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Sofía parpadeó. El aire olía a menta y a algo... ¿tablero de ajedrez? Abrió los ojos completamente y se encontró en un lugar increíble. ¡Era un campo de ajedrez gigante! Las casillas eran de hierba suave y piedra pulida, y en lugar de personas, había figuras de ajedrez enormes, hechas de madera brillante y cerámica colorida. El cielo era de un violeta profundo, como un ramo de violetas gigantes al revés.
Miró a su alrededor, buscando algo familiar, pero nada. Solo las torres imponentes, los caballos con crines de hilo dorado y los peones sonrientes la rodeaban. En su mano, apretaba un pequeño conejo de peluche con un chaleco de terciopelo. El conejo parecía tan confundido como ella.
De repente, el conejo se movió. ¡Y tenía un reloj! Sofía lo miró boquiabierta. El reloj marcaba una hora imposible: ¡13:60!
"¡Esto es rarísimo!" exclamó Sofía.
El conejo, con una vocecita chillona, respondió: "¡Rarísimo y tardísimo! ¡Tenemos que encontrar al Rey Blanco! ¡Él sabe cómo arreglar este desorden!"
Sofía nunca había hablado con un conejo antes, pero en un campo de ajedrez violeta donde el tiempo no tenía sentido, todo parecía posible. "¿Y dónde lo encontramos?" preguntó.
El conejo, cuyo nombre resultó ser Horacio, consultó su reloj imposible. "Según mis cálculos... ¡y un poco de intuición conejil! ¡Está en el Castillo de la Torre Triste!"
Así que Sofía y Horacio emprendieron su viaje. El camino no era fácil. Tuvieron que esquivar un grupo de peones juguetones que querían hacerles cosquillas, cruzar un río de leche chocolatada (¡que Horacio disfrutó muchísimo!), y resolver un acertijo propuesto por un alfil sabio y un poco gruñón.
El acertijo decía: "¿Qué tiene un rey, una reina y un castillo, pero no habla ni se mueve?"
Sofía pensó un momento. "¡Un tablero de ajedrez!" exclamó. El alfil asintió, gruñendo una felicitación y dejándolos pasar.
Finalmente, llegaron al Castillo de la Torre Triste. Era una torre alta y gris, con ventanas pequeñas y una bandera descolorida ondeando en la cima. La puerta estaba cerrada con llave.
"¿Y ahora qué?" preguntó Sofía, sintiéndose un poco desanimada.
Horacio saltó y tiró de la campanilla con todas sus fuerzas. La campanilla sonó con un ding-dong melancólico.
Unos segundos después, la puerta se abrió con un chirrido. Un Rey Blanco con una corona torcida y una expresión muy, muy triste los recibió.
"¿Qué quieren?" preguntó el Rey Blanco con voz apagada. "Estoy demasiado triste para visitas."
"Necesitamos su ayuda, Majestad," dijo Horacio. "El tiempo está roto y Sofía está atrapada aquí. ¡Tenemos que arreglarlo!"
El Rey Blanco suspiró. "El tiempo se rompió porque perdí mi sonrisa," dijo. "Ya no sé cómo ser feliz. Por eso este tablero es tan... así."
Sofía se dio cuenta de que la tristeza del Rey Blanco era lo que había afectado al tablero de ajedrez. Si podían hacerlo feliz, tal vez todo volvería a la normalidad.
"Majestad," dijo Sofía, "¿qué le gustaba hacer antes de estar triste?"
El Rey Blanco pensó un momento. "Me gustaba jugar a las escondidas con los peones," dijo. "Y contar chistes malos."
Sofía sonrió. "¡Entonces juguemos a las escondidas! Y usted nos cuenta chistes malos," propuso.
Al principio, el Rey Blanco se mostró reacio, pero Sofía y Horacio insistieron. Empezaron a jugar a las escondidas entre las figuras de ajedrez. Horacio se escondía detrás de las torres, Sofía se camuflaba entre los peones, y el Rey Blanco, aunque al principio torpe, pronto empezó a reírse mientras intentaba encontrarlos.
Después, el Rey Blanco empezó a contar chistes malos. Eran tan malos que Sofía y Horacio no podían parar de reír.
A medida que la risa llenaba el campo de ajedrez, el cielo violeta empezó a aclararse. Las figuras de ajedrez parecían más alegres, y el reloj de Horacio empezó a marcar la hora correctamente.
De repente, Sofía sintió que la jalaban suavemente. Se dio la vuelta y vio una luz brillante.
"Creo que es hora de que te vayas," dijo el Rey Blanco, con una sonrisa genuina en su rostro. "Gracias por devolverme la alegría."
Sofía abrazó a Horacio y le prometió que volvería a visitarlo. Luego, se adentró en la luz.
Despertó en su cama. El sol brillaba por la ventana y el despertador marcaba la hora correcta. Todo parecía normal. Pero en su mano, todavía apretaba el pequeño conejo de peluche con el chaleco de terciopelo. Y en su corazón, guardaba el recuerdo del campo de ajedrez violeta y la importancia de la risa y la alegría.
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