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Gratis · elige una vozTomás tenía seis años y una sonrisa… un poco hueca. Uno de sus dientes de leche, un valiente incisivo inferior, llevaba días tambaleándose. Lo movía con la lengua, lo empujaba con el dedo, y hasta intentó convencer a su perro, Rufo, de que lo jalara (Rufo, por supuesto, solo lo lamió con curiosidad).
"¡Ya quiero que se caiga!" le decía Tomás a su mamá. "¡Así viene el Ratón Pérez!"
Su mamá, con una sonrisa, le explicaba que el Ratón Pérez solo visitaba a los niños que habían sido valientes al perder su diente. "Pero, mamá, ¡yo estoy siendo valiente!", protestaba Tomás, moviendo el diente con más energía.
Un martes por la mañana, mientras comía una manzana crujiente, ¡zas! El diente, finalmente, se rindió. Tomás sintió un pequeño pinchazo y, al morder la manzana, notó algo duro y pequeño entre sus dientes. ¡Era él! ¡Su diente fugitivo!
"¡Mamá, se cayó! ¡Se cayó!" gritó Tomás, corriendo hacia la cocina con la manzana en la mano. Su mamá lo abrazó y le felicitó por su valentía. "¡Ahora hay que guardarlo para el Ratón Pérez!", dijo ella, buscando una cajita pequeña.
Tomás, sin embargo, tenía otros planes. "¡Quiero mostrárselo a Rufo!", exclamó, y salió corriendo al jardín. Rufo, al ver a Tomás, movió la cola con entusiasmo. Tomás le mostró el diente, que parecía diminuto en su mano. Rufo lo olfateó con cuidado y luego lo ignoró, prefiriendo perseguir una mariposa amarilla.
De vuelta en casa, Tomás guardó el diente en una cajita de cerillas que su abuelo le había regalado. La cajita estaba decorada con pequeñas estrellas plateadas y le parecía el lugar perfecto para un diente tan especial. Esa noche, después de cenar su plato favorito, espaguetis con albóndigas, Tomás se cepilló los dientes con mucho cuidado, evitando el hueco donde antes estaba su diente fugitivo.
Antes de acostarse, colocó la cajita debajo de su almohada. Estaba tan emocionado que le costó conciliar el sueño. Imaginaba al Ratón Pérez, un ratoncito elegante con un chaleco a cuadros y un pequeño sombrero, entrando silenciosamente en su habitación. Se preguntaba si el Ratón Pérez dejaría una moneda de oro o quizás un juguete pequeño.
Finalmente, el sueño lo venció. A la mañana siguiente, Tomás se despertó de un salto. ¡Corrió hacia su cama y levantó la almohada! La cajita seguía allí, pero… ¡estaba vacía! En su lugar, había una moneda brillante y reluciente. ¡El Ratón Pérez había venido!
Tomás gritó de alegría y corrió a mostrarle la moneda a su mamá. "¡Mira, mamá! ¡El Ratón Pérez me dejó una moneda!", exclamó, mostrándole la moneda con orgullo. Su mamá lo abrazó y le dijo que era un niño muy afortunado.
Esa mañana, Tomás decidió gastar su moneda en algo especial. Después de pensarlo mucho, fue a la tienda de mascotas con su mamá. Allí, vio un pequeño pez dorado nadando en una pecera. El pez era pequeño y brillante, y Tomás supo de inmediato que quería llevarlo a casa.
"¡Lo quiero! ¡Quiero ese pez!", le dijo a su mamá. Su mamá sonrió y le compró el pez dorado. Tomás lo llamó Estrella, porque brillaba como las estrellas de la cajita donde había guardado su diente.
Tomás cuidó a Estrella con mucho cariño. Le daba de comer escamas de comida para peces, limpiaba su pecera y le hablaba todos los días. Estrella se convirtió en su nuevo mejor amigo. Y, aunque echaba de menos su diente fugitivo, Tomás sabía que el Ratón Pérez le había dejado un regalo maravilloso.
Unos meses después, otro diente de Tomás comenzó a tambalearse. Tomás ya no tenía miedo. Sabía que perder un diente era una señal de que estaba creciendo y que el Ratón Pérez siempre estaría allí para recompensar su valentía. Y, esta vez, ¡estaba pensando en qué animal comprar con el dinero del Ratón Pérez! Quizás… ¡un hámster!
Tomás aprendió que perder dientes no es algo triste, sino una aventura emocionante. Y, aunque al principio se preocupó por su diente fugitivo, al final, el Ratón Pérez le enseñó que a veces, las pequeñas pérdidas pueden traer grandes alegrías.
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