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Gratis · elige una vozEn un mundo que ya no reconocían, los dioses, antes majestuosos y venerados, se escondían a plena vista. La humanidad, hambrienta de poder y longevidad, había descubierto que los órganos divinos contenían la llave a una vida extraordinariamente larga. La cacería comenzó. Los templos se derrumbaron, los altares fueron profanados, y las deidades, despojadas de su gloria, se vieron obligadas a huir.
Existía una regla inviolable: si un dios mataba a un humano, perdía su inmortalidad y su conexión con la naturaleza. Convertirse en un simple mortal era un destino peor que la muerte para muchos.
Entre ellos se encontraba Iris, la diosa del arcoíris. Antes, su sola presencia iluminaba el cielo con colores vibrantes. Ahora, vestía harapos y caminaba descalza, intentando no llamar la atención en las bulliciosas calles de la ciudad. Su poder se había reducido a pequeñas ráfagas de color que utilizaba para distraer a los cazadores.
Un día, mientras buscaba comida en un mercado abandonado, Iris se encontró con dos niños: Sofía, de ojos curiosos y cabello castaño, y Tomás, un chico tímido que siempre se escondía detrás de su hermana. Ambos estaban sucios y hambrientos.
"¿Estás bien, señora?", preguntó Sofía, con una voz suave.
Iris, sorprendida, se dio cuenta de que los niños no la reconocían como una diosa. "Sí, estoy bien. Solo estoy buscando algo para comer", respondió.
Tomás, tímidamente, le ofreció un pedazo de pan duro que había encontrado. "Nosotros también tenemos hambre, pero podemos compartir", dijo.
El corazón de Iris se conmovió. A pesar de su propia miseria, estos niños mostraban una generosidad que rara vez había visto en los humanos, incluso antes de la cacería. Decidió ayudarlos. Usando sus menguantes poderes, creó pequeñas ilusiones de frutas y verduras que aparecían mágicamente en sus manos.
"¡Mira, Sofía! ¡Comida!", exclamó Tomás, con los ojos brillantes.
Los niños comieron con avidez. Iris se dio cuenta de que, aunque había perdido su poder, aún podía usar lo que le quedaba para hacer el bien. Decidió quedarse con ellos, protegiéndolos de los peligros de la ciudad.
Juntos, encontraron un refugio en una vieja biblioteca abandonada. Iris les contaba historias de constelaciones y ríos sagrados, adaptándolas para que los niños entendieran. Les enseñaba sobre la importancia de la naturaleza y el respeto por todas las cosas vivientes. Poco a poco, Iris comenzó a recuperar un poco de su antigua alegría. La risa de los niños resonaba en las polvorientas estanterías, llenando el lugar de vida.
Pero su escondite no podía permanecer secreto para siempre. Un día, un grupo de cazadores, siguiendo el rastro de la energía divina, llegó a la biblioteca. Iris supo que tenía que proteger a los niños. Creó una distracción, un arcoíris brillante que apareció de repente en el cielo, atrayendo la atención de los cazadores lejos de la biblioteca.
"¡Por aquí! ¡Es ella!", gritó uno de los cazadores.
Iris corrió, guiándolos a través de las laberínticas calles de la ciudad. No podía luchar contra ellos sin perder su inmortalidad. Tenía que encontrar otra manera. Llegó a un parque, un pequeño oasis de vegetación en medio del concreto. Usando su conexión con la naturaleza, creó una densa niebla que envolvió a los cazadores, desorientándolos.
Mientras los cazadores se perdían en la niebla, Iris regresó a la biblioteca. Sofía y Tomás la estaban esperando, asustados pero ilesos.
"Tenemos que irnos", dijo Iris. "Este lugar ya no es seguro".
Juntos, emprendieron un nuevo viaje, buscando un lugar donde los humanos no pudieran encontrar a los dioses. Un lugar donde la naturaleza aún fuera respetada. Durante su viaje, se unieron a otros dioses descalzos, deidades caídas que habían encontrado refugio en la bondad y la compasión.
Iris entendió que, aunque habían perdido su poder y su gloria, aún podían encontrar un propósito en la protección y el cuidado de los demás. Su inmortalidad ya no residía en su poder divino, sino en su conexión con la bondad y la esperanza. Y en los ojos brillantes de Sofía y Tomás, Iris vio un nuevo arcoíris, uno que prometía un futuro donde la humanidad y los dioses podían coexistir en paz.
Finalmente, encontraron un valle escondido, rodeado de montañas imponentes. Allí, los dioses y los niños construyeron una nueva comunidad, un lugar donde la magia y la naturaleza florecían juntas, un recordatorio de que incluso en la oscuridad, siempre hay esperanza.
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