Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozMe desperté con la pesadez de un oso hibernando. ¡Qué fastidio! No tenía ganas de ver a nadie, ni a mis amigos, ni siquiera a mi perro Pancho, que siempre me recibe con la cola moviéndose como un ventilador loco. El sol brillaba con fuerza, pero dentro de mí, todo era gris. Me arrastré fuera de la cama y me vestí sin entusiasmo.
En el colegio, todo parecía más ruidoso y brillante de lo normal. Los pasillos estaban llenos de niños riendo y gritando, pero yo me sentía como si estuviera dentro de una burbuja de silencio. Llegué a la clase de tecnología justo a tiempo. El profesor, Don Roberto, ya estaba frente a la pizarra, con una sonrisa tan grande que parecía que iba a explotar.
"¡Buenos días, jóvenes ingenieros!" exclamó Don Roberto. "Hoy vamos a programar robots para que bailen salsa!"
La idea de bailar salsa con robots no me animó mucho. Me senté en mi pupitre, cerca de la ventana, y suspiré. Mi compañero de mesa, Tomás, me dio un codazo.
"¿Qué te pasa, Lucas? Estás más callado de lo normal," me preguntó Tomás.
"No tengo ganas de nada," respondí. "Hoy es uno de esos días…"
Tomás frunció el ceño. "¡Tonterías! ¡Hoy es un día perfecto para hacer robots bailar!"
Don Roberto comenzó a explicar el proyecto. Nos dividió en grupos y nos asignó a cada grupo un robot pequeño, con forma de caja con ruedas y brazos articulados. Nuestro trabajo era escribir un programa que le indicara al robot cómo moverse al ritmo de la música.
Al principio, me sentí aún más desanimado. La programación me parecía un jeroglífico indescifrable. Pero Tomás estaba entusiasmado. Empezó a teclear códigos en la computadora con una velocidad asombrosa. Yo, por mi parte, me limité a observar.
"¡Vamos, Lucas, ayúdame!" me animó Tomás. "Necesitamos que este robot tenga ritmo en las ruedas!"
Poco a poco, el entusiasmo de Tomás empezó a contagiarme. Empecé a sugerir algunos movimientos, y juntos fuimos ajustando el programa. Era como armar un rompecabezas complicado, pero divertido.
Después de un rato, nuestro robot empezó a moverse. Al principio, sus movimientos eran torpes y descoordinados. Parecía un pingüino intentando bailar tango. Pero poco a poco, a medida que afinábamos el programa, el robot empezó a tomarle el gusto a la salsa.
"¡Mira, Lucas, lo está haciendo!" gritó Tomás, emocionado. "¡Nuestro robot está bailando salsa!"
El robot se movía al ritmo de la música, girando, moviendo los brazos y las ruedas con una gracia inesperada. Era como si la música lo hubiera poseído. Los demás grupos también estaban logrando que sus robots bailaran, y pronto toda la clase se convirtió en una pista de baile robótica.
Don Roberto puso una canción de salsa más animada, y los robots empezaron a bailar con más energía. Algunos robots chocaban entre sí, pero rápidamente se recuperaban y seguían bailando. Era un caos organizado, una fiesta de robots bailarines.
En ese momento, me di cuenta de que mi mal humor había desaparecido. Estaba riendo y animando a nuestro robot junto con Tomás. La alegría contagiosa de la clase me había envuelto como una manta cálida.
Al final de la clase, Don Roberto nos felicitó a todos por nuestro trabajo. "¡Han hecho un trabajo excelente!" dijo. "Han demostrado que la tecnología puede ser divertida y creativa."
Salí de la clase de tecnología con una sonrisa en la cara. De repente, el sol brillaba con más intensidad, y los colores del mundo parecían más vivos. Me di cuenta de que incluso los días grises pueden convertirse en días llenos de alegría, si te abres a la posibilidad de divertirte y de conectar con los demás.
Al llegar a casa, Pancho me recibió con saltos y ladridos. Esta vez, no me sentí molesto. Al contrario, me alegré de verlo. Lo abracé con fuerza y le conté sobre los robots bailarines de salsa. Pancho, por supuesto, no entendió ni una palabra, pero movió la cola con entusiasmo. Supongo que él también creía que hoy era un buen día, después de todo.
Esa noche, antes de dormir, pensé en Don Roberto y en Tomás. Don Roberto, con su entusiasmo contagioso, y Tomás, con su optimismo inquebrantable. Ellos me habían demostrado que incluso en los días más grises, siempre hay una oportunidad para encontrar la alegría. Y a veces, esa alegría puede venir de donde menos te lo esperas: ¡de un robot bailando salsa!
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