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Gratis · elegí una vozEn un reino lejano, donde las montañas se alzaban como gigantes dormidos y los ríos cantaban melodías cristalinas, vivía un dragón llamado Draco. Draco no era un dragón como los demás. En lugar de escupir fuego abrasador, roncaba melodías suaves y prefería dormir siestas largas bajo el sol cálido. Su cueva, en la cima de la Montaña Roncador, estaba llena de almohadas suaves y mantas de colores en lugar de oro y tesoros.
En el mismo reino, en un pueblo pintoresco llamado Villa Dulce, vivía un guerrero llamado Bartolomé. Bartolomé no era un guerrero típico. Era, digamos, un poco gordito. Pero lo que le faltaba en músculos, lo compensaba con creces con su gran corazón y su amor por los pastelitos de fresa. Todos en Villa Dulce lo querían por su amabilidad y su risa contagiosa.
Un día, una terrible noticia llegó a Villa Dulce. ¡El Dragón Roncador había dejado de roncar! Sin el ronquido suave de Draco, las flores no florecían, los ríos no cantaban y el sol parecía menos brillante. El rey, preocupado, ofreció una recompensa a quien pudiera despertar al dragón. Muchos guerreros valientes intentaron, pero todos fracasaron. Algunos intentaron gritarle, otros tocaron tambores fuertes, pero nada funcionó. Draco seguía durmiendo profundamente.
Bartolomé, a pesar de su figura redonda, sintió un llamado a la aventura. Empacó una cesta llena de pastelitos de fresa, su espada (que usaba más como soporte que como arma) y partió hacia la Montaña Roncador. El camino era largo y empinado, y Bartolomé tuvo que detenerse a menudo para descansar y comer un pastelito.
Finalmente, llegó a la cueva de Draco. Vio al enorme dragón dormido, rodeado de almohadas y mantas. Bartolomé se acercó con cautela. Intentó hablarle, pero Draco no se movió. Entonces, a Bartolomé se le ocurrió una idea. Recordó que su abuela siempre le decía que el aroma de los pastelitos de fresa podía despertar a un oso dormido. ¡Quizás funcionaría con un dragón dormilón!
Bartolomé sacó un pastelito de fresa de su cesta y lo colocó justo debajo de la nariz de Draco. El dulce aroma de la fresa flotó en el aire. Al principio, nada sucedió. Pero luego, la nariz de Draco comenzó a temblar. Sus ojos se abrieron lentamente, revelando un par de ojos dorados y soñolientos.
"¿Pastelitos?" murmuró Draco con voz ronca.
Bartolomé sonrió. "¡Sí, pastelitos de fresa! Los mejores de Villa Dulce."
Draco se incorporó, estirándose y bostezando. "Hace mucho que no como pastelitos. ¿Por qué dejé de roncar?"
"Sin tu ronquido, el reino está triste," explicó Bartolomé. "Las flores no florecen, los ríos no cantan..."
Draco se sintió muy mal. "¡Oh, no! No quería causar problemas. Simplemente estaba muy cansado."
Bartolomé le ofreció otro pastelito. "Tal vez un pastelito te ayude a recuperar tu ronquido."
Draco tomó el pastelito y lo devoró en un solo bocado. Luego, cerró los ojos y respiró hondo. Lentamente, un suave ronquido comenzó a salir de su garganta. Al principio, era débil, pero luego se hizo más fuerte, más melodioso. El ronquido llenó la cueva y se extendió por todo el reino.
Las flores comenzaron a florecer, los ríos comenzaron a cantar y el sol brilló con más intensidad. La gente de Villa Dulce vitoreó al escuchar el ronquido familiar. Bartolomé y Draco se hicieron grandes amigos. Bartolomé visitaba a Draco a menudo, llevando pastelitos de fresa. Draco, a su vez, protegía Villa Dulce con su suave ronquido, asegurándose de que el reino siempre estuviera lleno de alegría y felicidad. Bartolomé aprendió que la valentía no siempre se trata de fuerza física, sino de tener un corazón bondadoso y una cesta llena de pastelitos. Y Draco aprendió que incluso un dragón dormilón puede ser un héroe, siempre y cuando tenga un amigo gordito que le lleve pastelitos de fresa. Y así, el Dragón Dormilón y el Guerrero Gordito vivieron felices para siempre, llevando alegría y felicidad a su reino.
Un día, el rey le dio una medalla a Bartolomé, pero Bartolomé la cambió por una receta especial de pastelitos de fresa aún más deliciosos. Y Draco siguió roncando melodías hermosas, asegurándose de que todos durmieran bien y tuvieran dulces sueños. La gente de Villa Dulce siempre recordaría la valentía del guerrero gordito y la bondad del dragón dormilón.
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