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Mateo era un niño con el pelo como el sol y ojos curiosos como un búho. Le encantaba ir al colegio, pero a veces… a veces, las cosas no salían como él quería. Un día, Luis, un compañero de clase, trajo un dragón de plastilina increíble. Era verde brillante, con escamas rojas y alas doradas. Mateo, al verlo, sintió un volcán dentro de su pecho. ¡Él quería ese dragón! No uno parecido, ¡ese mismo dragón!
Luis estaba muy orgulloso de su creación. Lo había hecho con su abuela el fin de semana. Le mostraba a todos sus amigos, explicando cómo había usado un palillo de dientes para hacer las escamas y purpurina para las alas. Mateo observaba desde lejos, con el ceño fruncido. No entendía por qué Luis tenía ese dragón y él no.
La maestra, la Señorita Elena, notó la expresión de Mateo. Sabía que Mateo a veces tenía dificultades para compartir y controlar sus emociones. Se acercó a él con una sonrisa amable.
"Mateo, ¿te gusta el dragón de Luis?", preguntó la Señorita Elena.
Mateo cruzó los brazos y miró al suelo. "Sí", murmuró, pero en su voz no había alegría, solo frustración.
"Es muy bonito, ¿verdad? Luis ha hecho un gran trabajo", dijo la Señorita Elena. "¿Por qué no le preguntas a Luis si puedes verlo de cerca? Quizás incluso te deje tocarlo."
Pero Mateo no quería "verlo de cerca" o "tocarlo". ¡Él quería tenerlo! En su mente, el dragón ya era suyo. Empezó a sentir calor en las mejillas y un nudo en el estómago.
En lugar de hablar con Luis, Mateo se acercó a él y, sin decir una palabra, intentó arrebatarle el dragón de las manos. Luis, sorprendido, lo sujetó con fuerza. El dragón se rompió un poco en la lucha. Luis empezó a llorar.
La Señorita Elena rápidamente intervino. Separó a Mateo y a Luis, y con voz suave pero firme, le dijo a Mateo: "Mateo, ¡eso no está bien! No puedes quitarle las cosas a los demás. Luis estaba jugando con su dragón. Has hecho daño a Luis y a su dragón."
Mateo se sintió avergonzado, pero aún así, una parte de él seguía pensando que el dragón *debía* ser suyo. Se cruzó de brazos con más fuerza y miró hacia otro lado.
La Señorita Elena le explicó a Luis que Mateo no lo había hecho con mala intención, pero que debía aprender a controlar sus impulsos. Luego, se arrodilló frente a Mateo.
"Mateo, entiendo que te guste mucho el dragón", dijo la Señorita Elena. "Pero quitarle las cosas a los demás no es la forma de conseguir lo que quieres. Cuando sientes estas emociones fuertes, como la envidia o la frustración, es importante hablar de ellas. ¿Quieres contarme cómo te sientes?"
Mateo negó con la cabeza. No sabía cómo explicar lo que sentía. Era como un torbellino de rabia, tristeza y deseo.
La Señorita Elena le sugirió que respirara hondo tres veces. "A veces, respirar profundamente puede ayudarte a calmarte", le explicó. Mateo lo intentó, pero no funcionó de inmediato. El nudo en su estómago seguía ahí.
"¿Qué tal si intentamos hablar con Luis?", propuso la Señorita Elena. "Puedes pedirle disculpas por intentar quitarle el dragón. Y quizás, si te calmas, Luis esté dispuesto a compartirlo contigo por un rato."
Mateo, aunque reacio, asintió. Se acercó a Luis, quien todavía estaba un poco triste, y le dijo en voz baja: "Lo siento por intentar quitarte tu dragón."
Luis lo miró con desconfianza. "Lo rompiste un poco", dijo.
"Lo sé", respondió Mateo. "¿Puedo ayudarte a arreglarlo?"
Luis dudó por un momento, pero luego asintió. Juntos, con la ayuda de la Señorita Elena, lograron arreglar el dragón. No quedó perfecto, pero al menos ya no estaba roto.
Después de arreglar el dragón, Luis, sintiéndose un poco más generoso, le ofreció a Mateo jugar con él por unos minutos. Mateo aceptó con una sonrisa tímida. Jugaron juntos a que el dragón volaba por el aula, luchando contra monstruos imaginarios. Mateo se dio cuenta de que compartir era mucho más divertido que simplemente tener el dragón para él solo.
Ese día, Mateo aprendió una lección importante. Aprendió que quitar las cosas a los demás no lo hacía feliz, sino que solo causaba problemas. Aprendió que hablar de sus emociones era mucho mejor que guardárselas para sí mismo. Y, lo más importante, aprendió que compartir podía ser muy divertido, ¡incluso con un dragón de plastilina!
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