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Había una vez, en el rincón más alto y profundo del firmamento, un reino hecho de terciopelo azul oscuro y polvo de diamantes. En este lugar vivía Selene, la Luna, una dama redonda y brillante que siempre vestía de plata. Selene no estaba sola; la acompañaban miles de pequeñas luces que tintineaban sin cesar: las estrellas. Cada noche, Selene y sus estrellas tenían un trabajo muy importante: cuidar los sueños de los niños y guiar a los viajeros que cruzaban los mares y los bosques bajo el manto de la oscuridad.
Entre todas las estrellas, había una especialmente pequeña llamada Chispita. Chispita era menuda y sus rayos eran de un color dorado suave, casi como la miel. Sin embargo, una noche, Selene notó algo extraño. Mientras todas las demás estrellas brillaban con fuerza, compitiendo por ver quién decoraba mejor el cielo, Chispita estaba apagada. Su luz era tan débil que apenas se distinguía del fondo oscuro. Preocupada, la gran Luna se deslizó suavemente por el cielo hasta quedar junto a ella.
—¿Qué te sucede, pequeña Chispita? —preguntó Selene con una voz que sonaba como el susurro del viento entre las hojas—. Tus hermanas están listas para el gran baile nocturno, pero tú pareces una piedrita gris en lugar de una joya del cielo.

Chispita suspiró, y un pequeño destello de luz se escapó de sus puntas. —Oh, Gran Luna, es que me siento muy triste. He estado mirando hacia abajo, hacia la Tierra, y todo me parece tan grande y oscuro. Siento que mi luz es tan pequeñita que no sirve de nada. ¿Quién podría notar a una estrella tan diminuta cuando tú eres tan grande y hermosa? Creo que prefiero no brillar más.
Selene sonrió con ternura. Sabía que Chispita necesitaba ver el mundo desde otra perspectiva. —Acompáñame, pequeña —dijo la Luna—. Vamos a hacer un viaje antes de que amanezca.
La Luna tomó a Chispita entre sus reflejos plateados y juntas descendieron un poco más cerca de las nubes. Primero, sobrevolaron un puerto donde un viejo barco navegaba por el océano. El capitán del barco miraba ansioso el cielo. —Mira allí —susurró Selene—. El capitán no me busca a mí, pues soy demasiado brillante y a veces mi reflejo en el agua lo confunde. Él busca esa pequeña constelación donde tú deberías estar para saber que va por el camino correcto. Sin ti, su mapa del cielo está incompleto.

Luego, volaron sobre una pequeña casa en medio de una montaña. A través de la ventana de un cuarto, se veía a un niño que no podía dormir porque le temía a la oscuridad total. El niño miraba hacia el cielo buscando consuelo. —Ese pequeño —continuó la Luna— no busca mi luz, porque a veces entro por su ventana con demasiada fuerza y no lo dejo descansar. Él busca el parpadeo suave de una estrella como tú, que le diga en silencio que la noche es un lugar seguro y lleno de magia.
Chispita escuchaba con atención, y a medida que entendía lo importante que era, su cuerpo empezó a calentarse y a emitir un brillo más intenso. Se dio cuenta de que no se trataba de ser la más grande, sino de estar presente para quienes necesitaban su luz específica.
—Cada luz tiene un propósito, Chispita —dijo Selene mientras regresaban a su lugar habitual en lo alto del cielo—. El universo es como un gran rompecabezas de luz, y si falta una pieza, por pequeña que sea, el dibujo ya no es el mismo. Tú no brillas para compararte conmigo o con las demás; brillas porque el mundo necesita tu color de miel.
Al llegar de nuevo a su sitio, Chispita se sintió llena de una energía nueva. Cerró sus ojos de estrella, inhaló el polvo cósmico y, de repente, ¡pum! Un estallido de luz dorada y vibrante salió de ella, iluminando el espacio a su alrededor. Sus hermanas estrellas aplaudieron con destellos rápidos y rítmicos.
Esa noche, el cielo lució más hermoso que nunca. El capitán llegó a salvo a su destino y el niño de la montaña se quedó dormido con una sonrisa, sabiendo que una pequeña estrella dorada lo vigilaba desde la altura. Desde entonces, Chispita nunca volvió a dudar de su brillo. Aprendió que incluso en la inmensidad del universo, no hay luz pequeña cuando se entrega con amor, y que la Luna y las estrellas, juntas, son las mejores guardianas de la esperanza.
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