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Isabel era una madre muy especial. Tenía ocho hijos, ¡una familia enorme! Julio, el mayor, siempre ayudaba a su mamá con los más pequeños. Pero la época más emocionante del año para todos era, sin duda, la Navidad.
Cuando se acercaba diciembre, Isabel comenzaba con los preparativos. Primero, mandaba a hacer vestidos nuevos para sus tres hijas mayores: Ana, Graciela y Julia. La encargada de esta tarea era Nina, la comadre de Isabel y madre de Ana María, una costurera muy talentosa. Nina confeccionaba vestidos hermosos, llenos de volantes y lazos, ¡perfectos para las fiestas! Las niñas los usaban no solo para Navidad y Año Nuevo, sino durante todo el verano, haciéndolas sentir como princesas. Cada año, los vestidos eran de un color diferente: un año eran rojos como las cerezas, otro año azules como el cielo de verano, y otro año verdes como las hojas de los árboles.
Pero la Navidad en casa de Isabel no era solo vestidos nuevos. También era comida deliciosa. Isabel cocinaba durante días. Preparaba empanadas rellenas de carne y aceitunas, pan de Pascua con pasas y nueces, y un pavo enorme, jugoso y dorado. El aroma que salía de la cocina era irresistible y llenaba la casa de un espíritu festivo. Los niños ayudaban a amasar, a decorar y, por supuesto, ¡a probar todo antes de tiempo!
La noche de Navidad, después de la cena, todos se reunían alrededor del árbol de Navidad, que Julio había adornado con luces brillantes y esferas de colores. Cantaban villancicos y se contaban historias. Luego, Isabel decía que era hora de salir a dar un paseo para que el Viejito Pascuero pudiera entrar a la casa sin ser visto. Los niños, emocionados, se ponían sus abrigos y salían a caminar por el vecindario, observando las luces navideñas que adornaban las casas.
Cuando regresaban, la casa estaba en silencio y el árbol de Navidad brillaba aún más. Pero lo más emocionante estaba por venir. Julio, con una sonrisa traviesa, les decía: "¡Llegó el diablito al entretecho de la casa! ¡Vayan a ver!"
Todos los niños corrían al pasillo, donde una escalera conducía al ático. Con cautela, subían los escalones, uno tras otro, llenos de anticipación. Al llegar arriba, encontraban una caja grande, cubierta con papel de regalo brillante. La caja estaba llena de dulces de todo tipo: caramelos, chocolates, galletas y gomitas. ¡Era un festín de dulces para todos los niños!
Los niños gritaban de alegría y se abalanzaban sobre la caja, llenando sus manos con dulces. Se sentaban en el suelo del ático, compartiendo y riendo, disfrutando del regalo del "diablito". Nadie sabía quién ponía la caja de dulces en el ático cada año. Algunos pensaban que era el Viejito Pascuero que no quería ser descubierto, otros creían que era un duende travieso que amaba a los niños. Pero todos estaban de acuerdo en que era un regalo mágico y especial.
Con el paso de los años, los niños crecieron, pero la tradición del "diablito dulcero" continuó. Incluso cuando Ana, Graciela y Julia se casaron y tuvieron sus propios hijos, volvían a casa de Isabel para celebrar la Navidad y esperar la llegada del "diablito". Y Julio, siempre con su sonrisa traviesa, seguía anunciando su llegada, manteniendo viva la magia de la Navidad en familia. La leyenda del "diablito dulcero" se convirtió en una historia que pasaba de generación en generación, un recordatorio del amor, la alegría y la magia que Isabel había creado en su hogar. Los dulces eran deliciosos, pero el verdadero regalo era la unión familiar y el cariño que compartían cada Navidad, gracias a la imaginación de Isabel y la complicidad de Julio. El "diablito dulcero" era, en realidad, el espíritu navideño que vivía en el corazón de cada uno de ellos.
Un año, Ana María, la hija de la costurera Nina, pregunto a su mama: "Mamá, es cierto lo del diablito dulcero?" Nina sonrio y le respondió: "Cariño, algunas magias es mejor no descubrirlas. Lo importante es la alegria que trae a la familia de Isabel. A veces, la magia reside en la fe y en el amor que compartimos."
Y así, la historia del diablito dulcero continuó siendo contada, año tras año, llenando los corazones de todos con la dulce magia de la Navidad.
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