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Cuando Nadia y su hermano Elías acamparon cerca del Bosque Rojo, los lugareños solo les dijeron una frase: “Si escuchan su voz, no respondan.” Nadia, con sus coletas rebeldes y su espíritu aventurero, sonrió con incredulidad. Elías, más cauteloso y apegado a los libros, asintió gravemente. No entendían la advertencia, pero prometieron tener cuidado. El Bosque Rojo era conocido por sus árboles de hojas carmesí y sus silencios inquietantes. Algunos decían que estaba embrujado.
Esa noche, acurrucados en su tienda de campaña, el viento se detuvo. El silencio se hizo denso, casi palpable. De repente, desde la oscuridad, algo llamó a Nadia. Era una voz suave, familiar, la voz exacta de Elías: “Nadia… tengo miedo… ven.”
Nadia se sobresaltó. Miró a su lado. Elías dormía profundamente, con el rostro sereno iluminado por la luz de la luna que se filtraba por la tienda. Sin embargo, la voz era inconfundible. Era él. Dudó un instante, recordando la advertencia de los lugareños. Pero el miedo en la voz de su hermano era demasiado real para ignorarlo.
Con cuidado de no despertarlo, Nadia se deslizó fuera del saco de dormir. Salió de la tienda y se adentró en la oscuridad del bosque. La voz la guio, suave pero insistente, entre los árboles de hojas rojas. Cada paso era una invitación, un eco familiar que resonaba en su corazón. El bosque parecía observarla, las sombras danzando a su alrededor como espectros silenciosos.
Elías despertó sintiéndose solo. La tienda estaba vacía. El pánico le invadió el pecho. “¡Nadia!”, gritó, pero solo el silencio del bosque le respondió. Recordó la advertencia, la frase escalofriante que les habían dicho los lugareños. El miedo se convirtió en terror. Tomando una linterna, salió de la tienda y siguió las huellas de su hermana, débiles pero visibles en la tierra húmeda.
Las huellas la llevaban hacia el corazón del bosque, a un lugar donde la luz de la luna apenas penetraba. Llegó a un claro, donde el silencio pesaba como una tumba. El suelo estaba cubierto de hojas negras, húmedas por la escarcha. Un olor a tierra mojada y algo más… algo metálico… flotaba en el aire. Entre las hojas, las huellas de Nadia se detenían abruptamente frente a una roca manchada con algo oscuro.
Elías avanzó con el corazón apretado, sintiendo que el aire se volvía más frío. La linterna temblaba en su mano. Y entonces la vio. El cuerpo de su hermana yacía entre las raíces de un árbol retorcido, un árbol anciano y nudoso que parecía extender sus ramas como garras. Los ojos de Nadia estaban abiertos, vacíos, mirando el cielo gris. Su piel estaba pálida, casi translúcida, como si la vida se hubiera escapado de ella. Su boca parecía congelada en un grito que nunca terminó.
Elías cayó de rodillas, un grito ahogado escapando de su garganta. No podía creer lo que veía. Era Nadia, pero no era ella. Había algo… algo fundamentalmente mal. A su alrededor, las hojas se movían sin viento, un susurro sordo y amenazante.
De la sombra del bosque, una figura se alzó lentamente. Era alta y esbelta, vestida con las mismas ropas que Nadia llevaba esa noche. Tenía la forma exacta de Nadia, con la misma voz, el mismo rostro, pero sus ojos eran completamente negros, pozos oscuros sin luz ni alma.
Elías dio un paso atrás, tropezando con una raíz. El terror lo paralizó. La copia sonrió, una sonrisa fría y antinatural que no reflejaba ninguna emoción humana. Y con la voz de su hermana, la voz que amaba y reconocía, susurró: “Te dije que me siguieras…”
Elías gritó, un grito que resonó por todo el Bosque Rojo. La copia de Nadia extendió una mano hacia él, sus dedos largos y huesudos. Elías supo, en lo más profundo de su ser, que esa no era su hermana. Era algo más… algo oscuro y terrible que había tomado su forma.
Corrió. Corrió tan rápido como pudo, sin mirar atrás, con la voz de su hermana persiguiéndolo en sus sueños. Corrió hasta salir del Bosque Rojo, hasta que el sol de la mañana le quemó los ojos y le devolvió la esperanza. Nunca volvió a acampar cerca del Bosque Rojo. Nunca olvidó la voz de las sombras y la advertencia de los lugareños. Y siempre, en sus pesadillas, escuchaba el eco oscuro del bosque, la voz de Nadia susurrando: “Te dije que me siguieras…” Desde entonces Elías supo que algunos secretos es mejor dejarlos donde están, enterrados en la oscuridad, para no despertar aquello que duerme en las sombras. Aprendió que la curiosidad puede ser una trampa mortal, y que a veces, la valentía implica alejarse y no mirar atrás.
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