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Nicolás era un niño curioso, quizás demasiado. Le encantaba explorar el bosque detrás de su casa, a pesar de las advertencias de su abuela. "¡Ese bosque está encantado, Nicolás! ¡No vayas ahí solo!" le decía ella con voz temblorosa. Pero Nicolás, con sus nueve años y una mochila llena de galletas, pensaba que los cuentos de la abuela eran solo eso: cuentos.
Un día, ignorando una vez más las advertencias, Nicolás se adentró en el bosque. El sol apenas filtraba entre las hojas, creando sombras danzantes que jugaban con su imaginación. Escuchó un susurro, como si el bosque mismo estuviera hablando. "¿Hola?" preguntó tímidamente. El susurro se intensificó, convirtiéndose en una voz suave que lo llamaba por su nombre. "Nicolás... Nicolás... ven..."
Siguió la voz, cada vez más profunda en el bosque. Los árboles se volvían más gruesos y retorcidos, sus ramas como brazos huesudos que intentaban atraparlo. El aire se hizo pesado, con un olor a tierra húmeda y algo más... algo desagradable. De repente, tropezó y cayó, golpeándose la cabeza contra una raíz. Todo se volvió oscuro.
Cuando despertó, se dio cuenta que todo había sido real. Las heridas en su cuerpo generaban un dolor insoportable. Tenía rasguños en los brazos y las piernas, y un chichón enorme en la frente. El entorno olía a putrefacción y sangre. El bosque, que antes le parecía misterioso, ahora era aterrador. El sol se había ocultado, y la oscuridad lo envolvía como una manta fría.
Intentó levantarse, pero un dolor agudo en el tobillo lo detuvo. Estaba torcido, quizás roto. Lloró, asustado y solo. La voz susurrante volvió, esta vez más cerca, más amenazante. "Nicolás... estás en mi bosque ahora..."
Miró a su alrededor, tratando de localizar la voz. Vio dos ojos brillantes que lo observaban desde la oscuridad. No eran ojos de animal. Eran ojos humanos, pero llenos de una maldad indescriptible. La criatura, porque no podía llamarla persona, se acercó lentamente. Era alta y delgada, con la piel pálida como la luna y las uñas largas y afiladas como garras. Llevaba ropas hechas de hojas y musgo, y su rostro estaba oculto por una máscara de corteza de árbol.
Nicolás intentó gritar, pero la voz se le quedó atascada en la garganta. La criatura se arrodilló frente a él y extendió una mano huesuda. "No tengas miedo, Nicolás," dijo con una voz que sonaba como el crujir de las hojas secas. "Solo quiero jugar."
Nicolás cerró los ojos, esperando lo peor. Pero en lugar de dolor, sintió un toque suave en su frente. Abrió los ojos y vio que la criatura estaba curando su herida con una hierba extraña. El dolor disminuyó al instante.
"¿Quién eres?" preguntó Nicolás con voz temblorosa.
"Soy el Guardián del Bosque," respondió la criatura. "Y tú has roto las reglas. No debes entrar en mi bosque sin permiso."
"Lo siento," dijo Nicolás. "No lo volveré a hacer."
El Guardián del Bosque lo miró fijamente. "La próxima vez, no seré tan amable. Pero hoy, te dejaré ir. Pero a cambio, debes prometer algo."
"¿Qué?" preguntó Nicolás.
"Debes contarle a todos sobre mi bosque. Debes advertirles sobre los peligros que acechan aquí. Pero también debes contarles sobre la belleza y la magia que se esconden entre los árboles. Debes ser mi mensajero."
Nicolás asintió con la cabeza. "Lo prometo."
El Guardián del Bosque sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Bien. Ahora, vete. Y no vuelvas a molestarme."
Con un gesto de su mano, el Guardián del Bosque hizo que Nicolás se sintiera mejor. Su tobillo dolía menos, y sus heridas comenzaban a sanar. Le indicó el camino de regreso a casa. Nicolás corrió lo más rápido que pudo, sin mirar atrás.
Cuando llegó a casa, su abuela lo estaba esperando en la puerta, con lágrimas en los ojos. Lo abrazó con fuerza. "¡Nicolás! ¡Estaba tan preocupada! ¿Dónde estabas?"
Nicolás le contó todo. Le contó sobre la voz susurrante, sobre la criatura del bosque, y sobre su promesa. La abuela lo escuchó con atención, sin interrumpirlo.
Cuando terminó, la abuela suspiró. "Sabía que algo así pasaría," dijo. "El Bosque Susurrante es un lugar peligroso, pero también un lugar mágico. Debemos respetarlo y protegerlo."
Desde ese día, Nicolás nunca volvió a entrar en el Bosque Susurrante sin el permiso de su abuela. Y siempre, siempre, cumplió su promesa. Le contó a todos sobre el Guardián del Bosque, sobre los peligros y las maravillas que se escondían entre los árboles. Se convirtió en el protector del Bosque Susurrante, asegurándose de que nadie lo olvidara, y de que nadie lo profanara. Aprendió que algunos cuentos de la abuela, después de todo, eran muy reales. Y aunque el miedo a veces lo visitaba, la curiosidad y el respeto por lo desconocido siempre ganaban. El bosque susurraba su nombre, ya no como una amenaza, sino como un recordatorio de su promesa y su conexión con la magia que habitaba en la oscuridad. Ahora entendía que el verdadero terror no estaba en el bosque, sino en la falta de respeto por lo que no comprendemos.
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