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Leo despertó. Solo. En Marte. Sueño... ¿O no? Abrió sus ojos grandes y redondos. El techo de la cápsula espacial era naranja y brillante, como una zanahoria gigante. Parpadeó. Definitivamente, no era su habitación. Su habitación tenía posters de cohetes y una lámpara con forma de estrella fugaz. Esto era… diferente. Muy diferente.
Se sentó, el corazón latiéndole como un tambor. Miró a su alrededor. La cápsula era pequeña, pero limpia. Había una ventana redonda que mostraba… ¡Marte! Arena roja, rocas gigantes y un cielo rosado y polvoriento. Leo tragó saliva. ¿Cómo había llegado allí?
Recordó fragmentos: su papá explicándole sobre la misión a Marte, su mamá dándole un fuerte abrazo, la cuenta regresiva… ¡Él era el astronauta más joven en viajar a Marte! Pero… ¿dónde estaba el resto de la tripulación?
Se levantó tembloroso y se acercó a la ventana. El paisaje marciano se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Se sentía pequeño, muy pequeño, y un poco asustado. Encontró un intercomunicador en la pared y presionó el botón.
"¿Hola? ¿Hola? Aquí Leo… ¿Hay alguien ahí?"
Solo escuchó estática. Lo intentó varias veces, pero nada. Silencio. Aparte del zumbido suave de la cápsula, un silencio absoluto.
Respiró hondo. Su papá siempre decía: "Los astronautas son valientes y resuelven problemas". Así que eso haría. Buscaría una solución.
Encontró un traje espacial pequeño, hecho a su medida. Se lo puso con cuidado, siguiendo las instrucciones que había visto en los videos de entrenamiento. Era un poco pesado, pero podía moverse. También encontró una mochila con agua y barras de energía.
"Primero", pensó Leo, "tengo que encontrar a la tripulación".
Abrió la escotilla de la cápsula y salió al exterior. El aire era frío y seco. El sol brillaba intensamente a través del cielo rosado. La arena crujía bajo sus botas espaciales. Era como estar en un desierto gigante, pero rojo.
Comenzó a caminar, siguiendo unas huellas que vio en la arena. Eran huellas de botas espaciales, como las suyas. ¡Alguien más había estado aquí!
Después de caminar un rato, vio algo a lo lejos. Era otra cápsula, más grande que la suya. Corrió hacia ella, con la esperanza de encontrar a sus compañeros astronautas.
Cuando llegó a la cápsula, la encontró vacía. Pero había una nota pegada en la puerta. La tomó y la leyó. Decía:
"Leo, si estás leyendo esto, significa que te has despertado solo. No te preocupes, todo está bien. Nosotros estamos en la base principal, a unos kilómetros de aquí. Sigue las balizas luminosas. Te esperamos con chocolate caliente.
Tu papá y el resto de la tripulación".
Leo sonrió. ¡No estaba solo! Siguió las balizas luminosas, que eran pequeñas luces parpadeantes que brillaban en la distancia. El camino era largo y polvoriento, pero Leo no se rindió. Sabía que su papá y los demás lo estaban esperando.
Después de un largo rato, vio una estructura grande y brillante en la distancia. Era la base principal. Corrió hacia ella, con el corazón lleno de alegría.
Cuando llegó a la base, su papá lo estaba esperando con los brazos abiertos. Lo abrazó fuertemente. Los demás astronautas también lo saludaron con alegría.
"¡Leo! ¡Estás aquí!", exclamó su papá. "Estábamos preocupados. La cápsula auxiliar se desvió un poco durante el aterrizaje".
"¡Y tenemos chocolate caliente!", añadió una de las astronautas.
Leo se sentó junto al fuego con su papá y sus compañeros astronautas. Bebió chocolate caliente y escuchó historias sobre Marte. Estaba feliz de estar con ellos. Había tenido un poco de miedo al principio, pero había demostrado ser valiente y resolutivo, tal como le había enseñado su papá.
Esa noche, mientras miraba las estrellas a través de la ventana de la base, Leo se dio cuenta de que había vivido una gran aventura. Había despertado solo en Marte, pero había encontrado el camino de regreso a su familia espacial. Y sabía que juntos explorarían muchos más mundos.
Al día siguiente, Leo ayudo a plantar unas semillas en el invernadero marciano. Imaginó que esas pequeñas plantas algún día crecerían y florecerían, igual que él en su aventura marciana. Soñó con el día en que otros niños, como él, visitarían Marte y se maravillaran con su belleza roja y sus cielos rosados. Era un sueño, pero en Marte, los sueños parecían más reales.
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