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Gratis · elegí una vozSofía, con sus once años, se sentía a veces más como una mamá que como una hermana mayor. Tenía dos hermanos pequeños, Tomás, de siete años, y Mateo, de cinco, que eran… digamos… ¡expertos en travesuras! Cada día era una nueva aventura (o más bien, un nuevo desastre) gracias a ellos.
Esa mañana, Sofía estaba decidida a tener un día tranquilo. Quería leer su libro favorito, “La Isla de los Tesoros Escondidos”, en paz y silencio. Se sentó en el sillón del salón, abrió el libro y… ¡PLAF!
Una almohada le golpeó la cara. Tomás y Mateo, armados con almohadas y risitas contenidas, estaban en modo “guerra de almohadas”.
"¡Tomás! ¡Mateo! ¡Basta ya!" exclamó Sofía, intentando mantener la calma. "¡Estoy leyendo!"
Pero sus palabras no tuvieron ningún efecto. Las almohadas volaban por todas partes, plumas llenaban el aire y los gritos de alegría de los niños resonaban en toda la casa. Sofía suspiró. Esto no iba a ser un día tranquilo.
Después de la guerra de almohadas (que terminó con el jarrón favorito de la abuela en el suelo, hecho pedazos), Sofía intentó limpiar el desastre. Tomás y Mateo, sintiéndose un poco culpables por el jarrón, se ofrecieron a ayudar. Pero su ayuda resultó ser… peculiar. Intentaron pegar los pedazos con pegamento, pero en lugar de pegar el jarrón, se pegaron los dedos entre sí. Luego, intentaron limpiar las plumas con la aspiradora, pero terminaron aspirando un calcetín y la aspiradora se atascó.
Sofía respiró hondo. Necesitaba un plan. Los mandó al jardín a jugar, con la esperanza de que el aire fresco y el espacio abierto los calmaran un poco. Ella se quedó adentro, limpiando los restos del jarrón y desatascando la aspiradora.
Una hora después, Sofía finalmente logró sentarse de nuevo en el sillón, con su libro. Justo cuando estaba empezando a sumergirse en la historia del Capitán Flint, escuchó un grito desde el jardín.
Corrió hacia afuera y encontró a Tomás y Mateo cubiertos de barro, persiguiendo a la gata de la vecina, Mimí. Mimí, asustada, se había subido a un árbol muy alto y maullaba desesperadamente.
"¡Tomás! ¡Mateo! ¡Dejen en paz a Mimí!" gritó Sofía. Los niños se detuvieron, mirándola con caras de culpabilidad.
"¡Pero Sofía, estábamos jugando!" se defendió Tomás.
"¡Sí, estábamos jugando al rescate!" añadió Mateo.
Sofía estaba furiosa. "¡Ese no es un juego! ¡Están asustando a Mimí y ensuciando todo! ¡Y además, rompieron el jarrón de la abuela!"
Esa noche, después de una larga conversación con sus padres sobre la importancia de ser responsables y respetuosos, Tomás y Mateo recibieron su castigo. Nada de televisión ni videojuegos durante toda la semana. Sofía, aunque se sentía un poco mal por ellos, también se sentía aliviada. Tal vez, solo tal vez, tendría unos días de paz y tranquilidad.
Pero la paz no duró mucho. Al día siguiente, Sofía descubrió que Tomás y Mateo habían intentado “ayudar” a regar las plantas… usando la manguera dentro de la casa. El salón estaba inundado. Sofía suspiró. La paciencia de Sofía parecía volar cada vez más lejos con cada travesura de sus hermanos. Esta vez, el castigo para los dos fue limpiar todo el desastre. Y Sofía también recibió un castigo: ayudarles a limpiar, para que aprendieran a hacerlo bien y no volvieran a inundar la casa.
Al final, mientras limpiaban juntos, Sofía les explicó por qué sus travesuras la molestaban tanto. Les dijo que entendía que querían jugar, pero que tenían que pensar en las consecuencias de sus acciones. Tomás y Mateo, con caras arrepentidas, prometieron ser más cuidadosos y ayudar más en casa.
Esa noche, mientras Sofía leía su libro en el sillón (esta vez, en paz y silencio), Tomás y Mateo se acercaron a ella y le regalaron un dibujo de ella como una superheroína, llamada “Sofi-Pacifi”. Sofía sonrió. Tal vez, después de todo, ser hermana mayor no era tan malo. Y quizás, con un poco de paciencia y mucho amor, podría enseñarles a sus hermanos a ser un poco menos… traviesos.
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