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Había una vez, en un valle rodeado de colinas doradas y cielos que siempre parecían estar pintados con colores de atardecer, un pastor llamado Mateo. Mateo no era un pastor común; él conocía a cada una de sus ovejas no solo por su apariencia, sino por su nombre y su personalidad. Tenía exactamente cien ovejas. Estaban Saltarina, que siempre brincaba más alto que las demás; Dormilona, que prefería las siestas bajo los robles; y, por supuesto, estaba Copito.
Copito era la oveja más pequeña y curiosa de todo el rebaño. Tenía un vellón de lana tan blanco y suave que parecía una pequeña nube que hubiera caído del cielo para caminar sobre la hierba. A Mateo le encantaba Copito, aunque sabía que su curiosidad a veces la metía en problemas. Cada mañana, Mateo abría el redil y guiaba a sus cien amigas hacia los pastos más verdes y el agua más fresca. '¡Vamos, mis valientes!', decía con una sonrisa, mientras golpeaba rítmicamente su bastón de madera contra el suelo.
Un día, mientras el sol comenzaba a bajar y las sombras se alargaban sobre el valle, Mateo decidió que era hora de regresar a casa. Como hacía cada tarde, se paró en la entrada del redil y comenzó a contar a sus ovejas una por una a medida que pasaban. 'Uno, dos, tres...', contaba con paciencia. '...noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve...'. Mateo se detuvo. Su corazón dio un vuelco. Esperó un momento, mirando hacia el sendero, pero no apareció nadie más. Volvió a contar, esta vez más despacio. '...noventa y ocho, noventa y nueve'.

Faltaba una. Faltaba Copito.
Mateo miró a las noventa y nueve ovejas que ya estaban seguras dentro del refugio. Estaban cansadas, masticando tranquilamente y preparándose para dormir. Muchos habrían pensado: 'Bueno, noventa y nueve de cien no está mal. Es solo una ovejita'. Pero para Mateo, ninguna oveja era 'solo una'. Cada una era especial, y Copito estaba sola, asustada y en peligro en la inmensidad de la montaña.
Sin dudarlo ni un segundo, Mateo aseguró la puerta del redil para que las demás estuvieran a salvo y tomó su bastón y su pequeña lámpara de aceite. El viento comenzó a soplar con fuerza y el frío de la noche empezó a sentirse en sus huesos, pero él no se detuvo. '¡Copito! ¡Copito!', gritaba con todas sus fuerzas, su voz rebotando en las paredes de piedra de los barrancos.

Mientras tanto, la pequeña Copito estaba realmente en apuros. Se había distraído siguiendo una mariposa de colores brillantes y, sin darse cuenta, se había alejado demasiado del camino. Ahora, se encontraba atrapada en un arbusto espinoso al borde de un pequeño precipicio. Cada vez que intentaba moverse, las espinas la sujetaban con más fuerza. Tenía miedo de los ruidos de la noche y de la oscuridad que lo cubría todo. 'Baaa, baaa', balaba con tristeza, esperando que alguien la escuchara.
Mateo caminó durante horas. Sus pies estaban cansados y sus manos raspadas por las rocas, pero su amor por Copito era más fuerte que su cansancio. De repente, en medio del silbido del viento, escuchó un sonido muy débil. Se detuvo y contuvo el aliento. '¿Copito?', susurró. Un pequeño 'baaa' llegó a sus oídos. Mateo corrió hacia el sonido, bajando con cuidado por una pendiente resbaladiza hasta que la luz de su lámpara iluminó algo blanco entre los arbustos.
'¡Oh, pequeña mía! ¡Te encontré!', exclamó Mateo con lágrimas de alegría en los ojos. Con mucha paciencia y ternura, desenredó la lana de Copito de las espinas. La ovejita temblaba de frío y miedo, así que Mateo no la obligó a caminar. En lugar de eso, la levantó con cuidado y la puso sobre sus hombros, rodeándola con sus fuertes brazos.
El camino de regreso fue largo, pero Mateo no sintió el peso de Copito. Sentía una inmensa felicidad porque lo que estaba perdido había sido encontrado. Cuando finalmente llegó al pueblo, ya estaba amaneciendo. Pero Mateo estaba tan emocionado que no se fue a dormir. Llamó a sus amigos y vecinos: '¡Vengan, celebren conmigo! ¡He encontrado a mi oveja que se había perdido!'.
Todos en el pueblo se alegraron y compartieron la alegría del pastor. Mateo les explicó que, así como él buscó a Copito, hay un amor todavía más grande que nos busca a nosotros cuando nos sentimos perdidos o solos. Un amor que no descansa hasta que estamos a salvo de nuevo en casa. Esa noche, Copito durmió profundamente en el centro del redil, sabiendo que, sin importar cuán lejos se fuera, siempre habría alguien dispuesto a cruzar montañas para traerla de vuelta al calor del hogar.
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