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Gratis · elige una vozEn un bosque verde y lleno de secretos, vivía un duende llamado Pipo. Pipo no era un duende malo, ¡pero era muy, muy travieso! Le encantaba hacer bromas y su mayor diversión era esconder objetos brillantes. Una noche, la luna brillaba con tanta fuerza que Pipo, sintiéndose especialmente juguetón, decidió que necesitaba una nueva aventura.
Miró a través de las hojas de los árboles y vio una pequeña casa con una ventana entreabierta. "¡Perfecto!", pensó Pipo, con una sonrisa picarona. Entró sigilosamente en la casa y, en una cuna, vio a un niño pequeño durmiendo plácidamente. El niño, llamado Mateo, tenía el cabello rubio como el sol y las mejillas rosadas.
En lugar de esconder algo, a Pipo se le ocurrió una idea aún más traviesa. Con mucho cuidado, levantó a Mateo de la cuna. Mateo, medio dormido, abrió sus grandes ojos azules y miró al duende. Pipo le hizo una mueca divertida, y Mateo, en lugar de llorar, ¡rió! A Pipo le sorprendió mucho que el niño no tuviera miedo.
El duende salió por la ventana con Mateo en brazos y lo llevó al bosque. No tenía intención de hacerle daño; solo quería jugar un rato. Corrieron entre los árboles, vieron luciérnagas brillantes y escucharon el canto de los grillos. Mateo reía a carcajadas, disfrutando de la aventura nocturna.
Mientras tanto, en la casa, la mamá de Mateo, Sofía, se despertó y fue a ver a su hijo. ¡La cuna estaba vacía! Sofía gritó de terror. Buscó por toda la casa, pero Mateo no estaba por ninguna parte. Desesperada, salió corriendo a la calle, llamando a su hijo a gritos.
Los vecinos, alarmados por los gritos de Sofía, salieron de sus casas para ayudar a buscar a Mateo. La noticia llegó rápidamente al pueblo, y pronto, todo el mundo estaba buscando al niño perdido.
Pipo, al ver la agitación en el pueblo, se dio cuenta de que su broma había ido demasiado lejos. Vio a Sofía llorando desconsoladamente y sintió un gran remordimiento. “¡Oh, no!”, pensó Pipo. “¡He metido la pata!”.
Con cuidado, llevó a Mateo de vuelta a la ventana de su casa. Sofía, todavía buscando desesperadamente, vio a Pipo colocando a Mateo en la cuna. Corrió hacia la ventana y abrazó a su hijo con fuerza. Estaba tan aliviada que no le importó ver al duende.
Pipo, sintiéndose culpable, desapareció entre los árboles. Sofía, con Mateo en brazos, regresó a su casa. El niño, aunque un poco asustado, no dejaba de reírse y señalar hacia la ventana, como si recordara la divertida aventura con el duende.
Al día siguiente, Sofía, preocupada por el susto de Mateo, decidió llevarlo a ver a Doña Elena, la curandera del pueblo. Doña Elena era una anciana sabia y amable, conocida por sus remedios naturales y su capacidad para calmar los miedos de los niños.
Doña Elena examinó a Mateo y le dio un té de hierbas dulces. Le contó historias de hadas y duendes buenos, y le aseguró que los duendes traviesos a veces aprenden la lección. Mateo, poco a poco, se fue relajando.
Doña Elena le dio a Sofía una bolsita con hierbas aromáticas para colocar debajo de la almohada de Mateo. “Esto le ayudará a dormir tranquilo y a olvidar el susto”, le dijo Doña Elena.
Esa noche, Mateo durmió profundamente. Soñó con luciérnagas brillantes y árboles gigantes, pero ya no sentía miedo. Sofía, aliviada, vigiló a su hijo toda la noche.
Al día siguiente, Sofía regresó al bosque con una cesta llena de frutas y dulces. Los dejó al pie de un árbol grande, esperando que Pipo los encontrara. Quería agradecerle por haber devuelto a Mateo, aunque la broma había sido muy mala.
Pipo, escondido entre las ramas, vio la cesta y sintió una gran alegría. Aprendió que las bromas pueden tener consecuencias y que es importante pensar en los sentimientos de los demás. Decidió que, a partir de ahora, sus travesuras serían más amables y menos peligrosas.
Y así, Pipo el duende travieso se convirtió en un duende un poco más responsable, y Mateo, el niño asustado, aprendió que incluso las cosas más aterradoras pueden convertirse en una aventura divertida, siempre y cuando tengas una mamá que te ame con todo su corazón. Desde ese día, Mateo siempre miraba por la ventana, esperando ver a su amigo el duende, aunque sabía que Pipo ahora era más cuidadoso con sus travesuras.
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