le contó sobre sus clases de surf, sobre los nuevos amigos que había hecho, y sobre lo mucho que la echaba de menos.
Cuando terminó su carta, la metió en un sobre amarillo sol y la envió por correo. Ahora era su turno de esperar. La distancia entre ellos seguía siendo grande, pero las cartas llenas de estrellas y dibujos habían creado un puente invisible, uniendo sus corazones a través del espacio. Sabían que, aunque no podían verse todos los días, su amistad era fuerte y verdadera, como las estrellas que brillan en el cielo nocturno.
Después de eso, Sofía y Mateo empezaron a escribirse cartas regularmente. Sofía le contaba sobre sus aventuras en la montaña y sus nuevos amigos. Mateo le contaba sobre sus aventuras en el mar y sus nuevas olas. A veces se enviaban pequeños regalos: una piedra lisa de la montaña para Mateo, una concha marina brillante para Sofía. La distancia no había desaparecido, pero ya no se sentía tan grande. Habían encontrado una manera de mantener viva su amistad, alimentándola con cartas llenas de amor y recuerdos, como un correo de estrellas que viaja por el universo.
Un verano, el papá de Sofía recibió una invitación a una conferencia en la ciudad donde vivía Mateo. Sofía no podía creerlo. ¡Iba a volver a ver a Mateo! La emoción la llenaba de mariposas en el estómago. Cuando finalmente se encontraron, se abrazaron con fuerza, como si no se hubieran visto en años. Aunque habían cambiado un poco, su amistad seguía siendo la misma, brillante y fuerte como siempre. Pasaron todo el verano juntos, explorando la ciudad, surfeando las olas y riendo a carcajadas. El correo de estrellas había funcionado, y su amistad había florecido, incluso a la distancia.
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