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El aire de la ciudad estaba impregnado de una mezcla densa de incienso, cera quemada y el aroma dulce del azahar que anunciaba la llegada de la primavera. Para Deva, una niña de diez años de ojos vivaces y cabello oscuro, aquel no era un día cualquiera. Era Viernes Santo, y el eco de los tambores ya retumbaba en las estrechas calles empedradas. Deva ajustó con cuidado su túnica de terciopelo morado, sintiendo el peso familiar de la tela y la suavidad de la capa blanca que caía sobre sus hombros. En sus manos, su tesoro más preciado: una trompeta dorada que brillaba bajo el sol de la tarde.
Formar parte de la banda de cornetas y tambores era un honor que Deva se había ganado a base de horas de ensayo y pulmones entregados a la música. Sin embargo, aquel año la procesión se sentía diferente. El capillo, esa pieza cónica y solemne que cubría su cabeza, hoy le apretaba más de lo habitual. Mientras la banda se posicionaba frente a la majestuosa catedral, cuyas torres de piedra parecían tocar el cielo, Deva sintió la primera punzada de dolor detrás de sus ojos. Intentó ignorarlo, concentrándose en la partitura que latía en su memoria, pero el estruendo de la percusión comenzó a martillear en sus sienes con una intensidad insoportable.
Cerca de ella caminaba Eva, una joven de veinte años que era, para Deva, lo más parecido a una hermana mayor dentro de la banda. Eva desprendía una calma contagiosa; siempre tenía una palabra de aliento antes de empezar y una sonrisa de complicidad cuando una nota salía perfecta. Al pasar frente a la gran puerta del perdón de la catedral, Eva, con su aguda sensibilidad, notó que algo no iba bien. Observó que los dedos de Deva temblaban ligeramente sobre los pistones de la trompeta y que su paso, habitualmente firme y rítmico, se había vuelto vacilante.
Eva aprovechó un breve silencio entre marchas procesionales para acercarse a la niña. A pesar de que el protocolo de la procesión exigía una seriedad absoluta, Eva sabía que la humanidad siempre debe estar por encima de la rigidez. Se inclinó hacia Deva y, con un susurro que solo ellas dos pudieron compartir bajo el refugio de sus capillos, le preguntó:
—Deva, pequeña, ¿qué ocurre? Tu música suena triste hoy.
La niña, aliviada por haber sido vista, confesó con voz quebrada:
—Eva, me duele muchísimo la cabeza. El ruido y el sol... siento que la catedral da vueltas.
Eva no lo dudó ni un segundo. A pesar de que estaban en el punto más crítico del recorrido, donde miles de ojos observaban su paso, su prioridad absoluta fue el bienestar de su amiga. Hizo una señal discreta a David, el director de la banda. David, un hombre alto y de mirada noble que además era el novio de Eva, se acercó de inmediato. Su papel como director era guiar la música, pero su verdadera vocación era cuidar de su grupo como si fuera una familia.
Cuando David se enteró de lo que le pasaba a la pequeña trompetista, su expresión de concentración profesional se transformó en una de profunda preocupación paternal. Sin que el público notara el pequeño revuelo, David y Eva coordinaron un plan. David pidió a los compañeros de la fila de atrás que cubrieran el espacio de Deva, mientras Eva la guiaba hacia un rincón sombreado junto a los muros de piedra de la catedral.
—No te preocupes por la marcha, Deva —le dijo David con suavidad—. La banda seguirá sonando, pero tú eres nuestra nota más importante y no podemos dejar que sufras. Descansa aquí con Eva.
Eva ayudó a Deva a quitarse el capillo para que pudiera respirar el aire fresco. Le ofreció agua y le aplicó un paño fresco en la frente que había guardado en su pequeño bolso de procesión. Durante casi media hora, mientras el desfile continuaba su curso lento y solemne, Eva se quedó al lado de Deva, contándole historias en voz baja para distraerla del dolor, recordándole que su valor no dependía de si terminaba o no el recorrido, sino de su pasión y su esfuerzo.
David, desde su puesto de director, lanzaba miradas constantes hacia el rincón donde estaban, asegurándose con gestos de que todo estuviera bajo control. Al ver que Deva empezaba a recuperar el color y que el dolor remitía gracias al descanso y al cuidado de Eva, David sintió una oleada de orgullo. No era el orgullo de una interpretación perfecta, sino el de saber que su banda era un lugar donde nadie se quedaba atrás.
Finalmente, cuando la procesión estaba a punto de enfilar la última calle, Deva se puso en pie. Se sentía mucho mejor, no solo por el agua y la sombra, sino por el inmenso calor humano que había recibido. Eva la ayudó a colocarse de nuevo la túnica y, juntas, se reintegraron a la banda bajo la mirada aprobatoria de David.
Aquella noche, mientras las últimas luces de los cirios se apagaban y el silencio regresaba a la catedral, Deva comprendió algo fundamental. La música que tocaban era hermosa, sí, pero la verdadera armonía no estaba en las cornetas, sino en la amabilidad de Eva y en la protección de David. Había aprendido que ser grande no significa ser invencible, sino tener el valor de pedir ayuda y la suerte de estar rodeada de personas que eligen la bondad por encima del deber.
La bondad es la melodía que hace que cualquier carga sea más ligera.
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