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El sol brillaba con fuerza. Era un día *soleado* como pocos. Amelia, una niña con coletas color zanahoria y una nariz llena de pecas, bostezó y se estiró como un gatito. ¡Qué día tan perfecto para una aventura!, pensó. Miró por la ventana y vio a su mejor amigo, Tomás, haciendo malabares con unas naranjas en el jardín.
"¡Tomás! ¡Tomás!" gritó Amelia, abriendo la ventana de golpe. "¡Vamos a la colina del sauce llorón! Dicen que allí se encuentra el árbol que ríe."
Tomás, con una naranja aún en el aire, la atrapó rápidamente y sonrió. "¿El árbol que ríe? ¡Nunca lo he oído! Pero suena divertido. ¡Vamos!"
Así, con el sol acariciándoles las mejillas, Amelia y Tomás emprendieron su camino. Pasaron por el huerto del señor Pérez, donde las abejas zumbaban alrededor de las flores de calabaza. El señor Pérez les saludó con un gesto de la mano, y les regaló dos manzanas rojas y brillantes.
"¡Gracias, señor Pérez!" dijeron los niños al unísono, antes de seguir su camino.
Luego, cruzaron el arroyo de las ranas. Las ranas croaban a coro, como si les estuvieran cantando una canción. Amelia y Tomás se detuvieron a observar a una rana especialmente grande, con una corona de nenúfares en la cabeza.
"¡Mira, Tomás! ¡Es la reina de las ranas!" exclamó Amelia, riendo.
Tomás asintió, maravillado. "¡Es verdad! ¡Deberíamos hacerle una reverencia!"
Después de cruzar el arroyo, comenzaron a subir la colina. La hierba era verde y suave bajo sus pies, y el aire olía a pino y a tierra mojada. La colina se hacía cada vez más empinada, pero Amelia y Tomás no se rindieron. Sabían que el árbol que ríe les estaba esperando.
Finalmente, llegaron a la cima de la colina. Allí, bajo un cielo azul intenso, se alzaba un sauce llorón majestuoso. Pero algo era diferente. Las ramas del sauce no colgaban tristes, sino que se movían suavemente con la brisa, como si estuvieran danzando. Y lo más sorprendente de todo: se oía una risita suave y alegre que provenía del tronco del árbol.
"¡Es el árbol que ríe!" susurró Amelia, con los ojos muy abiertos.
Se acercaron al árbol con cautela. Al acercarse, la risita se hizo más fuerte, hasta convertirse en una carcajada contagiosa. Era una risa dulce y melodiosa, que hacía cosquillas en el corazón.
"¡Hola, árbol que ríe!" dijo Tomás, tímidamente.
El árbol, como si le hubiera entendido, agitó sus ramas con más fuerza, y la risa se intensificó. Amelia y Tomás no pudieron evitarlo: empezaron a reír también. Rieron a carcajadas, con la alegría del momento, contagiados por la risa del árbol.
Pasaron horas jugando con el árbol que ríe. Se escondieron entre sus ramas, le contaron chistes y le cantaron canciones. El árbol, a cambio, les regaló hojas brillantes y pequeñas flores blancas que olían a miel.
Cuando el sol comenzó a ponerse, pintando el cielo de naranja y rosa, Amelia y Tomás supieron que era hora de volver a casa. Se despidieron del árbol que ríe con un abrazo.
"¡Gracias por la risa!" dijeron al unísono.
El árbol agitó sus ramas en señal de despedida, y la risa se fue apagando poco a poco.
Amelia y Tomás bajaron la colina tomados de la mano, con el corazón lleno de alegría. Sabían que nunca olvidarían aquel día *soleado* y la magia del árbol que ríe. Ahora comprendían que la risa es contagiosa, y que a veces, solo hace falta un poco de sol y un árbol especial para encontrar la felicidad. De camino a casa, prometieron regresar al día siguiente. Quizás el árbol les contaría nuevas historias, o les enseñaría una nueva canción. Lo importante era que habían descubierto un lugar mágico, un lugar donde la risa era la protagonista y la amistad era el tesoro más valioso. Al llegar a casa, Amelia guardó una de las flores blancas del árbol en su libro favorito, para recordar siempre aquel día especial. Tomás, por su parte, plantó una semilla de manzana en el jardín, con la esperanza de que algún día, creciera un árbol tan alegre como el que habían conocido en la colina del sauce llorón. Esa noche, Amelia y Tomás durmieron profundamente, soñando con risas, árboles danzantes y un sol que, como ellos, no podía dejar de sonreír.
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