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Gratis · elige una vozHabía una vez, en la vereda Caí, en el Tolima, un grupo de jóvenes corazones. La mayoría eran niños y niñas con ojos llenos de sueños, pero con pocas herramientas para convertirlos en realidad. No tenían muchos juguetes sofisticados ni actividades organizadas para llenar sus días. Muchos, demasiado tiempo, lo pasaban en las calles, expuestos a los peligros y a la influencia de personas no tan buenas.
Un día, un rayo de esperanza llegó en la forma de Juan. Juan era un niño como los demás, sencillo y bondadoso. Su mamá, al ver su tristeza por la falta de juegos, le prestó un elástico largo y resistente. Juan, al ver a sus amigos aburridos, sentados en las aceras polvorientas, tuvo una brillante idea.
"¡Hey! ¡Tengo un elástico! ¿Quieren jugar?", gritó Juan con entusiasmo, agitando el elástico en el aire.
Al principio, sus amigos lo miraron con curiosidad. No entendían qué se podía hacer con un simple elástico. Pero la energía contagiosa de Juan y la promesa de algo diferente los atrajeron.
"¿A qué vamos a jugar?", preguntó Sofía, una niña de trenzas largas y mirada curiosa.
"¡Vamos a jugar al chicle americano!", respondió Juan con una sonrisa. "Yo les enseño."
Juan les explicó las reglas del juego. Dos niños sostenían el elástico alrededor de sus tobillos, formando un rectángulo. Los demás saltaban dentro y fuera del elástico, siguiendo una secuencia específica de movimientos. A medida que los jugadores se volvían más hábiles, el elástico se elevaba: primero a las rodillas, luego a la cintura, y finalmente, ¡hasta el cuello! Saltar con el elástico a la altura del cuello era un desafío que requería agilidad y coordinación.
Al principio, los saltos eran torpes y las risas abundaban. Muchos tropezaban y caían, pero se levantaban rápidamente, sin desanimarse. Juan, con paciencia y alegría, animaba a sus amigos a seguir intentándolo.
Poco a poco, el juego del chicle americano se convirtió en una tradición en la vereda Caí. Todos los días, al salir de la escuela, los niños corrían al punto de encuentro, ansiosos por saltar y reír juntos. El elástico, antes un simple objeto, se había transformado en un símbolo de amistad, alegría y esperanza.
Pero Juan no se detuvo ahí. Él sabía que muchos de sus amigos no tenían acceso a una buena alimentación. A veces, llegaban al juego con el estómago vacío. Entonces, tuvo otra idea brillante.
"¿Qué les parece si cada uno trae un pedazo de pan o una fruta para compartir?", propuso Juan un día. "Al final del juego, entregaremos la comida al ganador."
A sus amigos les encantó la idea. No solo tendrían un incentivo para jugar mejor, sino que también ayudarían a aquellos que más lo necesitaban. Así, cada día, los niños llegaban al juego con un pequeño tesoro en sus manos: un pedazo de pan, una manzana, una naranja, un puñado de uvas. La competencia se volvió más emocionante y el espíritu de comunidad se fortaleció.
El juego del chicle americano no solo les brindaba diversión y actividad física, sino que también les enseñaba valores importantes como la amistad, la solidaridad y el trabajo en equipo. Los niños aprendieron a apoyarse mutuamente, a celebrar los éxitos de los demás y a compartir lo que tenían.
Con el tiempo, la vereda Caí se transformó. La alegría y las risas de los niños llenaron las calles. El elástico mágico de Juan había tejido una red de amistad y esperanza, protegiendo a los niños de los peligros de la calle y brindándoles un espacio seguro y divertido para crecer. El juego del chicle americano se convirtió en una parte integral de sus vidas, un recuerdo precioso que atesorarían para siempre. Aprendieron que la felicidad no dependía de tener muchos juguetes, sino de compartir momentos especiales con amigos verdaderos.
Y colirín colorado, este cuento se ha terminado.
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