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Gratis · elige una vozEl día que tú te fuiste, el sol se escondió. No literalmente, claro. Afuera brillaba con la misma fuerza de siempre, calentando las hojas de los árboles y haciendo guiños en las ventanas. Pero en mi corazón, ¡puf!, todo se había vuelto gris.
Tú eras mi abuelita Elena, la reina de las galletas de jengibre y la contadora de historias más fantástica del mundo. Vivíamos en la misma casa, bueno, yo arriba y tú abajo, pero para mí, era como si viviéramos en el mismo corazón gigante. Tú me despertabas con el olor a canela y tus canciones alegres. Me contabas historias de dragones amigables y princesas aventureras. Me enseñaste a plantar margaritas y a hacer barquitos de papel que navegaban en la fuente del parque.
Pero ese día, tú te fuiste. No para siempre, me dijeron. Te fuiste a un lugar llamado "el hospital", donde te iban a cuidar mucho para que volvieras a ser la abuelita Elena de siempre. Pero yo no entendía. ¿Acaso no te cuidaba yo con mis abrazos apretados y mis dibujos llenos de corazones? ¿Acaso el hospital podía contarte historias tan buenas como las mías?
Recuerdo que me senté en tu sillón, ese que olía a lavanda y a ti. Acaricié a tu gato, Bigotes, que también parecía triste. Él siempre dormía enrollado en tus rodillas, ronroneando como un motorcito feliz. Ese día, solo suspiraba y me miraba con sus ojos grandes y amarillos.
Intenté leer uno de tus libros de cuentos, pero las letras se veían borrosas. Intenté dibujar un dragón amigable, pero solo me salió un garabato triste. Todo me recordaba a ti. El aroma de las galletas de jengibre que quedaban en la lata, tu chal tejido a crochet que colgaba del perchero, tu regadera de flores que siempre dejabas junto a la ventana.
Mi mamá intentó animarme. Me preparó mi plato favorito, espagueti con albóndigas. Me llevó al parque a jugar con mis amigos. Pero nada funcionaba. Yo solo quería que volvieras, abuelita Elena. Quería escuchar tus historias, sentir tus abrazos, oler tu perfume a lavanda.
Por la noche, no podía dormir. La casa se sentía vacía y silenciosa. Bigotes se acurrucó a mi lado en la cama, como si supiera que necesitaba consuelo. Miré por la ventana a la luna llena, que brillaba con una luz plateada. Me imaginé que tú estabas mirando la misma luna, desde el hospital. Y entonces, se me ocurrió una idea.
Al día siguiente, le pedí a mi mamá que me llevara a la florería. Compré las margaritas más bonitas que encontré, de todos los colores. Luego, fuimos al hospital. Cuando te vi, abuelita Elena, estabas acostada en una cama, pero tu sonrisa seguía siendo la misma. Tus ojos brillaban como siempre.
Te entregué las margaritas. "Son para ti, abuelita", le dije. "Para que te acuerdes de nuestro jardín y de mí".
Tus ojos se llenaron de lágrimas, pero eran lágrimas de alegría. Me abrazaste con fuerza, aunque te costaba un poco. "Gracias, mi amor", me dijiste. "Son las margaritas más hermosas que he visto nunca".
Ese día, el sol volvió a brillar en mi corazón. No se había ido para siempre, solo se había escondido un poquito. Y las margaritas, con sus colores alegres, lo habían hecho salir de nuevo.
Cada día, después de la escuela, iba a visitarte al hospital. Te contaba mis aventuras, te leía tus libros de cuentos, te dibujaba dragones amigables. Y tú me contabas historias del hospital, de enfermeras valientes y doctores sabios.
Poco a poco, te fuiste recuperando. Y un día, ¡por fin!, volviste a casa. Bigotes te recibió con ronroneos y saltos de alegría. Yo te abracé tan fuerte que casi te quito el aire. La casa volvió a llenarse con el olor a lavanda y el sonido de tus canciones alegres. El sol volvió a brillar en mi corazón, con más fuerza que nunca.
Aprendí que a veces, las personas que amamos se van por un tiempo. Pero siempre vuelven, de una forma u otra. Y mientras tanto, podemos llenar el vacío con recuerdos bonitos, con flores de colores y con mucho, mucho amor. Y sobre todo, con la esperanza de que el sol siempre volverá a brillar, incluso después de la noche más oscura. Porque el amor, como el sol, siempre encuentra la manera de iluminar nuestros corazones.
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