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Gratis · elige una vozDon Ramiro era un hombre bueno, pero a veces un poco… ¿cómo decirlo?… ¡cuentero! No cuentero de mentiras, no, no. Era cuentero de "cuántos". Contaba cuántas hormigas veía en el jardín, cuántas hojas caían del árbol en otoño, cuántos granos de azúcar echaba en su café. Era un hombre muy, muy preciso. Y lo que más quería contar, era el amor de su vida.
"¡Ay!" suspiraba Don Ramiro, mirando las nubes. "¿Cuántos días más tendré que esperar para encontrar a mi compañera? ¿Cuántos corazones latirán antes de que el suyo y el mío se sincronicen?"
Un día, Don Ramiro decidió que la mejor manera de encontrar el amor era, por supuesto, ¡contarlo! Preparó una lista detallada. Primero, "¿Cuántos lugares visitaré?" Anotó el mercado, la biblioteca, el parque y la heladería. Luego, "¿Cuántas personas conoceré?" Se prometió saludar a cada persona que se cruzara en su camino.
En el mercado, compró tres manzanas rojas y dos peras verdes. "¡Cinco posibles conversaciones!" exclamó, anotando el número en su libreta. Saludó a la señora que vendía flores, a un niño con un globo y al panadero. Pero ninguna de esas conversaciones chispeó como esperaba.
En la biblioteca, leyó "Cien poemas de amor" y "Veinte cuentos maravillosos". "¡Ciento veinte oportunidades de inspiración!" pensó. Buscó a alguien con quien compartir su entusiasmo, pero solo encontró estudiantes concentrados y una bibliotecaria muy ocupada.
En el parque, contó cuántas ardillas correteaban entre los árboles (¡diecisiete!) y cuántos niños jugaban en los columpios (¡nueve!). Se sentó en un banco, sacó su libreta y suspiró. Contar no parecía estar funcionando.
Finalmente, llegó a la heladería. Pidió un helado de fresa con dos bolas. Mientras saboreaba el delicioso helado, notó a una señora sentada en la mesa de al lado, también con un helado de fresa. Estaba leyendo un libro de poemas.
Don Ramiro dudó. ¿Debía interrumpirla? Recordó su lista y su promesa de saludar a cada persona. Respiró hondo y se acercó.
"Disculpe," dijo tímidamente. "¿Está disfrutando ese libro de poemas? Yo también soy un gran admirador de la poesía."
La señora sonrió. "¡Sí!" respondió. "Es precioso. Me llamo Doña Elena. Y usted es…?"
"Ramiro," respondió él, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Don Ramiro. Y, curiosamente, también estoy disfrutando un helado de fresa."
Empezaron a hablar. Descubrieron que ambos amaban la poesía, los helados de fresa y los paseos por el parque. Doña Elena también tenía una peculiaridad: ¡contaba las estrellas!
Don Ramiro se olvidó de su lista. Se olvidó de contar. Simplemente se dejó llevar por la conversación y la compañía de Doña Elena. Hablaron durante horas, hasta que el sol comenzó a ponerse.
Al despedirse, Don Ramiro sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: una verdadera conexión. No sabía cuántas veces más se verían, ni cuántos besos se darían, ni cuántos años pasarían juntos. Ya no le importaba contar.
"Espero volver a verla pronto, Doña Elena," dijo Don Ramiro con una sonrisa sincera.
"Yo también, Don Ramiro," respondió ella. "Quizás podamos contar las estrellas juntos la próxima vez."
Don Ramiro regresó a casa con el corazón lleno. Se dio cuenta de que el amor no se puede contar. No se puede medir ni predecir. Simplemente sucede, cuando menos te lo esperas. Y a veces, todo lo que necesitas es un helado de fresa y un libro de poemas para encontrarlo.
Al día siguiente, Don Ramiro borró su lista. Decidió dejar de contar y empezar a vivir. Y quién sabe, quizás algún día contaría las estrellas con Doña Elena, pero esa, era una historia para otro día.
Desde ese día, Don Ramiro entendió que el amor verdadero no se basa en cuántos, sino en un "cuán grande" es el sentimiento en el corazón. Y su corazón, gracias a Doña Elena, era inmensamente grande.
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