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Gratis · elegí una vozEra casi Día de Muertos en el pequeño pueblo de Santa Calavera, y la emoción se sentía en el aire. La abuela Elena, la mejor chef de tamales del pueblo, estaba preparando su famoso pozole. Este año, la tradicional posada sería diferente. ¡Sería virtual! La pandemia había obligado a cancelar la pachanga presencial, y todos se conectarían por internet.
"¡Chale!", exclamó Pedrito, el nieto de la abuela Elena, mientras veía el chat del grupo familiar. "¡Esto no es lo mismo! Extraño jugar futbol con mis amigos y comer pizza con espagueti en la plaza".
La abuela Elena, con su delantal lleno de chile y una sonrisa cálida, le respondió: "No te preocupes, Pedrito. ¡Haremos que esta posada virtual sea la mejor! Prepararé un chocolate caliente delicioso y cantaremos karaoke. Además, ¡tengo una sorpresa!".
Pedrito, cuyo hobby era wuatsapear con sus amigos, no estaba muy convencido. Prefería mil veces ir a la boutique de Doña Lupita a comprar una máscara de coyote para asustar a sus amigos. Pero sabía que su abuela siempre hacía magia, así que decidió confiar.
Esa noche, mientras la luna llena brillaba sobre el comal donde se calentaban los tamales, la familia se conectó. La abuela Elena, con un gorro de chef ridículamente chueco, empezó a cantar una canción tradicional de Día de Muertos. Su voz resonaba en la pantalla, llenando las casas de alegría.
De repente, la conexión a internet empezó a fallar. La imagen se pixeló, el audio se cortó, y un escalofrío recorrió la espalda de Pedrito. ¡Algo raro estaba pasando!
En el chat, todos empezaron a quejarse. "¡Se va la señal!", "¡No escucho nada!", "¡Esto es una chota!"
De pronto, la pantalla se oscureció por completo. Unas risas extrañas, como el graznido de un guaguerrerote, llenaron la habitación. Pedrito sintió un chipote en la cabeza y se desmayó.
Cuando despertó, estaba en el mundo de los espíritus. Todo era de un color naranja brillante, y las calaveras bailaban al son de una música extraña. Vio a un aguerrerote gigante jugando futbol con una calavera vestida de mariachi.
Una voz grave le habló: "¡Bienvenido, Pedrito! Soy Don Calavera, el guardián de este lugar. Tu posada virtual ha despertado a un antiguo espíritu travieso".
"¿Un espíritu travieso?", preguntó Pedrito, temblando de miedo.
"Sí. Se llama Chalán, y odia la tecnología. ¡Odia el internet, el chat, y sobre todo, odia las posadas virtuales! Él es el responsable de que tu conexión se haya ido al infierno", respondió Don Calavera.
Chalán, un esqueleto delgado con un sombrero de paja chueco, apareció de entre las sombras. "¡Jajaja! ¡Arruinaré todas las posadas virtuales! Prefiero la pachanga tradicional, el baile, el pozole y los tamales hechos con amor!", gritó.
Pedrito, aunque asustado, recordó las palabras de su abuela. "¡No puedes cancelar la alegría de la gente! El Día de Muertos es para recordar a nuestros seres queridos con amor y alegría, ¡no con travesuras!".
Chalán se burló. "¿Y qué vas a hacer al respecto, niñito?"
Pedrito pensó rápido. Recordó que su abuela siempre decía que la música ahuyentaba a los malos espíritus. "¡Vamos a hacer un karaoke! Pero uno de verdad, con canciones de Día de Muertos", propuso.
Don Calavera, intrigado, aceptó. Pedrito sacó su teléfono (milagrosamente, tenía señal en el mundo de los espíritus) y puso una canción tradicional. Empezó a cantar con todas sus fuerzas, y poco a poco, las calaveras se unieron a él.
Chalán, al principio, intentó resistirse. Pero la música era tan pegadiza que, sin darse cuenta, empezó a mover los pies. Al final, estaba cantando a todo pulmón, con una sonrisa esquelética.
La energía en el ambiente cambió. El miedo se disipó, y la alegría llenó el lugar. Chalán, avergonzado, se disculpó. "Tenías razón, Pedrito. El Día de Muertos es para celebrar. Ya no arruinaré más posadas virtuales".
Don Calavera, complacido, le devolvió a Pedrito a su casa. La conexión a internet había vuelto, y la posada virtual continuaba. La abuela Elena le sonrió. "¿Ves, Pedrito? Te dije que sería la mejor posada de todas".
Pedrito, aunque un poco asustado, se sintió feliz. Había aprendido una valiosa lección: que el amor, la música y la tradición siempre vencen a los espíritus traviesos. Y aunque extrañaba el futbol y la pizza, esa posada virtual, con todo y su chipote fantasmal, sería inolvidable. Lo primero que haría al día siguiente sería buscar chamba para comprar un aguerrerote y sacarlo a pasear.
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