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Era un lunes por la mañana, y el sol normalmente brillaba con fuerza sobre la Escuela Amarilla. Pero hoy, el cielo estaba gris, muy gris. Nubes gordas y oscuras se amontonaban, prometiendo una tormenta. Los niños, con sus mochilas llenas de libros y sueños, entraban corriendo a la escuela, tratando de evitar las primeras gotas.
Sofía, una niña con coletas rubias y una sonrisa traviesa, llegó corriendo, saltando los charcos que ya se formaban en el patio. "¡Qué lluvia más grande!" exclamó, sacudiendo su paraguas mojado antes de entrar a su clase de segundo grado.
El aula estaba llena de risas y conversaciones. El Sr. Pérez, el maestro, un hombre alto y delgado con una barba canosa, intentaba mantener el orden. "Buenos días, clase. Abran sus libros en la página 25."
Pero nadie podía concentrarse. La lluvia golpeaba las ventanas con tanta fuerza que parecía que alguien estaba tirando piedras. El viento aullaba, haciendo que los árboles del patio se balancearan como bailarines locos.
De repente, un trueno enorme retumbó, haciendo temblar todo el edificio. Un grito ahogado se escuchó desde el fondo del aula. "¡Ay!"
El Sr. Pérez intentó calmar a los niños. "Tranquilos, tranquilos. Es solo un trueno. No hay nada que temer."
Pero la lluvia no paraba. Al contrario, se hacía más y más intensa. Pronto, el patio comenzó a inundarse. El agua subía rápidamente, cubriendo los columpios y los toboganes.
"¡Miren!" gritó Juan, señalando por la ventana. "¡El agua está llegando a la puerta!"
El Sr. Pérez se acercó a la ventana y miró con preocupación. El agua, de color marrón oscuro, lamía el borde inferior de la puerta. "Esto no es bueno," murmuró.
En pocos minutos, el agua comenzó a filtrarse por debajo de la puerta. Los niños chillaron de sorpresa. El Sr. Pérez actuó rápido. "¡Suban todos a las mesas! ¡Rápido!"
Los niños, obedientes, treparon a las mesas, levantando sus pies del suelo mojado. El agua seguía subiendo, ahora cubriendo los tobillos de las mesas.
"Sr. Pérez, ¿qué vamos a hacer?" preguntó Sofía, con los ojos muy abiertos.
El Sr. Pérez intentó mantener la calma, aunque por dentro estaba un poco asustado. "Vamos a esperar a que la lluvia pare," dijo. "Y mientras tanto, cantaremos una canción."
Comenzaron a cantar una canción sobre un barquito, pero sus voces temblaban un poco. La lluvia seguía cayendo, y el agua seguía subiendo.
De repente, sintieron un movimiento. Un movimiento suave, como si estuvieran flotando. Juan gritó: "¡Estamos flotando! ¡La escuela está flotando!"
El Sr. Pérez miró por la ventana y se quedó boquiabierto. ¡Era verdad! La escuela, rodeada de agua, se había desprendido de sus cimientos y estaba flotando como una balsa gigante.
Los niños, al principio asustados, comenzaron a reír. ¡Estaban flotando en su escuela! Era como estar en un barco enorme.
La escuela flotó por las calles inundadas, pasando por casas con techos a medio cubrir, árboles sumergidos y coches que parecían pequeños juguetes. Los niños miraban por las ventanas, saludando a la gente que observaba asombrada desde los balcones.
"¡Estamos navegando!" gritó Sofía, agitando su mano.
La escuela flotó durante horas. Finalmente, la lluvia comenzó a disminuir. El agua, poco a poco, empezó a bajar. Y la escuela, suavemente, volvió a tocar tierra, justo donde había estado antes.
Cuando el agua se hubo retirado por completo, los padres llegaron corriendo a la escuela, preocupados por sus hijos. Al verlos sanos y salvos, abrazaron a sus pequeños con fuerza.
"¡Mamá, papá! ¡Flotamos en la escuela!" gritó Sofía, abrazando a sus padres.
Nadie creía la historia al principio, pero al ver el barro y los escombros alrededor de la escuela, entendieron que algo extraordinario había sucedido.
Al día siguiente, la escuela estaba cerrada para limpiar y reparar los daños. Pero los niños de segundo grado tenían una historia increíble para contar. Una historia sobre la gran lluvia, la escuela flotante y la aventura más emocionante de sus vidas. Y aunque estaban felices de volver a tierra firme, siempre recordarían el día que su escuela flotó, ¡y cómo todos aprendieron a cantar canciones bajo la lluvia! Y el Sr. Pérez se convirtió en el héroe de todos, por mantener la calma y hacer que cantaran. ¡Fue el día que la Escuela Amarilla se convirtió en barco!
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