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Valentina era una niña a la que le encantaba saltar, cantar y dibujar arcoíris gigantes. Pero hoy… hoy era diferente. Hoy, Valentina sentía un peso en el corazón, como si tuviera una nube de algodón de azúcar pegada al alma. No tenía ganas de saltar, ni de cantar, ni siquiera de dibujar un arcoíris pequeñito.
"¡Qué día más raro!" pensó Valentina, mirando por la ventana. El sol brillaba, los pájaros cantaban alegremente y las flores del jardín parecían bailar con la brisa. Pero Valentina solo veía un color grisáceo, como si alguien hubiera puesto un filtro opaco sobre el mundo.
Mamá notó la carita triste de Valentina. "¿Qué te pasa, mi amor? Pareces un poquito… apagada."
Valentina intentó sonreír, pero le salió una mueca. "No lo sé, Mamá. Simplemente… no tengo ganas de nada. Me siento triste y no sé por qué."
Mamá se sentó junto a ella en la cama y la abrazó fuerte. "A veces, todos tenemos días grises, Valentina. Días en los que la alegría se esconde un poquito. Pero eso no significa que la alegría se haya ido para siempre."
Valentina se acurrucó en los brazos de su mamá. "Pero… ¿cómo puedo hacer que este día gris se vaya?"
"Podemos intentar varias cosas", dijo Mamá con una sonrisa. "¿Qué te parece si primero hacemos algo que te guste mucho?"
Valentina pensó un momento. Le gustaba mucho comer helado de fresa, pero hoy ni siquiera eso le apetecía. Le gustaba jugar con su perro, Coco, pero hoy Coco parecía demasiado enérgico para ella.
"No lo sé, Mamá… Nada me apetece hoy", dijo Valentina con un hilo de voz.
Mamá le acarició el pelo suavemente. "Está bien. Entonces, ¿qué te parece si no hacemos nada? A veces, simplemente necesitamos un poquito de descanso y tranquilidad para que la alegría vuelva a florecer."
Así que Valentina y su mamá se quedaron juntas en la cama, leyendo cuentos de hadas y abrazándose en silencio. Mamá le contó historias de princesas valientes y dragones amigables, y Valentina escuchó atentamente, aunque por dentro seguía sintiendo ese peso grisáceo.
Después de un rato, Mamá sugirió: "¿Qué te parece si salimos al jardín a regar las flores? No tienes que hacer mucho, solo observar. A veces, la naturaleza nos ayuda a sentirnos mejor."
Valentina aceptó a regañadientes. Salieron al jardín y Mamá le dio una pequeña regadera. Valentina observó cómo el agua caía sobre las flores, cómo las hojas se ponían más verdes y brillantes. Vio una mariquita caminando lentamente por un pétalo rojo y una abeja zumbando alrededor de un girasol gigante.
Mientras regaba las flores, Valentina notó que la nube gris de su corazón se hacía un poquito más pequeña. No había desaparecido por completo, pero ya no era tan pesada.
De repente, Coco, el perro de Valentina, apareció corriendo con una pelota en la boca. Empezó a ladrar y a saltar alrededor de Valentina, invitándola a jugar. Normalmente, Valentina habría corrido detrás de Coco llena de alegría, pero hoy se sentía demasiado cansada.
"No puedo jugar ahora, Coco", le dijo Valentina con tristeza.
Pero Coco no se rindió. Dejó la pelota a los pies de Valentina y se sentó a su lado, moviendo la cola suavemente. Valentina se agachó y acarició a Coco. Sintió su pelaje suave y cálido, y escuchó su ronroneo suave.
Y entonces, algo mágico sucedió. Una pequeña chispa de alegría se encendió dentro de Valentina. No era una alegría explosiva, como la que sentía normalmente, pero era una alegría suave y tranquila, como una pequeña luciérnaga en la oscuridad.
Valentina sonrió. "Quizás… quizás sí puedo jugar un poquito", dijo.
Cogió la pelota y la lanzó suavemente a Coco. Coco corrió tras la pelota, ladrando de felicidad. Valentina lo observó correr y sintió que la nube gris de su corazón se hacía aún más pequeña.
Jugaron un rato en el jardín, sin prisas, sin exigencias. Solo Valentina, Coco y el sol que brillaba suavemente sobre ellos. Y poco a poco, la tristeza de Valentina se fue disipando, como la niebla de la mañana.
Al final del día, Valentina se sentía mucho mejor. La nube gris había desaparecido casi por completo, dejando espacio para un cielo azul con algunas nubes blancas y esponjosas. Sabía que quizás volvería a tener días grises en el futuro, pero también sabía que siempre habría una forma de encontrar la alegría, incluso en los momentos más difíciles. Y sabía que siempre tendría a su mamá, a Coco y al jardín lleno de flores para ayudarla a encontrar el camino de vuelta a la felicidad. Y quizás, mañana, dibujaría el arcoíris más grande y brillante que jamás haya dibujado.
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