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Una tarde como cualquier otra, la abuela de Miguel le hablaba acerca de los beneficios de comer frutas, verduras y tomar agua potable. "¡Siempre me dices lo mismo y no me dejas comer lo que quiero!", respondió Miguel, cruzado de brazos y con un mohín en la cara. La abuela suspiró, pero no dijo nada más.
Por la noche, a punto de dormir, Miguel continuaba enfadado. "¡Ojalá pudiera comer y beber todo lo que yo quisiera!", murmuró en voz baja, casi para sí mismo. Poco a poco, sus ojos se fueron cerrando y, en sus sueños, comenzó a ver el mundo como siempre lo había imaginado: un lugar mágico donde no existían reglas sobre la comida. La única regla que había era: "Come y bebe todo lo que desees".
¡Y Miguel no perdió ni un segundo! Recorría calles empedradas hechas de galletas de chocolate, ríos de refresco burbujeante y montañas de algodón de azúcar. En cada esquina, había un festín esperándolo. Degustaba chocolates de todos los sabores, dulces pegajosos y gomitas de colores brillantes. Probaba paletas gigantes con formas divertidas y crujientes chicharrones salados. Se atiborraba de papas fritas con salsas cremosas y bebía litros y litros de refresco y jugos envasados de frutas que nunca había visto antes. ¡Todo era perfecto! ¡Era el paraíso para un niño goloso!
En su camino, veía a otros niños disfrutando de la misma libertad. Todos reían y corrían, cubiertos de chocolate y mermelada. No había ni una verdura a la vista, ni una fruta jugosa, ni siquiera una botella de agua. Solo dulces, golosinas y bebidas azucaradas.
De pronto, a lo lejos, Miguel vio a una persona sentada en un banco hecho de caramelos. Se dirigió a ella con curiosidad. "Abuela, ¿qué haces aquí?", exclamó Miguel al reconocerla. Su abuela se veía pálida y cansada. "¡Qué te sucedió!", preguntó, preocupado.
Su abuela lo miró con tristeza. "No me siento nada bien, Miguelito", respondió con voz débil. "Comí todos los dulces que quise y bebí refrescos hasta no poder más. Al principio fue divertido, pero ahora mi estómago duele mucho y me siento muy mareada".
Después añadió, con un suspiro: "Ahora es necesario que imagines un hospital, Miguel. Uno grande y con muchos doctores, porque tengo que ir allá. Necesito ayuda".
Al escuchar esas palabras, el sueño de Miguel comenzó a transformarse en una pesadilla. Las calles de galleta se volvieron pegajosas y difíciles de caminar. Los ríos de refresco se sentían pesados y amargos. El algodón de azúcar le provocaba náuseas. La alegría de los otros niños se convirtió en un griterío ensordecedor.
Miguel se sentía atrapado en un mundo de azúcar y culpa. La imagen de su abuela enferma lo atormentaba. Desesperado, intentó escapar de ese lugar, pero cada paso que daba lo hundía más en la pesadilla.
Finalmente, con un grito ahogado, Miguel despertó. Estaba sudado y con el corazón latiendo con fuerza. Miró a su alrededor, aliviado de estar de nuevo en su habitación. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando los libros y juguetes que lo rodeaban.
Se sentó en la cama, tratando de calmar su respiración. El sabor dulce y empalagoso de su sueño aún persistía en su boca, pero ahora le resultaba desagradable. Recordó la imagen de su abuela enferma y sintió un nudo en el estómago.
"¿Qué me pasaría si sigo comiendo de manera excesiva dulces, golosinas, refrescos y demás productos dañinos para la salud?", se preguntó Miguel en voz alta. La respuesta le llegó como un rayo: ¡terminaría como su abuela en el sueño, enfermo y sufriendo!
Miguel se levantó de la cama y caminó hacia la cocina. Abrió el refrigerador y vio una jugosa manzana roja en el estante de las frutas. La tomó y le dio un mordisco. El sabor dulce y refrescante de la manzana lo llenó de energía y bienestar.
Luego, llenó un vaso con agua fresca y lo bebió de un trago. Se sintió mucho mejor. Decidió que a partir de ese día, escucharía los consejos de su abuela y cuidaría su salud. Sabía que comer frutas, verduras y beber agua era la mejor forma de mantenerse fuerte y sano.
Al día siguiente, cuando su abuela volvió a hablarle sobre la importancia de una alimentación saludable, Miguel la interrumpió. "Tienes razón, abuela", dijo con una sonrisa. "Quiero estar sano y fuerte para jugar contigo por mucho tiempo". La abuela lo abrazó con cariño, feliz de ver que su nieto había aprendido la lección. Y desde ese día, Miguel disfrutó de sus dulces y golosinas con moderación, sabiendo que la verdadera dulzura estaba en la salud y el bienestar.
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