Escucha este cuento
Gratis · elige una vozMateo se despertó con un brillo cálido en la cara. ¡Era un día soleado! No un sol cualquiera, sino uno de esos soles que te invitan a salir, a jugar, a vivir aventuras. Se levantó de un salto, tan rápido que casi tropieza con su perro, Pancho, un labrador dorado con una cola que no dejaba de moverse.
"¡Pancho, hoy es un día perfecto!" exclamó Mateo, mientras le rascaba la cabeza. Pancho ladró en respuesta, como si entendiera a la perfección.
Después de un desayuno rápido de leche con galletas (con forma de dinosaurio, por supuesto), Mateo salió corriendo al jardín. El jardín de Mateo era un lugar mágico. Tenía un manzano grande y viejo, un columpio que colgaba de una rama gruesa, un arenero lleno de tesoros enterrados (tapitas de botellas, canicas perdidas, y una vez, ¡hasta un botón brillante!), y un huerto pequeño donde su abuela cultivaba tomates, lechugas y fresas.
El sol brillaba sobre el jardín, haciendo que las hojas del manzano parecieran esmeraldas. Mateo corrió hacia el columpio y empezó a balancearse, cada vez más alto, sintiendo el viento en su cara. Cerró los ojos y se imaginó que era un astronauta volando hacia la luna.
De repente, escuchó un zumbido. Abrió los ojos y vio una abeja grande y peluda revoloteando alrededor de una de las flores del huerto. Mateo nunca le había tenido miedo a las abejas. Sabía que eran importantes para las plantas y que, si las dejabas tranquilas, no te hacían daño.
"¡Hola, abejita!" le dijo Mateo en voz baja. La abeja pareció escucharlo y se posó en una fresa roja y jugosa. Mateo observó cómo bebía el néctar con su trompita larga.
Después de un rato, la abeja voló hacia el manzano. Mateo la siguió con la mirada y vio algo que nunca había visto antes: ¡un panal de abejas colgando de una de las ramas más altas! Era grande y dorado, y las abejas entraban y salían sin parar.
Mateo se quedó asombrado. Nunca se había dado cuenta de que las abejas vivían allí. Decidió que tenía que mostrarle el panal a su abuela.
Corrió hacia la casa y la encontró en la cocina, preparando una tarta de manzana. "¡Abuela, abuela! ¡Hay un panal de abejas en el manzano!" exclamó Mateo, emocionado.
Su abuela sonrió. "¿De verdad? ¡Qué maravilla! Las abejas son muy trabajadoras y nos dan miel deliciosa."
Salieron juntas al jardín y la abuela miró el panal con curiosidad. "Es un panal joven," dijo ella. "Tendremos que tener cuidado de no molestarlas."
Mateo y su abuela pasaron la tarde observando a las abejas. Aprendieron que las abejas obreras son las que recogen el néctar, que la abeja reina es la que pone los huevos, y que el panal está hecho de cera que las abejas producen.
Más tarde, mientras la abuela horneaba la tarta de manzana, Mateo se sentó en el arenero con Pancho. Empezó a cavar, buscando tesoros. Encontró una canica azul, una tapita de refresco y, de repente, ¡algo brillante! Era una moneda antigua, con un agujero en el centro.
Mateo la limpió con la manga de su camiseta. Se veía muy vieja y misteriosa. Se imaginó que pertenecía a un pirata que había enterrado su tesoro en el jardín hace muchos años.
Decidió que la moneda sería su amuleto de la suerte. La guardó en su bolsillo y salió corriendo a jugar con Pancho.
Corrieron por el jardín, ladrando y riendo, hasta que el sol empezó a ponerse. El cielo se llenó de colores naranjas, rosas y morados. Mateo y Pancho se sentaron bajo el manzano, observando cómo las abejas regresaban al panal para pasar la noche.
Mateo se sentía feliz y agradecido. Había sido un día maravilloso, lleno de descubrimientos y aventuras. El sol le había sonreído, y él le había sonreído de vuelta.
Cuando entró a la casa, su abuela le ofreció un trozo de tarta de manzana caliente. Mateo la comió con gusto, mientras escuchaba las historias de su abuela sobre cuando era niña y jugaba en el mismo jardín.
Antes de acostarse, Mateo miró por la ventana. La luna brillaba en el cielo, iluminando el jardín. Vio el manzano, el columpio, el arenero y el huerto. Todo parecía mágico y tranquilo.
Se metió en la cama, abrazó a su oso de peluche y cerró los ojos. Sabía que mañana sería otro día soleado, lleno de nuevas aventuras. Y estaba ansioso por descubrirlas.
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