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Gratis · elegí una vozTomás era un niño como cualquier otro. Le gustaba jugar al fútbol, construir castillos con bloques y comer helado de fresa. Pero Tomás tenía un problema: ¡tenía un dragón dentro! No era un dragón de verdad, claro, sino una sensación ardiente que aparecía cuando se enfadaba. Cuando alguien lo molestaba, o cuando las cosas no salían como él quería, el dragón se despertaba y Tomás hacía cosas que luego lamentaba.
Un día, en el parque, Tomás estaba construyendo el castillo más grande que jamás había hecho. Usaba cubetas, palas y hasta algunas hojas que encontró en el suelo. Estaba tan concentrado que no se dio cuenta cuando Sofía, una niña un poco mayor que él, se acercó corriendo y, sin querer, ¡pisó una de las torres! El castillo se derrumbó.
El dragón de Tomás despertó al instante. Sintió una llamarada en su pecho y sus manos se cerraron en puños. "¡Destruiste mi castillo!" gritó Tomás, empujando a Sofía. La niña, sorprendida, perdió el equilibrio y cayó al suelo, raspándose la rodilla.
Tomás, al verla llorar, sintió un pinchazo de remordimiento. El dragón se había calmado un poco, pero el daño ya estaba hecho. Un señor que estaba cerca los vio y se acercó. "Tomás," dijo el señor con voz suave, "eso no estuvo bien. Cuando te enfadas, es importante que respires hondo y pienses antes de actuar."
Tomás, avergonzado, bajó la cabeza. El señor ayudó a Sofía a levantarse y le limpió la rodilla con un pañuelo. Luego, le dijo a Tomás: "Pídele disculpas a Sofía."
Le costó mucho, pero Tomás se acercó a Sofía y, con la voz temblorosa, dijo: "Lo siento, Sofía. No quería empujarte."
Sofía, aunque todavía le dolía la rodilla, lo perdonó. "Está bien," dijo, secándose las lágrimas. "Pero la próxima vez, por favor, no me empujes."
El señor sonrió. "Ahora, ¿por qué no reconstruyen el castillo juntos?" sugirió.
Al principio, Tomás se resistió un poco. Todavía estaba enojado por lo del castillo, pero al final aceptó. Trabajaron juntos, poniendo cada bloque con cuidado. Sofía tuvo una idea para hacer un foso alrededor del castillo, y Tomás la ayudó a cavar. Juntos, construyeron un castillo aún más impresionante que el anterior.
Otro día, Tomás estaba jugando al fútbol con sus amigos. Era un partido muy importante y Tomás quería ganar a toda costa. Pero no estaba jugando muy bien. Falló varios pases y no logró meter ningún gol. Empezó a sentirse frustrado. El dragón empezaba a despertar.
Cuando uno de sus amigos, Lucas, le quitó el balón y marcó un gol, Tomás explotó. "¡Eso no vale!" gritó. "¡Hiciste trampa!"
Lucas se defendió: "¡No hice trampa! Simplemente soy mejor que tú."
Tomás, furioso, intentó quitarle el balón a Lucas de manera brusca. Los dos empezaron a forcejear y cayeron al suelo. Los demás niños los separaron.
"¡Ya basta, Tomás!" dijo Ana, una de sus amigas. "Siempre haces lo mismo cuando pierdes. No es justo."
Tomás se sintió avergonzado de nuevo. Sabía que Ana tenía razón. Su dragón lo controlaba demasiado a menudo. Se sentó en el banco, solo, y sintió cómo la frustración y la culpa lo invadían.
Esa noche, Tomás le contó a su mamá lo que había pasado. Su mamá lo escuchó con atención y luego le dijo: "Tomás, es normal enfadarse. Todos nos enfadamos a veces. Pero es importante aprender a controlar ese enojo. El dragón no tiene que ser tu amo. Tú puedes ser el amo del dragón."
Le enseñó a Tomás una técnica sencilla: cuando sintiera que el dragón se despertaba, debía respirar hondo y contar hasta diez. Y si eso no funcionaba, debía alejarse de la situación y hablar con alguien sobre cómo se sentía.
Tomás empezó a practicar la técnica de su mamá. Al principio, le costaba mucho. A veces, el dragón era demasiado fuerte. Pero poco a poco, fue aprendiendo a controlarlo. Cuando sentía que se enfadaba, respiraba hondo, contaba hasta diez, y pensaba en cosas que lo hacían feliz: su perro, su helado de fresa favorito, los castillos que construía.
Un día, jugando al fútbol de nuevo, Lucas le quitó el balón y marcó un gol. Tomás sintió la frustración, pero esta vez, respiró hondo. Contó hasta diez. Y luego, en lugar de gritar, le dijo a Lucas: "Buen gol, Lucas. Jugaste muy bien."
Lucas se sorprendió. "Gracias, Tomás," dijo. "Tú también estás jugando bien."
Tomás sonrió. Había logrado controlar a su dragón. Ya no era el dragón quien lo controlaba a él. Había aprendido que, aunque el dragón siempre estaría allí, dentro de él, él era quien decidía si dejarlo salir o no. Y ahora, la mayoría de las veces, elegía mantenerlo dormido. Prefería construir castillos, jugar al fútbol y comer helado de fresa con sus amigos, sin el dragón arruinando la diversión.
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